Poema 431: Lugar de retiro

Lugar de retiro

En medio de la jungla vacacional

corretean niños en la plaza turística,

el templo, frío y solemne, se abre sin candado,

nave enorme de días de gloria y prédica,

socorro de quienes salieron a faenar

y volvieron diezmados y exhaustos.

Apenas hay ruido, quizás rumor

de las olas lejanas, bruma y condena,

clima insano de escasos extremos,

pajarillos que se hacen oír cuando cesa el tráfico,

parejas añosas que desgranan sus días infértiles.

El cielo dibuja nubes, claros, monumentos,

una puesta de sol roja e instantánea,

el verde que se cuela por los ojos

al igual que el olor a hierba segada penetra

en el torrente sanguíneo.

–No resistirías–, te dice una voz íntima.

Hay una falsa quietud y unos códigos

que aún no has comprendido, piensas.

El mar puede agotarte, y el encierro

en estas cuestas, tascas, jolgorio, prados,

se puede tornar irrespirable.

El nivel del mar, un huerto, la naturaleza viva,

–Otros lo hicieron antes que tú–,

sosiego, frente a bullicio y desmadre,

ir a la contra del turismo de masas

y esperar la luz, esa que no llega todos los días,

podrían iluminar cada instante de duda.

Cada lugar conocido, traspasada la costra

del trampantojo viajero

se presta al análisis etéreo del deseo y la realidad,

alma errante, ansiosa de todos los lugares y ninguno,

viajero que busca la paz en el viaje.

Poema 393: Me gusta

Me gusta

Me gusta tumbarme boca arriba en el mar y flotar,

dejarme mecer por las olas,

descansar tras nadar un rato.

Me gusta ver los cuerpos en la playa nudista,

personas sin complejos, naturales,

apegados a la tierra, al sol y al mar.

A veces se cruza por delante un atleta,

o una mujer con los pechos hermosos y diferentes.

Me gusta imaginar sus vidas.

Me gusta coger una ola e irme,

buscar el siguiente placer, diversión, obligación.

Me gusta correr hasta una playa aislada

desnudarme y posar la ropa en las rocas.

Me gusta oler las flores de brezo en agosto,

escuchar el zumbido de los insectos libando

en medio de una orgía de perfume polínico.

Me gusta leer un poema en voz alta

escondido en un recoveco del acantilado

mientras rompen las olas, fondo sonoro.

Me gusta el vuelo de la gaviota que planea,

la sombra que oscurece mi sombra un instante.

Me gusta poder disponer de todos mis sentidos

libres, ajenos a la vida y al griterío social.

Poema 359: Estático

Estático

Dicen las fotos antiguas

que mi ropa tiene mas años que mis hijos.

Amalgamas de recuerdos se trenzan

en hélices invisibles,

piedras, playas, cuerpos,

el sonido de las olas sobre las ondas tristes

que hoy emito.

Absorbo el sol con el ansia del condenado,

creo ver aún el chapapote bajo el verdín de las rocas

permanezco sentado en una playa cualquiera.

Solo, sacudido por fuerzas amigas

me abstraigo contemplando

catedrales esculpidas por el mar.

Percuten en segundo plano

imágenes de La mano De Dios,

el delirio plástico de Sorrentino.

La meditación es una fuerza intensa

una nube a la que se añaden capas ligeras

hasta que empieza a llover en mi rostro:

hipo, catarsis estremecida, lamentos

de inutilidad mundana.

Mi presencia es frágil en este entorno frágil,

fútil, soportada apenas por la vanagloria

de las líneas que escribo.

Llega el mar ascendente hasta mí

y podría decidir no moverme.

Poema 358: Costa Quebrada

Costa Quebrada

Hoy salí a correr por Costa Quebrada,

los senderos levemente húmedos por la bruma,

un día de sol radiante muestra en el horizonte

los Picos de Europa nevados.

Es el último día del año,

el mar produce un murmullo relajante.

Al llegar al punto geodésico

contemplo la playa nudista de Somocuevas.

Una pareja vestida de blanco corretea con su perro,

dos hombres se desnudan entre las rocas con pudor

para después bañarse a la carrera

aprovechando la buena temperatura.

El sendero zizaguea, sube y baja

reclama toda mi atención.

Llevo veinte años corriendo por aquí

al menos una vez en cada ciclo elíptico terráqueo.

Huele a los prados que se desperezan del rocío

y al yodo marino que flota en el aire;

sufro durante unos instantes debilidad,

una especie  de síndrome de Stendhal

o quizás sea la tensión baja

por la humedad y temperatura tan atípica.

Al final he resbalado antes de saltar un arroyo

y con mucha suerte solo estoy lleno de magulladuras.

Poema 340: Paraísos

Paraísos

Algunos paraísos duran un instante,

son efímeros

y esa es su gracia y consistencia:

un rayo de sol a principio del otoño,

una ola que te voltea desnudo

en una playa desierta,

el momento exacto en que amanece

con una luz sepia aún contenida

el espectáculo mate de las nubes en el cielo

o el encuentro de una mirada.

A veces una fotografía prolonga

y rememora,

estira y narra o voltea,

recrea, modeliza o idealiza;

otras veces es una conversación

la que te lleva a un punto cumbre,

un máximo local de felicidad.

A veces la pérdida ensalza

aquellas imágenes que has filtrado

convierte en melancolía y deseo

aquello que fue sucinto y prosaico.

Otras veces ignoras la fuerza de la plenitud,

niegas haberte sentido desbordado

por aquel trampantojo vital,

ese gatito que te mira con cautela

esperando tu compasión y caricia.

El paraíso está en ti y volverá cuando tú lo desees,

solo con la condición del olvido

de cuanto ha pasado y pasará.

Poema 333: Día de playa


Día de playa

No hace sol, es un día nublado de agosto.

Los hombres desnudos se mimetizan con la arena.

Hay pocas mujeres.

Con la marea baja puedes caminar decenas de metros

dentro del agua.

De camino a la playa has visto a las vacas tumbadas rumiando.

Una joven con el torso desnudo

trata de hacer malabares con unas mazas.

No lo consigue, es un desastre.

Una pareja en bañador entrecruza sus cuerpos sobre la toalla.

He seguido el planear de dos gaviotas,

una se ha posado en el mar y allí permanece como una boya;

la otra vigila atentamente desde una roca cercana.

Una mujer de apariencia musulmana

desciende los doscientos escalones de acceso a la playa;

se despoja del vestido. 

Ya desnuda, se quita con cuidado el pañuelo del cabello.

No hay dos personas iguales. Tampoco dos distintas.

El caracol que viste a la ida ya no está cuando vuelves.

Poema 331: Fotografía

Fotografía

La contraluz de la puesta de sol

ilumina los rostros,

muestra la serenidad de la contemplación,

unos minutos de silencio voraces

la repetición milenaria de ese instante.

El mar rompe suavemente contra la arena,

durante un instante parece detenerse el sonido;

es de una regularidad rítmica desconcertante

aunque sepas de sus leves cambios por las mareas.

No estás solo, otros clanes semidesnudos

aguardan con paciencia la maravilla de la luz:

una hermosa joven se tumba sobre su amado,

unos niños corretean por la orilla,

algunos adultos disimulan la herida de la belleza.

Tratas de memorizar la escena en tus ojos,

fotografías aquí y allá, buscas planos y panorámicas,

despojas el paisaje de todo lo humano en el encuadre,

han llegado las gaviotas que se posan en la arena

y forman un círculo amenazante a tu alrededor.

No eres joven y has contemplado otros ocasos,

rememoras sin pausa algunas escenas,

los perfiles sobre los que se acostaba el sol,

tienes suerte de haber olvidado el dolor.

La geometría que dejan las olas en la arena

invade toda la fotografía del litoral,

esas formas suaves, derivables, fugadas

hacia la desembocadura del río frontera

producen éxtasis, olvido y una cierta felicidad.

Poema 326: Mariposas en el mar

Mariposas en el mar

Huele a verano, se afanan los nudistas

por absorber el sol.

Permanecen los islotes golpeados por el mar,

una familia celebra un cumpleaños

después de mucho tiempo

frente a la vaquería idílica salvo por el olor.

Las hormigas predicen la lluvia en veinticuatro horas,

huele a flores en el sendero de los acantilados.

Los cuerpos se muestran en su apogeo o decadencia.

La marea ha subido y hay poca playa al este.

Mariposas del Cantábrico liban y colorean los tojos,

nada predice ningún desastre.

Poema 284: Despojos del mar

Despojos del mar

Ha llovido y la playa nudista está desierta,

el mar ha dejado sus despojos en la orilla:

una bota de fabricación irlandesa,

trozos de madera quemada, algas, hierba,

una pata de mesa de hierro oxidada.

El agua tiene un color que no invita al baño;

indeciso, permanezco sentado en la arena,

todo lo miro, el verdín de las rocas,

el cielo amenazante y plomizo,

la pareja de adolescentes que juguetea, cerveza en mano,

hasta desaparecer en las dunas.

Algunos bañistas han almacenado palos

en disposición cónica,

que invita a la hoguera en noche de luna llena;

aún no han podido mover el enorme tronco

varado en medio de la playa.

El mar copula con las rocas y las convierte en arena,

no hay gaviotas planeando,

quizás una solitaria se atreve a posarse en una roca,

otra vigila desde lo alto del acantilado,

el mar es una masa que la luna mueve a su antojo.

La playa veraniega es un ensueño turístico,

esconde plásticos, madera, botas y desperdicios;

las olas son un placer enorme para el baño,

apenas hay animales que puedan amenazarnos

en ese decorado que solo atisbas durante unas horas.