Poema 247: Los límites de la niebla

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Los campos parecen verdes sembrados

desde la cremallera de la autovía,

pero es un trampantojo visual;

la bicicleta devuelve la realidad aumentada.

 

Un bidón de plástico en medio de un rastrojo

en pleno diciembre de tarde soleada

muestra la desidia agricultora de nuestro tiempo,

un festín para aves y roedores avispados.

 

El contorno de la niebla amenaza la tarde,

babas de buey, arena húmeda en el camino,

la ruta de los lavajos marcada por pezuñas de lobo,

mientras el sol curva y doblega nubes azuladas.

 

Una pared de adobes sin nada que sostener

recibe a la niebla que cae húmeda y opaca

como la sombra de una amante que te abandona,

el ocaso del ciclista anhelando el fuego del hogar.

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Poema 208: La vida en las piernas

La vida en las piernasIMG_20190302_172910 (1)

Éxito, paseo largo en bicicleta,

campo verde aún ralo,

la vida en las piernas.

 

Éxtasis bajo una flor de almendro,

el lejano sonido de autopista

destierra el balido bucólico.

 

Nadie parece observarte

mas tu presencia es conocida,

el lugar exacto, el ladrido de los perros.

 

El río transcurre en un hilo de corriente,

el bosque de chopos ha sido talado,

allí hubo hace siglos un poblado.

 

Los perros pastores se encaran contigo,

una voz lejana los llama al orden

intercambias con el pastor leves sonidos.

 

Tras la subida difícil por el camino de arena,

atisbas la torre chata y defensiva,

las casas pegadas a la tierra ancestral.

 

El viento del ocaso empieza a refrescar,

calculas el ángulo solar al llegar al lavajo,

en unos minutos gozarás del fuego del hogar.

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Poema 79: Difuntos

DifuntosIMG_20160605_131735

Escucho el terrible testimonio

de su propia muerte,

-que esta vez no fue-

cucarachas y arácnidos

en la pared impoluta de la UVI,

el sonido de la tapa del ataúd,

el hombre lo cuenta con humor

y resignación impotente.

 

El recuerdo de las voces de los muertos,

me persigue más allá del cementerio,

voces sarcásticas o animosas,

la voz suficiente de los mayores,

el pitillo en la mano, que los fulminó,

las historias desgranadas entre risas,

sus ganas enormes de abrazar la vida.

 

Pedaleo con fuerza entre las flores,

me alejo de los difuntos,

mas los llevo conmigo en el magín:

uno porta a sus muertos con indiferencia,

conocedor de futuras lágrima internas,

de la lucha desigual de la creatividad

contra una muerte cierta y aplazada.

 

La ilusión de la savia joven,

el cíclico renacer de los campos,

el trampantojo de la fuerza muscular,

la pátina costante de olvido,

todo me insufla energía, risa,

Carpe Diem, voluntad de disfrute,

la maravilla aparente de la belleza.

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Poema 44: Escaleras

EscalerasIMG_20150709_115029
La voz no me precede,
es el pensamiento.
Insisto en el arte de mirar,
el aire fresco de la mañana
en el que flota aún una conversación
nocturna, ya desvaída, ya inutil.
La golondrina agazapada en el palo,
hipnotizada por la pared recién encalada,
el deseo sesteando en la planicie
de rastrojos desdibujados por la calima.
Cae la gota una y otra vez; no la detengo,
árboles, más árboles, la tierra explotada
parece rejuvenecer: el lecho arenoso de un río,
hojas hijas del árbol, polvo en el viento fértil,
humus. Aquí existió un pueblo, construcciones,
llantos, coitos, oraciones, latrocinios.
No hay paz, ni gloria, sólo ascenso, aprendizaje.
La pluma del ave permanece, el presente se extiende
como una meseta entre dos ríos. Una grieta
desciende hacia el valle, hay una vista magnífica,
sin embargo las laderas están horadadas por miles
de conejos simpáticos, una enfermedad desconocida
seca los almendros. Unos cuervos de enorme
envergadura, trenzan las trayectorias de mi vista:
mi cultura cinematográfica salta de un hemisferio
a otro, miedo y belleza, el vuelo rasante de fortísimas
alas batidas: confío equivocadamente en mi mente.
Estoy acercándome al centro fútil de mí ser,
buceo a ras de suelo con fuerza en las brazadas,
soy el águila inmóvil posada en la señal verde
de cambio de provincia, dios de días felices,
demonio degustador de todos los placeres:
recito al viento abrasador de cara la letanía
inacabable, el relato rememorado, reconstruido
de mis vicisitudes humanas, las voces prohibidas,
las ocultas, fragmentos aprendidos en otros ojos,
elaboraciones hiperbólicas, un mundo inexistente.
Recito con voracidad, apenas me detengo a leer
las señales, los signos, la suma de voces que me
otorgan mi voz, la presencia excelsa y hermosa
que me sostiene en equilibrio: altura de vértigo,
inocencia recuperada, mirada penetrante al mundo,
impotente ante tanta maldad mentecata o inteligente.
Al final del pasillo de las incontables puertas,
aparezco. Esta vez sí. No es el sueño perturbador,
es mi destino centrípeto, ascendente, deseo recuperado,
ansia y fin y penumbra de luz velada, consciencia
de este presente elongado en un verde rutilante.

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