Poema 444: Los pinos míticos

Los pinos míticos

En medio del collado que protege el arroyo

de las embestidas furiosas del Duero

más allá de la Historia,

siluetean dos enormes pinos gemelos.

Inventé para ellos historias míticas,

ceremonias varias en tiempos inmemoriales,

anacronismos en el solsticio de verano.

La realidad es más hermosa que la ficción:

se enseñorean de un cultivo de cereal,

junto a una pradera de cañahejas y amapolas.

El sendero arranca incógnito

desde una pequeña cantera abandonada,

serpentea entre retamas y piornos,

ralentiza la bicicleta sobre cantos rodados,

para ascender al túmulo, ya loma o colina

observable desde cualquier punto del valle.

La sensación al estar allí es mágica:

me recupero del resuello ciclista,

fotografío las nubes azulinas de este día de junio,

respondo en mi smartphone, con paciencia,

a la miticidad alegórica de este lugar

recién establecida por mí.

Aspiro el fuerte olor de la cebada mojada

y sonrío para el selfie que acabo de realizar.

Toda la energía del lugar invade mi mente

y la puebla de espléndidos relatos fantásticos

aquellos con los que iluminaré, minutos después,

la tertulia generosa de mi amigo y sus hijos

compartiendo refresco y aceitunas.

Poema 397: Final del verano

Fin del verano

Los días se vuelven poderosos,

más allá del riesgo del vacío existencial,

hay vetas, filones, hilos marcados

llenos de brillo y promesas,

converges bajo una nube protectora

y de allí salen hipótesis, consejos, ideas.

Y de repente una lectura se vuelve procedente,

e imprescindible,

las conexiones gigabyticas se incrementan,

y ese juego de actividad mental

se convierte en trampantojo del silencio.

Has transitado por senderos ancestrales,

te has bañado en el mar Cantábrico,

has volado por la cuenca danubiana en bicicleta,

has conocido personas con cierta aura personal,

y vuelves a la sede dinámica y protectora.

Asientas cada día tus equilibrios personales,

improvisas, enfocas, sostienes,

un entramado de detalles preciosos,

de búsquedas incesantes, de aprendizaje,

cara vista u oculta, serenidad.

Nada te pertenece, ni el tiempo, ni los libros,

ni siquiera el dominio de ti mismo;

evalúas el límite entre la dicha y el vacío,

entre la soledad buscada y la ausencia de energía.

Un viento fresco o una luz en el ocaso,

toda la belleza fundida en un abrazo infantil,

en palabras con tenue pronunciación,

en ideas a corto plazo, incapaz de ver más allá.

Poema 383: Los pájaros muertos

Los pájaros muertos

El primero lo encontré al pie de la terraza lectora;

habían desaparecido la dueña y  la butaca,

todo el invierno aguantando el hielo

con la rebeca en las rodillas.

Será un mal augurio, un pájaro muerto.

Moriría por un golpe de calor

o por la gripe de los pájaros.

El segundo lo vi desde la bicicleta;

parecía un disparo,

el pecho abierto y la sangre coagulada.

Me invadió una pena extraña:

de surcar el cielo con planeo elegante

a yacer sin vida en el suelo gris.

Los siguientes que vi ya no tenían razón de ser,

demasiados, diseminados aquí y allá

en calles céntricas o en parques concurridos,

ajenos a la mirada de los transeúntes.

Pensé en la guerra lejana o en una epidemia,

en el equilibrio de las especies,

en insecticidas o herbicidas mortíferos.

Solo até cabos cuando la luz sepia de media mañana

se instaló como una losa sobre la ciudad.

Poema 366: Preparación del viaje

Preparación del viaje

No hay reglas, solo recuerdos:

he encontrado fotografías y resguardos,

un plano y un cuaderno de notas

ondulado por la humedad que debió soportar.

El plano general del recuerdo omite los detalles,

el cansancio tras pedalear una jornada bajo la lluvia,

la incertidumbre de dónde descansar,

todos los futuros posibles que entonces podía imaginar.

Recuerdo historias contadas en corro al atardecer

en una ciudad húngara junto a un lago,

el castillo derruido en el que estuvo prisionero un rey,

la angustia de la inundación que nos perseguía.

También la biblioteca medieval bien conservada

en un monasterio de resonancias literarias,

un atardecer atravesando viñedos y campanarios

y un castillo con literas al que nos costó ascender.

Han pasado veinticinco años y aquello ha sido mitificado

por el recuerdo y por las sucesivas narraciones,

por la incipiente lectura de otros viajeros;

ahora volvemos a revisitar una parte de aquella aventura.

El mundo ha cambiado y también nosotros,

hemos sido alcanzados y sucedidos

aunque cada cual jurará que en esencia es el mismo

que viajó en aquel verano del noventa y siete.

Planificamos cómodamente minimizando riesgos,

duplicamos el número de viajeros,

nos asomamos a una melancolía incómoda

para poder disfrutar de cada instante presente.

Y sin embargo la ilusión crece con los días,

con cada preparativo imaginado o real,

vistas las caras en la distancia, los ánimos,

las preguntas y los pequeños milagros de la voluntad.

Poema 279: Campo de julio

Campo de julio

El campo en julio es de una belleza inusitada,

los labradores se afanan

 en extraer todo el producto posible de la tierra:

hay pacas de paja, patatas a punto de florecer,

girasoles hermosos y amarillos,

un lavajo lleno por las últimas tormentas;

incluso el río Trabancos lleva algo de agua.

Desde la bicicleta se observa todo con detalle,

rastrojos, viñedos, pinares,

algunos centenos aún no cosechados,

nunca he visto tantas aves como este año,

en el camino apenas hollado no hay rastro del virus.

Algunas cosechadoras levantan nubes de polvo,

hay cultivos que no identifico,

plantaciones de almendros y otros frutales,

remolacha, maíz, garbanzos,

mecanización y riego, una cierta normalidad.

Las tormentas alteran el ritmo del trabajo,

nada que ver con otros tiempos:

ya no hay hoces ni levantarse a las cinco de la mañana,

no se trilla ni aventa la parva,

no hay bueyes ni mulas, ni cuadrillas de sol a sol.

Huele a manzanilla y a la paja recién cortada,

busco en la soledad de los caminos

no encontrarme con otros humanos;

miro al cielo y veo la revolución de las nubes,

al menos tanta belleza como la reproducida en el campo.

Poema 247: Los límites de la niebla

Los límites de la nieblaIMG_7291

Los campos parecen verdes sembrados

desde la cremallera de la autovía,

pero es un trampantojo visual;

la bicicleta devuelve la realidad aumentada.

 

Un bidón de plástico en medio de un rastrojo

en pleno diciembre de tarde soleada

muestra la desidia agricultora de nuestro tiempo,

un festín para aves y roedores avispados.

 

El contorno de la niebla amenaza la tarde,

babas de buey, arena húmeda en el camino,

la ruta de los lavajos marcada por pezuñas de lobo,

mientras el sol curva y doblega nubes azuladas.

 

Una pared de adobes sin nada que sostener

recibe a la niebla que cae húmeda y opaca

como la sombra de una amante que te abandona,

el ocaso del ciclista anhelando el fuego del hogar.

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Poema 208: La vida en las piernas

La vida en las piernasIMG_20190302_172910 (1)

Éxito, paseo largo en bicicleta,

campo verde aún ralo,

la vida en las piernas.

 

Éxtasis bajo una flor de almendro,

el lejano sonido de autopista

destierra el balido bucólico.

 

Nadie parece observarte

mas tu presencia es conocida,

el lugar exacto, el ladrido de los perros.

 

El río transcurre en un hilo de corriente,

el bosque de chopos ha sido talado,

allí hubo hace siglos un poblado.

 

Los perros pastores se encaran contigo,

una voz lejana los llama al orden

intercambias con el pastor leves sonidos.

 

Tras la subida difícil por el camino de arena,

atisbas la torre chata y defensiva,

las casas pegadas a la tierra ancestral.

 

El viento del ocaso empieza a refrescar,

calculas el ángulo solar al llegar al lavajo,

en unos minutos gozarás del fuego del hogar.

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Poema 79: Difuntos

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Escucho el terrible testimonio

de su propia muerte,

-que esta vez no fue-

cucarachas y arácnidos

en la pared impoluta de la UVI,

el sonido de la tapa del ataúd,

el hombre lo cuenta con humor

y resignación impotente.

 

El recuerdo de las voces de los muertos,

me persigue más allá del cementerio,

voces sarcásticas o animosas,

la voz suficiente de los mayores,

el pitillo en la mano, que los fulminó,

las historias desgranadas entre risas,

sus ganas enormes de abrazar la vida.

 

Pedaleo con fuerza entre las flores,

me alejo de los difuntos,

mas los llevo conmigo en el magín:

uno porta a sus muertos con indiferencia,

conocedor de futuras lágrima internas,

de la lucha desigual de la creatividad

contra una muerte cierta y aplazada.

 

La ilusión de la savia joven,

el cíclico renacer de los campos,

el trampantojo de la fuerza muscular,

la pátina costante de olvido,

todo me insufla energía, risa,

Carpe Diem, voluntad de disfrute,

la maravilla aparente de la belleza.

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Poema 44: Escaleras

EscalerasIMG_20150709_115029
La voz no me precede,
es el pensamiento.
Insisto en el arte de mirar,
el aire fresco de la mañana
en el que flota aún una conversación
nocturna, ya desvaída, ya inutil.
La golondrina agazapada en el palo,
hipnotizada por la pared recién encalada,
el deseo sesteando en la planicie
de rastrojos desdibujados por la calima.
Cae la gota una y otra vez; no la detengo,
árboles, más árboles, la tierra explotada
parece rejuvenecer: el lecho arenoso de un río,
hojas hijas del árbol, polvo en el viento fértil,
humus. Aquí existió un pueblo, construcciones,
llantos, coitos, oraciones, latrocinios.
No hay paz, ni gloria, sólo ascenso, aprendizaje.
La pluma del ave permanece, el presente se extiende
como una meseta entre dos ríos. Una grieta
desciende hacia el valle, hay una vista magnífica,
sin embargo las laderas están horadadas por miles
de conejos simpáticos, una enfermedad desconocida
seca los almendros. Unos cuervos de enorme
envergadura, trenzan las trayectorias de mi vista:
mi cultura cinematográfica salta de un hemisferio
a otro, miedo y belleza, el vuelo rasante de fortísimas
alas batidas: confío equivocadamente en mi mente.
Estoy acercándome al centro fútil de mí ser,
buceo a ras de suelo con fuerza en las brazadas,
soy el águila inmóvil posada en la señal verde
de cambio de provincia, dios de días felices,
demonio degustador de todos los placeres:
recito al viento abrasador de cara la letanía
inacabable, el relato rememorado, reconstruido
de mis vicisitudes humanas, las voces prohibidas,
las ocultas, fragmentos aprendidos en otros ojos,
elaboraciones hiperbólicas, un mundo inexistente.
Recito con voracidad, apenas me detengo a leer
las señales, los signos, la suma de voces que me
otorgan mi voz, la presencia excelsa y hermosa
que me sostiene en equilibrio: altura de vértigo,
inocencia recuperada, mirada penetrante al mundo,
impotente ante tanta maldad mentecata o inteligente.
Al final del pasillo de las incontables puertas,
aparezco. Esta vez sí. No es el sueño perturbador,
es mi destino centrípeto, ascendente, deseo recuperado,
ansia y fin y penumbra de luz velada, consciencia
de este presente elongado en un verde rutilante.

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