Poema 664: Entran nubes desde el sur

Entran nubes desde el sur

Entran las nubes grises desde el sur

trayendo consigo una cierta esperanza,

la detención artificial de una masacre

de la devastación por causas antrópicas.

La lluvia apacigua las perspectivas climáticas,

las aplaza o posterga con alivio

en un tiempo de predicciones detalladas

por la ingeniería de tu teléfono móvil.

La lluvia distrae de algunas miserias patriarcales:

el inútil mundo del fútbol, circo máximo,

las resistencias titánicas de los académicos

custodios de una lengua que debiera ser inclusiva.

Llueve también sobre ellos en forma de violencia

o de artículos de filológico fundamento

rápidamente contestados en tribunas cautivas.

Las nubes del sur regarán el huerto armónico,

cultivado con el esfuerzo de la comunidad,

lugar de paz y de aprendizaje práctico,

intervalo y oasis en la maraña de ideas radicales.

Poema 663: Este veranillo eterno

Este veranillo eterno

Este veranillo eterno se desvanece

en tardes soleadas de octubre,

en olvidados paseos en bicicleta,

en pequeños dolores que amplifican

un nudo interno impenetrable.

Devoro la primera hora de escritura

cual yonqui de su tiempo productivo

por obra y gracia del maestro hacedor

de horarios, gran filósofo conversador.

No hay proyección micológica en el horizonte

y las labores agrícolas van con retraso,

los caminos áridos y polvorientos

dejan en el ciclista pulmones resecos,

mientras observa disgustado las máquinas pesadas

que convertirán un valle arqueológico

en un productor desmesurado de fotovoltaica.

En los amaneceres observo la luna poniente,

más tarde el bidón encendido o el río estático

en el que se divisan las piedras del cauce.

Los poemas se volverán húmedos y otoñales

en cuanto aparezcan las primeras lluvias,

como corresponde a la melancolía naciente

que bebe en estas mañanas de la lecto-escritura.

Poema 662: El movimiento está en las sombras

El movimiento está en las sombras

El movimiento está en las sombras

allí, nada me pertenece.

En la luz del foco sonrío y celebro

la vida, la juventud, la compañía silente,

observo el paisaje marino tan añorado,

la luz poniente, el revés de la historia.

Animales en cautividad placentera,

¿quién los cuida? ¿Quién nos cuida?

Detrás del espejo hay un mundo de sombras,

delante estás tú y el hogar que te acoge,

la rutina que unas veces pesa y otras alivia,

una suma de instantes fáciles de olvidar

en aras de los siguientes abrazos.

Caminan con una seguridad renovada,

protegidos aún por varias capas generacionales;

los recuerdo aún titubeantes, cargados de libros

dispuestos a una rutina llena de deberes

de aprendizajes básicos, de competencias que no son.

Aprietan el paso, sonríen a la ventana iluminada,

llenan mi mundo de ilusión y novedad.

El movimiento se detiene, opaca su alegría,

rechaza el presente en aras de un futuro edénico,

calma la ansiedad y alimenta una burbuja impar

de hermosa proyección personal y solitaria.

Expulsado de las sombras permaneces inmóvil,

llenas tu tiempo de intrascendencia cultural

antes de intentar rehacer un presente existencial.

Poema 661: Vértigos

Vértigos

Los días se balancean de forma tenue

dejan de ser estáticos, irrelevantes

para transfigurarse en frenética oscilación.

La verticalidad es un lujo soberano:

fijas la vista y sigues corriendo,

despreocupado por las raíces u oquedades.

Dormir es un acto de rebeldía,

despertar es una lotería maximalista

mientras te acercas al espejo dictaminador.

La vida continúa, los nombres, los saludos,

los hitos en el camino laboral,

los premios nobeles que algún día no escucharás.

Ejercitas tus músculos sin perseverancia,

te aíslas de malos hábitos lecto-escritores,

cargas con pesos insoslayables en tu espalda.

Surgen consejos por doquier, sesudos o irrelevantes

difíciles de llevar a cabo en la vorágine vital

en el carácter que te acompaña desde siempre.

La inestabilidad es asumida como banal

por todo tu entorno y por ti mismo,

una molestia pasajera que no afecta a tu integridad.

Continúas escribiendo, corriendo, conversando,

meditas acerca de la levedad personal,

de un futuro incierto o desértico o vertiginoso,

mientras transcurren los soleados días de octubre.

Poema 660: Melancolía otoñal

Melancolía otoñal

La luna se acuesta en una secuencia fotográfica

una maravilla, una impaciencia pese a su velocidad.

El signo de los tiempos es tecnológico, veloz,

mucho más que la velocidad de procesamiento

melancólico de las neuronas implicadas.

Las tardes aún largas, secas y calurosas

se oponen con fuerza a la languidez anímica,

a los pensamientos evolutivos fruto de la edad.

Alcanzas a ver ojos llorosos y decaimiento eventual

la vida por delante erizada de espinos y trampas,

también de una belleza sublime por averiguar.

Este otoño no traerá búsquedas micológicas

sino sequía y crujir de suelos castigados por el sol,

tal vez música y tal vez silencio y más silencio.

La autoestima cotiza en la bolsa local y universal

fluctúa siguiendo algoritmos recónditos,

conversaciones, deportes, acontecimientos.

Revives momentos estelares en fotografías antiguas,

agrandas la percepción de tu paso por el mundo,

viajes, confidencias, secretos de medio punto.

Termina el tiempo de introspección poética

por motivos laborales acumulados en montañas

de excelsa burocracia, de selección de contenidos,

más allá de los estados de ánimo o del marco otoñal

de este mes de octubre aún verde y ya decreciente.

Poema 659: El otoño del ciclista

El otoño del ciclista

Una suave llovizna impregna la tierra seca,

huele a petricor en un horizonte plúmbeo

sin apenas movimiento en el campo visual.

Pedaleo contra el viento, entre ocres y amarillos,

dejando que la llanura penetre en mí,

vacíe mi mente, consiga integrarme con el paisaje.

Mínimas mariposas blancas sorprendidas

alzan el vuelo desde los cardos resecos de la cuneta,

cruje el suelo, saltan las piedras,

respiro, olfateo, fotografío, me embeleso con todo.

Soy un ser mínimo entre viñas y girasoles renegridos,

rastrojos, lavajos vacíos de fondo seco y cuarteado,

un redil desierto y la inmensidad de un rayo de sol

que asoma en el confín del planeta.

La velocidad de contemplación ideal de la bicicleta

es ahora un ritmo meditativo,

una aproximación al trance alejándome del vértigo.

Vacío por fin la mente y el cuerpo suda con el esfuerzo

solo existe el camino en esta levedad otoñal.

Poema 658: Sentarse

Sentarse

Las protagonistas se sentaron a opinar

en torno a un libro,

se sentaron a protestar en medio de la calle,

cada cual buscaba su identidad

no perder esa humanidad tan cara,

contraponer su poder colectivo

a esa marioneta frívola y provocadora.

Vi volar un edificio y después otro,

constancia y contumacia en la destrucción,

una y múltiple, en el avispero del mundo occidental.

Los pequeños éxitos se retroalimentan,

belleza interior y exterior y dos besos inesperados

mientras contemplaba Usos amorosos de la posguerra,

un universo diferente, un salvavidas en el vacío acontecer.

Clamaban con los colores de la derrota, del hambre,

de la destrucción,

banderas, pañuelos, la superioridad ética sin retórica.

Alguien comentaría después la presencia extraña

de un espontáneo con gorra y bermudas:

risa y zarabanda, apertura Kachaturian,

y el vuelo desenfrenado de la imaginación verbal.

Reventaron vallas y costuras y el tiempo y la exhibición

se detuvieron simultáneamente

y reinó durante horas ese caos alegre y festivo

aun sabiendo que solo era una batalla lejana comunicativa.

Una luz en el bosque de abetos en penumbra[1].


[1] Ana Ajmátova, Poema sin Héroe

Poema 657: La feria de las ilusiones

La feria de las ilusiones

Amaneces corriendo para acceder a la rutina,

un trote pausado por el pinar

conversando con un pasado lleno de anécdotas,

polvo septembrino, cargado de libertad veraniega.

–¿Y tú qué ilusión tienes? –, me preguntó.

La máquina cerebral comenzó a bucear

en bases de datos olvidadas, en la penumbra

de un recordar mustio y desentrenado.

Mis ilusiones de hoy se ausentarán mañana,

un viaje, una ópera, una cierta continuidad lozana,

un ruido mediático descendente,

el fin de conflictos que no son del todo ajenos,

una risa relajada probablemente efímera,

una feria oscilante de ideas mutantes.

La ilusión del recuerdo activo, de la narración,

la austeridad y sobriedad de las múltiples vivencias,

esa mirada poética que transforma lo ordinario

en una suma de minúsculos milagros coloreables,

un encuadre inesperado y burlón,

convierten cada día en aventuras acotadas fortuitas.

La experiencia dice que si resistes aparece esa llama

vibrante que ilumina el estado mate de tus ojos,

crea circuitos neuronales de alta tensión,

te sorprende en tu minimalismo lírico,

aporta hilos convenientes o proyectos prometedores.

La feria de las ilusiones viene y va oscilante,

a veces extenuada y otras presa de incipiente euforia

moldeando expectativas y costumbres,

enseñoreándose de cada uno de mis pensamientos.

Poema 656: La vida teje su telaraña pacientemente

La vida teje su telaraña pacientemente

La vida teje su telaraña pacientemente,

nubes de humo, trampantojos,

la sensación estética de una alegría efímera,

un proyecto que dura el instante de la sinapsis,

el tiempo necesario para activar alertas ancestrales.

La masa se reúne expectante entre las sombras

de un parque nominalmente desfasado

para observar el enderezamiento del aerostato.

Máxima expectación en el acontecimiento infantil

retardado por la foto del político populista

inflado por el mismo aire caliente

que emana de la barquilla y asciende por la vela.

El cuerpo aún responde y coopera en la resistencia,

fenómenos meteorológicos adversos, fuegos,

esa lluvia ausente en verano apenas atisbada,

un caminar que era placentero y parlanchín

hasta la llegada del silencio y el acecho de la duda.

Aparece la nada para la que no estaba preparado

tras el trasiego generoso de las vacaciones:

océanos y volcanes y todos los paisajes hermosos

y los días en que me ausenté de mí mismo.

Por debajo de la puerta se atisba la sombra del tiempo

predecesores y otras imágenes especulares

otros mundos ocultos e historias ya olvidadas

antes de contemplar la curvatura exacta

de esa carretera por la que conduces.

Poema 655: Flores

Flores

En el jardín ganado poco a poco al cemento

surgen flores inesperadas,

geometrías clásicas, pentágonos, círculos,

espirales en el crecimiento de las suculentas,

nopales preparados para su arraigo,

brácteas capaces de arropar pétalos llamativos.

Feraz el terreno, el cuidado exquisito

luz y agua, convierten las paredes desnudas

en un santuario verde donde despuntan uvas e higos.

Cada fruto es un éxito en el cultivo mimado,

una celebración de la vida

en medio de trampas antiparásitos de jardín.

Crecen los nogales y avellanos buscando la madurez,

alumbrados cada día por flores efímeras y vistosas,

por el olor intenso de las lavandas,

por los ensayos, a menudo exitosos, de la jardinera.

Dalias, pasifloras, maracuyás ornamentales,

orbeas variegatas que se cierran misteriosas

en sus bolsas carnosas,

un pequeño edén en los detalles múltiples:

trepadoras, zarzamoras sin apenas espinas,

cada una con su procedencia memorizada,

el membrillo solitario que se hace gigante,

y un rincón contemplativo de visión múltiple

desde el que disfrutar del quehacer cultivador

mientras se hojea un libro de teatro clásico.