Poema 714: Flechas

Flechas

«Et Je vois dans un coin

entre les fils entremêlés du soir

une ombre et un chameau

qui craquent«

Gisèlle Prassinos

Muchos años después la anécdota era categórica,

se había establecido una forma de narración,

el recuerdo estaba filtrado por la sucesión de imágenes

por la eliminación de algunos detalles como el miedo.

Él, hombre apuesto, hermético, cinematográfico,

caminante y arqueólogo aficionado, buen lector,

se acercaba al surrealismo imaginario

en una mañana de primavera bajo los almendros en flor.

Colocó como pudo aquellas dianas ante el paredón

de la arenera abandonada y recóndita;

extrajo una flecha de su carcaj de cuero repujado

y se sintió Ulises retornando a Ítaca por un instante.

Un movimiento lento lateral o a sus espaldas lo alertó;

lo vio sin verlo, sintió ese estremecimiento atávico

de una presencia imponente y desconocida.

La saeta había perforado la diana lejos del centro;

entonces se giró y se frotó los ojos:

un camello a su izquierda engullía hojas de espino,

otro algo más lejos se afanaba con las flores de un almendro.

Hoy en su relato humorístico evalúa su duda

sobre el consumo de sustancias psicotrópicas.

No sabemos si salió huyendo amilanado

o permaneció impertérrito en el paraje con su perfil itacense,

hombre curtido de pasado ferroviario.

La luz actual le hace abandonar el relato en la cúspide

allá donde la elipsis busca atajos narrativos

antes del caminar cabe la granja de animales exóticos.

Poema 364: Los pájaros invisibles

Los pájaros invisibles

Los pájaros son invisibles en la ciudad,

si acaso al atardecer en la plaza de los ciegos

revolotean inquietos buscando acomodo.

La bandada de estorninos es casi invisible

en esos eternos minutos que dura el crepúsculo.

Las tardes crecientes de febrero son muy hermosas,

hacen pedalear al ciclista observándolo todo

con ojos de halcón.

Aún con lágrimas en los ojos

recuerdas el minuto de silencio.

El flujo de conciencia trae al verso, un lucero

un dolor y un insomnio.

Leíste unas doscientas páginas del Ulises

y ahí lo tienes abandonado con su marca páginas.

Continúa el dolor y también las incógnitas,

dónde, cómo, por qué.

Me han llamado ingenuo por tercera vez

como si no conociera la maldad de los hombres

o sus perturbaciones y trastornos.

Aunque haya psicópatas sueltos

la vida está llena de gente generosa

y a veces lo más sencillo explica asuntos complicados.

Los pájaros también fueron invisibles en el campo.

Poema 300: Mis hijos

Mis hijos

Todavía puedo verme en los ojos de mis hijos,

inquietos burlones, ilusionados,

pletóricos de pequeñas tonterías

atentos al lenguaje desaforado e irónico.

Pasará esta unidad, el tiempo de la protección,

de la calma familiar ante la pandemia,

días en los que la muerte de Maradona

parece la única noticia que oscurece el ocaso del sol.

Ulises sigue vivo y su vuelta a Ítaca

consigue captar la atención de los niños

durante el relato hiperbólico y desenfrenado

fruto de la mala memoria y de la improvisación.

Diego Armando Maradona no era de su tiempo,

no aparece ya en sus cromos, ni en su Olimpo,

la edad de las mitificaciones parece haberse consumido

tras las derrotas democráticas de los populistas.

No sé quien soy. Cada día me reinvento

sin perder toda la predictibilidad de mis hijos,

me asomo al espejo sonriendo tranquilo,

soportando los crujidos corporales del tiempo.

La serie Gambito de Dama me hizo llorar de emoción,

abrió la compuerta para mover las piezas

sobre un tablero del que nunca me alejé del todo;

hoy, bajo demanda infantil, vuelvo a jugar con ellos.

Cada día me sorprendo por las habilidades que han adquirido,

música, estrategia en los juegos de mesa,

idiomas, lógica social, sutilezas del lenguaje,

un desarrollo exponencial del conocimiento.

Mi vida es una doble hélice con ellos,

a veces mi cara opuesta se aleja sin alejarse

cual goma elástica que vibra en la tensión

diluida en cada abrazo de buenas noches.