Poema 714: Flechas

Flechas

«Et Je vois dans un coin

entre les fils entremêlés du soir

une ombre et un chameau

qui craquent«

Gisèlle Prassinos

Muchos años después la anécdota era categórica,

se había establecido una forma de narración,

el recuerdo estaba filtrado por la sucesión de imágenes

por la eliminación de algunos detalles como el miedo.

Él, hombre apuesto, hermético, cinematográfico,

caminante y arqueólogo aficionado, buen lector,

se acercaba al surrealismo imaginario

en una mañana de primavera bajo los almendros en flor.

Colocó como pudo aquellas dianas ante el paredón

de la arenera abandonada y recóndita;

extrajo una flecha de su carcaj de cuero repujado

y se sintió Ulises retornando a Ítaca por un instante.

Un movimiento lento lateral o a sus espaldas lo alertó;

lo vio sin verlo, sintió ese estremecimiento atávico

de una presencia imponente y desconocida.

La saeta había perforado la diana lejos del centro;

entonces se giró y se frotó los ojos:

un camello a su izquierda engullía hojas de espino,

otro algo más lejos se afanaba con las flores de un almendro.

Hoy en su relato humorístico evalúa su duda

sobre el consumo de sustancias psicotrópicas.

No sabemos si salió huyendo amilanado

o permaneció impertérrito en el paraje con su perfil itacense,

hombre curtido de pasado ferroviario.

La luz actual le hace abandonar el relato en la cúspide

allá donde la elipsis busca atajos narrativos

antes del caminar cabe la granja de animales exóticos.

Poema 490: La edad de cabalgar

La edad de cabalgar

    Su torso es un junco dorado

    Y tú te enredarás en él.

       Cristina Rosenvinge. Canción de Boda

La edad de cabalgar, que nada te detenga,

que los músculos sigan siendo flexibles

y las dudas por el futuro se disipen,

que la escalera vital no sea tan ardua

justo en el cénit de tu energía física y mental.

Que la inconsciencia no te la juegue,

atesora una Odisea de experiencias

al modo de Cavafis en Ítaca,

que te sea dado atisbar un puerto griego al amanecer.

Que antes de las graves obligaciones

aprendas a amoldar tu espíritu,

a respetar la debilidad y también la inteligencia.

Que en esa edad de cabalgar disfrutes

como ese dios que oye la risa y la voz

de quien solo para él abre su manto de intimidad.

La edad de cabalgar es atropellada y veloz,

inconsciente y etérea,

crearás en ella la fuerza y la habilidad

para estirar el arco y atravesar las hachas.