Poema 639: El ojo atlántico

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El ojo atlántico

Entre las miríadas de lagunas geográficas o culturales

estaba este archipiélago luso,

lugares de resonancias meteorológicas,

de resonancias de infamias prebélicas,

una bruma de localización indefinida y ajena.

Ojo, huracán, anticiclón, volcán,

un vocabulario expandido y mítico,

flora y fauna extraídas de relatos navegantes,

formas de vida locales y no turistizadas.

Se aproxima el observador-poeta en carne viva,

se apresta al conocimiento, al viento marino en la faz,

expectante ante las aguas termales o las cumbres volcánicas,

analista impío de la superficialidad observable.

Entre las indefiniciones conceptuales existen bases militares,

cuevas inexploradas, laurisilvas, cetáceos observables,

la sospecha habitacional antes del siglo quince.

Hacia allá nos dirigimos cual visitantes privilegiados,

punta de lanza, viajeros inquietos y observadores.

Confío en la luz atlántica, en la imaginación,

en la intensidad vital de la madurez contemplativa,

analítica, perceptiva.

Comienza un viaje de apertura atlántica,

de expectativas difusas en medio de la neblina ignorante.

Poema 638: Contactos

Contactos

La vida pasa a la velocidad de la amistad,

de los contactos presentes o pasados:

los indicadores de la levedad son invisibles

salvo para el ojo reflexivo de la consciencia.

¿En qué momento se bifurcaron los caminos?

¿Cuánta intimidad depositaste en otra alma?

El cerebro rellena los huecos vitales cortilargos,

traza líneas rectas en los olvidos,

cataloga las ausencias como insignificantes

o dota de gravidez y envergadura

aquella unión mística coincidente en la risa,

en la profundidad introspectiva del diálogo,

mitificando todos los aspectos incógnitos

en busca de un equilibrio imposible en la presencia.

El ritmo de tu vida deja atrás en las aceras

a viandantes tan queridos o admirados o locos como tú

que quisieron demorarse en otras artes,

o cuyas elecciones bifurcaron la comunión de un instante.

Hay presencias impuestas que acceden a un núcleo

de forma temporal o perpetua,

eventualidades, circunstancias, suma de intereses

pero también alianzas óptimas o espurias.

El observador cenital, divinidad o privilegio,

observará una coreografía infiel y evolutiva,

saltos cuánticos, apegos feroces y desengaños,

un lapso veloz de puntos bidimensionales

cuyos dibujos sobre el tapiz terrestre

definen la variedad multiforme de la vida.

Poema 637: La caída

La caída

En el momento más anodino acontece

lo inesperado,

ves pasar tu vida, no antes ni durante,

después.

Imaginas tu hueco vital, el desorden

Se acabaron mis problemas–, dirás

mientras evalúas los daños del vuelo ciclista:

el casco con la visera colgando,

las rodillas ensangrentadas, el labio,

un guante desgarrado, los nudillos en carne viva,

nada roto, ¡a galopar!

El efecto del pedaleo irriga la rodilla y desinflama,

menos mal que no te he atropellado–, dijo el conductor.

Reconstruyo las imágenes, la ausencia de sonido

de un vehículo demasiado veloz,

la compasión de los espectadores, la frontera

con un futuro inexistente,

el acto reflejo de clavar el freno delantero erróneamente.

El relato variará en intensidad y coloratura

tras la improvisada ducha y la auto terapia.

Los cactus del camino me distraen un instante

antes de llegar de nuevo al lugar del percance.

He sobrevivido con suerte en esta mañana de verano.

Poema 636: Las amigas

Las amigas

Murmullo del mar, risas crecientes

adolescencia en vena,

cierta vanidad de lector-poeta.

Las amigas se han reunido en el spa

hablan sin parar acercándose,

se bañan libres disfrutando de su edad

caminan, ríen, bailan,

planifican lo justo y coreografían

canciones de su juventud.

Según avanza el día recuperan la intimidad

el roce, la costumbre que un día tuvieron.

Los roles se perfilan ante la imparcialidad del poeta:

una dormilona que conserva un cuerpo atractivo,

la voz cantante de la coreógrafa,

la seriedad de quien relata sus asuntos laborales.

Bailan y disfrutan desinhibidas, sin el peso familiar.

Se han concedido un permiso que moldea su plano vital,

una deformación atractiva y animada llena de vida.

Los hombres esto no lo entienden–, dirán en un instante,

antes del ocaso y de la fiesta, cargadas del deseo

del sol y la sal marina en la piel.

El poeta es un ser invisible en su jolgorio colectivo,

más allá de algunas miradas individuales de reconocimiento.

El lunes la deformación plástica de su universo

volverá a su configuración original,

mas quedará el recuerdo mitificado y desinhibido

la energía amical profunda en suma amplificada

el sonido del mar de suaves olas en la ribera de la ría.

Poema 635: Despedidas

Despedidas

El esfuerzo en medio del esfuerzo fue amplio:

coordinar, elegir un lugar a la sombra,

hacer un cálculo estimado de asistentes,

orden y elegancia a ser posible,

una suma de trabajos personales de amplio espectro.

Escuché a una profesora al borde de las lágrimas

recitar un poema intenso y educativo,

a otra, emocionada, a punto de la jubilación,

ser consciente de sus últimas dos clases

tras cuarenta años de afanoso trabajo.

Las protagonistas estaban irreconocibles,

años de peregrinación, de esfuerzo y convivencia,

el paso de la infancia a una cuasi madurez,

amistades rotas o reforzadas, aprendizajes múltiples,

una rampa de salida hacia el espacio adulto.

Hubo citas, recuerdos, un vídeo intenso y trabajado,

aplausos y reconocimientos emblemáticos,

muchas flores antes de la comunión acuática en la piscina.

Cada cuál trabajó a su manera caótica o meticulosa,

dejó su impronta de rebeldía o de encanto personal,

acuñó amistades y construyó su aura mítica,

para terminar una etapa vital de enseñanza obligatoria.

El éxito del entorno, la participación y las familias

establecen un precedente fabuloso de valoración

de una despedida legendaria en la percepción colectiva.

Poema 634: Hay demasiada luz en el pedalear poético

Hay demasiada luz en el pedalear poético

Hay demasiada luz en ese pedalear poético,

campos rebosantes, agua

el espectáculo de la velocidad apropiada.

Se divisan manchas rojas aquí y allá,

amapolas adueñándose de un terreno baldío

o de una cuneta libre de glifosato.

La extensión rojiverde en el acceso al centro comercial

se ha convertido en atracción turística instagramera.

El caudal de agua del canal rima en asonante creciente

con los días previos al solsticio

en coyuntura prebélica de asesinatos selectivos.

El antihéroe inductor de tal desorden

huye precipitadamente de las instituciones,

aumenta sus réditos bursátiles con anuncios ridículos,

promete resolver lacónicamente los conflictos que alienta.

Esa clarividencia matinal amanece rodando

por canales y vías anónimas,

puentes clausurados preventivamente,

lugares privilegiados de observación deforestadora

de extracción de áridos en circuito cerrado,

de un continuo de camiones voladores inmunes.

Esa clarividencia es productiva e intensiva,

permite hollar caminos mentales obstruidos,

se llena de alegría en el trino matutino de las aves

o en el correteo alegre de un corzo en el camino.

La luz abre la puerta del pensamiento político

aplaude la valentía y el statu quo gobernante,

devuelve la auto esperanza al ingenuo oráculo ciclista.

Poema 633: El corrector

El corrector

Aquellos días revisando pruebas de acceso

eran interminables.

Errores repetidos, comparaciones,

una búsqueda de la equidad y de una cierta justicia.

La montaña de exámenes no descendía a ojos vista,

avanzaban los minutos, las horas, el cansancio;

buscaba en las estadísticas un alivio a la concentración

un descanso autojustificable propiciado por los datos.

La experiencia minimiza errores, busca explicaciones

en las enseñanzas oblicuas de un profesorado anónimo,

en la adolescencia cargada de tentaciones

trata de vislumbrar el conocimiento y la madurez

en una prueba dirigida en la que apenas se toman decisiones.

El corrector envía sus datos parciales y otea su lugar

en ese gráfico de puntos, colores y líneas

que te centra o te condena a una marginalidad revisora.

La alegría retroalimenta el esfuerzo al encontrar la perfección:

un diez, un examen sin fisura posible, organizado y excelente,

el sueño del profesorado militante y excelso.

Durante unos días sientes una responsabilidad social,

un servicio de alta dignidad

cuando en realidad es solo la cúspide del glaciar,

la culminación de un trabajo subterráneo y constante

una suma de minúsculos aprendizajes metamorfoseadores

capaces de diseñar complejos circuitos neuronales,

la guinda del pastel educativo tras un trabajo abrumador.

Poema 632: La biblioteca

Biblioteca

El lugar estaba anclado en el siglo pasado,

coexistían enciclopedias voluminosas

con antiguallas pedagógicas obsoletas.

En el curso veintiuno la reconvertimos en aula

con un miniportátil de ocasión y una pizarra de Amazon.

Verano tras verano se llenaba de libros becados,

de infatigable personal haciendo lotes,

repartiendo sonrisas y libros de texto a las familias.

Los tubos de neón daban un aspecto mate

al saber estanco y pausado en el blanco y negro del tiempo.

El suelo curtido en mil batallas contra las sillas

simulaba un garabato infantil enrevesado.

Hubo trabajo colaborativo, pintura, luces led, sillones,

una limpieza que bien podría haber sido una hoguera,

un trasiego de libros hacia ninguna parte

y la épica colocación de imágenes icónicas,

de un orden inteligible, un Feng-shui armonioso y equilibrado.

Brilla el suelo como brillan los estantes y la cartelería,

ausentes los obstáculos, las cajas sin catalogar

en un espacio diáfano y sugerente.

La luz de los libros y la magia de un universo silente

donde las voces interiores de los libros se elevan

sobre el barullo desordenado de la presencia adolescente

hacen de la nueva biblioteca un oasis en el oasis educativo.

Poema 631: Gaza, fin del mundo

Gaza, fin del mundo

Dice en la radio Mikel que el objetivo no es la franja de Gaza,

–señuelo, cortina de humo con decenas de miles de muertos–

sino la Samaria cisjordana roída día a día por los colonos.

Mirar para otro lado,

como si el sufrimiento ajeno fuese a desvanecerse con no mirarlo.

Palestina, el avispero del mundo escribí en dos mil veintitrés.

Es el gran agujero occidental ochenta años después.

No puedo ver tanta destrucción, muerte, desolación, injusticia.

Ese Estado quedará marcado por siglos como genocida.

No basta imaginar, ni descartar con desagrado las imágenes,

no basta odiar al vengador impune de actos abominables

ni celebrar las sentencias de la Corte Penal Internacional.

No basta imaginar la reconstrucción, ni el triunfo silente de la Historia,

hay que enfocar, mirar cara a cara la muerte de quince mil niños,

la destrucción total de hospitales y el asedio medieval por hambre.

La tecnología y el capitalismo muestran su horripilante cara buena:

escombros, polvo, carestía, desnutrición infantil,

humanos que convierten a otros humanos en animales conmutativamente,

vigilantes mercenarios que ametrallan el desorden caritativo.

El horror, la noticia que decae por el hastío bulímico del espectador,

por la persecución sistemática de la denuncia,

por el cierre, muro, alambrada, escudo protector del integrista.

No hay cinematografía, solo banalidad malvada,

un engranaje sistemático de destrucción aséptica y estadística:

¿cuántos muertos al día son tolerables para un espectador?

Poema 630: Lo excepcional

Lo excepcional

“Todo ángel es pavoroso. Y, sin embargo, ay de mí,
sabiendo de vosotros, casi mortíferos pájaros del alma,
os dirijo mi canto.”
                                                                       Rilke, Elegías de Duino

Cada día es la mirada la que interpela,

la que convierte cada acto o hallazgo

en una explosión de conexiones festivas.

Una visita a las Urgencias al amanecer

tras una tormenta desatada y desbordante,

el espectáculo del baile de mi hija en una feria,

un erudito que conferencia sobre Lou Andreas Salomé

revelando detalles, cifras, datos y dictámenes.

Comienza la ruptura de la rutina protectora,

la suma de actos nimios, refugio y sosiego

antes de que la apisonadora Tiempo iguale y nivele.

El colorido de la narración, ya lírica hiperbólica,

se nutre de lo excepcional, a veces excelso,

de la escucha reiterada de las veintidós canciones

de Jesucrista Superstar,

de ese poema, Baedeker Lunar, que tanto me impresionó,

del enorme carro de combate exhibido en la ciudad.

Caminar en la noche de finales de mayo

cuando el aroma del campo invade calles y plazas,

alegrarte por un encuentro inesperado,

sentir al fin el frescor en el rostro

antes de profundizar en el hilo poético decimonónico,

o debatir las acepciones de la palabra raro

suponen un ejercicio contra la levedad consuetudinaria.

Los eventos sorpresa pasan a ser incorporados

a la épica aventurera, excesiva y vital.