Poema 396: Permanecer

Permanecer

En medio de la belleza, de nubes, de jardines,

luces que juguetean al atardecer,

invitado en soledad, silente, permanezco.

Jolgorio tradicional, quizás ancestral,

días en los que aflora el animal interior,

la tendencia oculta de cada cual:

danza, fuerza, resistencia, risa innoble,

permisividad y desorden.

La introversión oculta un vacío vital,

faltan preguntas e intereses comunes,

sobran ideas de otros colonizando mentes,

cortesía y desperdicio fugaz del tiempo.

No he reorganizado aún el consumo

de vivencias vacacionales en mi mente:

baños fluviales, deporte, risa,

campos inusuales o paternidad fraterna,

una sucesión excelente de bellos momentos.

A veces en un descanso necesario de actividad

aparecen vacíos o desiertos, conflictos éticos,

necesidad de conjugar pensamiento y realidad,

la presión social para no alejarte de la ortodoxia,

el reintegro a la corriente colectiva.

La edad es el chivo expiatorio necesario,

falta de personalidad o pereza,

y la búsqueda del relato virtuoso y alegre

surgido de ciertos vacíos vitales indeseados

y de contradicciones de difícil explicación.

Uno barniza las discontinuidades hermosas

con una pátina mental de gran calidad,

resistente a la nostalgia o al recuerdo,

acabado necesario para poder continuar,

para que la permanencia se disfrace de excelencia.

Poema 395: Las nubes en el cañón

Las nubes en el cañón

Tumbado en el cañón horadado por el agua,

tras el baño en la poza helada,

absorbo con presteza la energía de la piedra,

me lleno de su calor.

Las nubes del cielo bailan un vals lento,

no puedo dejar de mirarlas:

descubro formas de animales, de países,

fantasmas, ataques, mordiscos.

De repente me pregunto:

¿de dónde sale mi imaginación?

¿Qué soy capaz de vislumbrar?

Entiendo mis limitaciones sobre las formas,

estas cambian al ritmo que mi cerebro adivina,

como si estuviera estipulada la velocidad.

El vals lento semeja al de los cuerpos que se juntan,

nubes amorosas hacia otras nubes,

todas de riguroso blanco inmaculado,

se acercan y se alejan, desvaneciéndose con ceremonia.

Un dragón humeante ataca una oveja,

el mapa de la península se convierte en un fiordo,

siento algo de felicidad en la contemplación,

algo tan sencillo y al tiempo tan espectacular.

Una corona o un continente, busco y encuentro,

cada imagen es contrastada con una base de datos

alojada en mi cerebro después de tantos años;

reconozco la presteza mental en ese instante.

Siento el placer del sol, el ruido uniforme del agua

que desciende en cascadas entre las grandes piedras,

la luz, la brisa, el azul tras las nubes blanquísimas,

ese bienestar profundo lo asimilo a la felicidad.

Poema 394: Teatro en Cáparra

Teatro en Cáparra

El sendero está iluminado por cirios en el suelo,

vibran las ruinas bajo la luz del fuego,

intimidad en la sierpe de espectadores,

un río humano que surge del polvo

y camina con expectación hacia el arco tetrápilo.

La magia del teatro convoca risas y aplausos,

incluso la luna llena hoy no ha querido perderse

el alimento del humor teatralizado;

eso la hace ascender e iluminarse cada minuto.

Sobre el histórico sitio romano excavado,

uno se predispone a cualquier enredo, engaño,

diálogo con voz fuerte y autoridad en la dicción:

Plauto ha sido adaptado a una modernidad arcaica.

Los aplausos son el agradecimiento por la risa,

ese don tan escaso y volátil,

el esfuerzo de las actrices y actores disfrazados

por adaptar gestos, palabras, movimiento y acción.

El acoso de los patricios hacia las esclavas

provocan la risa fácil del espectador

sustentada en el travestismo y la banalidad,

en los equívocos sexuales y la belleza,

y en la gracia ebria del esclavo Olimpión.

Aparto la vista unos instantes del escenario

y allí aparecen, alumbradas por el generoso satélite

vestigios de lo que fue un próspero cruce de caminos,

una ciudad ensamblada en una colina al pie del río Ambroz.

Poema 393: Me gusta

Me gusta

Me gusta tumbarme boca arriba en el mar y flotar,

dejarme mecer por las olas,

descansar tras nadar un rato.

Me gusta ver los cuerpos en la playa nudista,

personas sin complejos, naturales,

apegados a la tierra, al sol y al mar.

A veces se cruza por delante un atleta,

o una mujer con los pechos hermosos y diferentes.

Me gusta imaginar sus vidas.

Me gusta coger una ola e irme,

buscar el siguiente placer, diversión, obligación.

Me gusta correr hasta una playa aislada

desnudarme y posar la ropa en las rocas.

Me gusta oler las flores de brezo en agosto,

escuchar el zumbido de los insectos libando

en medio de una orgía de perfume polínico.

Me gusta leer un poema en voz alta

escondido en un recoveco del acantilado

mientras rompen las olas, fondo sonoro.

Me gusta el vuelo de la gaviota que planea,

la sombra que oscurece mi sombra un instante.

Me gusta poder disponer de todos mis sentidos

libres, ajenos a la vida y al griterío social.

Poema 392: Esa sensación

Esa sensación

Esa sensación de enjambre humano,

agitado, hiper estimulado

arrastrado por él

difícil de controlar una vez en movimiento:

¡Vivid y disfrutad que el tiempo se acaba!

Desconecto noticiarios y opiniones,

me alejo de sucesos y calor mediático,

ocupado en el vacío que deja un poema con éxito,

la espera atenta a una novedad creciente.

Leo y leo, agito hilos invisibles, entrevistas,

el sosiego de quien apenas influye

y lo está diciendo todo.

Esa sensación de ola sobre la que surfeo,

no de forma voluntaria:

asomo la cabeza un instante y veo el panorama,

para volver a centrarme en sobrevivir.

A menudo me siento manipulado,

bien de forma local, bien de forma general,

improviso palabras sobre las que construir hipótesis,

teorías surgidas de la necesidad explicativa y coherente.

Otras veces soy un eslabón, necesario o no,

una cadena de transmisión

a la que otros se enganchan, o acercan o permean,

una luz o una oscuridad, quizás una expectativa.

Esa sensación no me abandona, no descansa,

el tiempo que nos queda de Caballero Bonald,

esa inoculación poética que penetra en la carne

y la deja ya inmarcesible para siempre.

Poema 391: El final del viaje

El final del viaje

Todavía veo bicicletas rojas y amarillas

y la amplitud como un mar del río Danubio,

aún creo ver siluetas familiares en las calles

de los compañeros de aventuras.

El viaje se ha vuelto liviano

ante el quehacer diario;

irá adquiriendo su peso como una celebración,

un momento idílico en estos años,

risas, conversaciones en paralelo, confidencias,

el alma austriaca analizada en sus campos y jardines,

la belleza de unos cisnes o la sorpresa de un lago,

un café delicado a la vera de una abadía,

la suma de recuerdos veinticinco años después

y las miradas incrédulas de los jóvenes.

Quedará en el recuerdo el primer baño en el río,

las cervezas del final de cada jornada ciclista,

algunas pequeñas ascensiones por rampas empinadas,

o los albaricoques al alcance de la mano.

El viaje ha tenido una velocidad ideal,

la mirada limpia de quienes lo hacían por vez primera,

las risas de cada noche sentados a una mesa,

junto a recuerdos y pequeñas erudiciones.

Una siesta junto a un campo de calabazas

nos descubrió el territorio Alevita;

el mecanismo de una esclusa nos hizo detenernos:

admirar la fuerza hidráulica,

entender las complicaciones de la navegación,

poner un pie en un país y otro en Alemania.

La suma de los días excede con creces a lo imaginado,

pues el calor de esta vez o la lluvia del viaje original

trastocan el modus intinerantur.

Las despedidas nos dejan hilos invisibles,

enlaces, nervaduras, amistad y alegría,

incluso para los que habitamos en la periferia.

Recuerda Raquel la generosidad y el disfrute

en estos día terapéuticos de julio.

Que las lágrimas de la despedida

se conviertan en vínculos imperecederos.

Poema 391: Krems


Krems

Con toda la resonancia de calles medievales,

en medio de viñedos y bodegas centenarias,

una cúpula recibe al viajero con el calor

sobrepasado del estío presente.

Se hace patente el diseño geométrico reglado 

en la Galería Estatal de la Baja Austria,

mientras agotados buscamos un refugio del sol.

La Venus de Willendorf nos entretuvo un instante,

en el camino desde Melk,

sudor y resistencia y a veces silencio.

El estuco renovado de la calle principal

traslada una idea de imperio barroco,

al igual que la cúpulas verde-oxidadas del campanile.

El rio Danubio nos ha traído hasta aquí 

bajo los albaricoqueros anaranjados por el fruto en sazón.

Los vinos blancos se suceden en el calor de la tarde,

sobre las bodegas antiquísimas llenas de barriles.

Solo una piscina nos ha salvado la tarde,

llenándonos de risa y de coreografías

a la espera de una tormenta que apenas llegó .

Poema 390: El Danubio


El Danubio

Los bancos que miran al Danubio

adquieren una soledad en busca de poeta

son vestigios desolados de un ideal.

El tiempo se distribuye en cuantos de belleza,

impregnados por el color verdoso de las aguas,

llenos del aprovechamiento geométrico del espacio.

La velocidad de la bicicleta es un ideal de contemplación,

un tiempo maravilloso de asentamiento de ideas,

un fluir paralelo a la corriente fluvial.

El tiempo se curva según Magris y se estira o encoge,

según la voluntad de quien pedalea,

adecuándose al vaivén de las aguas fluviales.

Puedes imaginar cérvidos perseguidos por hordas humanas,

lugares de secreto regocijo,

o amaneceres helados en invierno.

Un meandro te da la justa visión de tu insignificancia,

y la apertura del valle aguas abajo

permite fértiles cultivos  y altivas casas de campo.

Muchos son los hitos del camino:

un lago, un castillo, unas vírgenes fecundas,

un campo terrible de exterminio.

El Danubio es una forma de vida,

una imagen mental llena de recuerdos,

el exacto punto de inserción de unos días de estío.

Poema 389: Safo en Mérida


Safo en Mérida
Safo, poeta, performance, Cristina,
Safo en Lesbos, en Mérida,
algunos espectadores se van,
amor, desnudos, cuerpo de mujer,
feminismo en la biblioteca de Alejandría.
Safo diez mil versos, culto, divinidad, Afrodita.
Safo canta y las musas velan su tumba,
destierro, suicidio desde una roca, Ovidio,
el arte de una estrella del rock.
Danzan y danzan, locura
del deseo surgido sin razón.
Lechugas y flores y un beso
embebido en la máscara-sandía
fluye, fluye, cobra vida,
leyenda en su añorado jardín.
Pechos, vientre y epopeya, dolor,
imaginan el árbol caído, símbolos y símbolos,
percusión, plectro, arpa,
el ritmo obsceno comiendo una manzana.
Queda apenas un fragmento sáfico
para cerrar su urna de cristal,
el relato recién comenzado.

Poema 388: Vértigo

Vértigo

Cada día es veloz en la suma de ideas,

esas que no reposan ni permanecen.

Se suceden las fechas marcadas en el calendario,

fastos, alegrías, reencuentros,

libres al fin de mascarillas y precauciones:

una Consagración de la Primavera sublime

pasó de largo en mi letargo,

una visita a un lugar mágico en el solsticio

apenas dejó un poso poético,

el fin de las rutinas matinales con los niños

no hizo mella en mis lágrimas no derramadas.

Todo pasa a una velocidad no deseada,

se acumulan fotografías y levedad,

apenas aparecen sueños que fijen la irrealidad,

y aunque las formas puedan mantenerse,

me siento como un defensa central que despeja

cuantos balones le llegan constantemente.

En medio de todo ese vértigo hay momentos estelares,

instantes en los que un detalle se elonga inesperadamente:

un olor, una luna, el vuelo de unas rapaces,

el dolor o la secuencia orquestada de sonidos,

un rostro, una frase en medio de la banalidad.

Todo suma y avanza en esta velocidad.

Confío en el poso y en el conjunto de percepciones,

en un resultado final que aún no vislumbro

tras la suma de esfuerzos de contención

en este renacer a la vida pasada y futura.