Poema 562: Emocional

Emocional

La mirada es tu estado emocional,

un cóctel de deseo, de cariño, de ilusión,

una sensación física de bienestar,

esa luz que ha despertado en ti un poema

una canción, un podcast,

un hilo del que has tirado y estirado.

El peso de la apisonadora cultural

aún no ha podido contigo,

ni siquiera las noticias de la injusticia,

de la barbarie, del dolor, la tiranía y la guerra.

La esperanza es un bien volátil, ligero, inestable,

una combinación de experiencia y autoestima,

de la seguridad que cada cual posee de sí mismo.

Transitas por una sima o por un valle

despreocupadamente, evitas mirar hacia arriba.

Allí están las cumbres, la libertad del viento,

el instante, –igual al anterior y al posterior–

en el que, seducido por la brisa, te crees libre,

infinito, eterno,

tan perenne como las agujas de los pinos

que has rebasado al ascender.

Debes tener fe en los ciclos vitales,

en que tras los valles hay montañas

y desde allí se divisa el orbe que crees poseer.

Tu única guía es esa luz interior tan ingenua.

Poema 275: Flores

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En el atrio de la modernidad

las letraheridas van sonrojándose,

algunos tatuajes brillan en la piel

aún indemne por los daños del tiempo.

 

En el arco de la luz de junio

sacan todos sus vestidos al césped,

recitan poemas que no entienden,

versan la carnalidad en un susurro.

 

En la terraza de verano

el dinero se alía con colores y banderas,

flotan en el aire los deseos no cumplidos,

las trincheras cavadas en el lujo.

 

Una ola de estupor desconocida,

cambia la mezcla de color en las pupilas,

desencadena sonrisas y arrumacos

rotos todos los frenos y preámbulos.

 

En el atrio de la modernidad

insulsos contendientes reposan alineados,

observan las flores exquisitas

abiertas por la luz de un bello día.

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Poema 189: Hojas en la calle

Hojas en la calleIMG_20181107_090250

Las hojas estrelladas tras la lluvia

son una anormalidad en las calles asépticas,

el asfalto no tolera intrusos,

son cicatriz en un cuerpo desnudo,

color indescriptible en la vida gris.

 

El escape visual desata imágenes,

el color de las playas atestadas en movimiento,

un centro comercial abigarrado y ruidoso,

una desconexión ancestral con la tierra.

 

La costumbre de pulcritud cromática

hace llamar sordamente al barrendero,

al meteorólogo para que no permita la lluvia,

a convertir las frondas arbóreas en muñones.

 

Una invasión así de formas y humedad

puede llevar a éxtasis indeseados,

abrir las compuertas del sueño y el deseo,

despertar los sentidos abotargados,

desencadenar una revolución de masas.

 

Quizás haya regresiones a la infancia,

el deseo potente de chapotear en un charco,

miradas de nuevo atraídas por el color

o el potente caminar ensayado de una mujer

en el espejo infalible de los ojos de un hombre.

 

La locura colectiva se desatará en las calles

en un ensayo sobre la fealdad reinante:

¡Retiren con premura la materia orgánica,

devuelvan la neutralidad al asfalto anodino!

 

Los ojos de los viandantes seguirán sometidos

a los férreos patrones cuadriculados de las aceras,

al mobiliario urbano que apenas se despeina

cada día en un ejercicio de supremo inmovilismo.

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Poema 113: Velocidad de la luz

Velocidad de la luz

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Viajar,

¿tú dónde irías?

¿Dónde te ha gustado más?

¿Un paisaje o una catedral,

un objeto de museo,

una emoción subjetiva

o el reconocimiento universal

de la belleza y la magnitud?


Viajas a la velocidad de la luz

en tu mente, en mi mente,

viajo a una emoción en un instante,

a una sensación o un olor,

a las puestas de sol

en el perfil rocoso de Creta

desde la fortaleza veneciana.


Viajas a los ojos de jade

de una figura animal,

a una playa pedregosa y solitaria,

quizás nudista, sol y calor,

un mundo predispuesto

a aparecer en tu sueño.


Viajas en la lentitud enorme

de tus reflejos y reflexiones,

vórtice en el tiempo,

desde isla Mauricio

a las playas cálidas de Puket.


Viajas de un museo a otro,

de una capital atestada de turistas

a la Venecia dieciochesca,

del deseo de visitar Samarkanda

a la luz de Cacilhas frente a Lisboa,

de los Jerónimos a Lanzarote.


Highlands, fiordos, auroras boreales

en el norte,

calor y luz en el sur,

playas y mar,

cultura, una maravilla de la antigüedad,

sal y cocina mediterránea,

todo cabe en el ansia imaginativa.


Eres tú el viaje y tú la velocidad,

versos de La Ciudad de Cavafis,

en ti está la esperanza y la ilusión,

nada existe más allá de tu imagen mental,

ora recuerdo, ora deseo,

eres tú y tu poderosa mente viajera en fusión.

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Poema 90: Al fin la lluvia

       Al fin la lluviaIMG_20160824_205649

Al fin la lluvia de gotas enormes,

tormenta, viento, furias desatadas,

erinias en busca de víctimas,

un relámpago de ángulos agudos,

el castigo de un trueno tras otro,

petricor, brilla el suelo agradecido,

se serenan los elementos, hueco cenital

para la mansa lluvia de sonido monótono.


Mi hueco vital no deja seco el suelo,

quizás ya no estoy, solo soy el fantasma

de mí mismo, las gotas no empapan mis gafas,

ninguna ropa se ciñe húmeda al contorno

de mi pecho, no siento frío,

pero sí el olor, sí la luz mortecina y gris,

sí las miles de gotas fundiéndose

en pequeñas torrenteras calle abajo,

un perro que ladra y el piar alborotado

de los pájaros refugiados en los árboles.


Esta lluvia penetrará un centímetro,

dos quizás, en la tierra, me llevará con ella

un instante, licuado, permeable

fundido en ella, lejos de cualquier cita física,

de trabajos y proyectos; seré luz

débil y monotonía cíclica y eterna,

no tendré ropa, ni olor, ni voz,

seré puro deseo, pura antimateria

de sensibilidad excepcional intrínseca.


Arrecia, el olor y la humedad marean,

mi rostro imperturbable languidece,

solo las manos teclean ajenas

algunas palabras enlazadas por hilos

invisibles, por cadenetas tejidas

en las sinapsis potenciales de otros lectores,

quietud, inspiraciones rítmicas:

una caricia deseada me llevaría al paraíso.

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Poema 70: Belleza

Bellezalee miller solarizada

Miro y vuelvo a mirar,

mis ojos seguro que me engañan,

amplío y amplío y observo

los rasgos hermosos, la fotografía

solarizada de un rostro de mujer.

El tiempo efímero de mi retina,

la sugestión de lo que se oculta

tras una mirada o el tacto, ya imposible,

de una piel, el deseo estalla,

denso y erótico, podría moldearse.

Aún no he contemplado sus fotos desnuda,

hoy ya arte, seducción impresa,

objetos de museo, de contemplación,

difundidas por internet al detalle,

cuando el futuro era imposible de predecir.

Percibo detalles, aquí y allá, poses,

la búsqueda de una historia previa,

cada foto es un poema brevísimo,

elíptico y subyugador, pleno de belleza,

de un cuerpo creado para el arte.

 

La forma de un pezón, el dibujo

de líneas de campo magnético en la piel,

la torsión del cuerpo sin rostro,

estimulan toda mi sensibilidad atrofiada,

despiertan el ansia creativa.

 

He disfrutado del descubrimiento,

cada instantánea ha buscado su acomodo

en los intersticios de mis circunvoluciones

cerebrales; ya forman parte de mí.

Celebro con gozo mi nueva forma de mirar.

lee miller campos magneticos

 

Poema 3: El deseo en la piedra

IMG_20140315_191603El deseo en la piedra

Luz, filtro de alabastro, frío.

Una columna central todo sustenta.

Restos polícromos antiquísimos.

Banalidad turística veloz.

Hubo sínodos, coronaciones.

Mantos de piel barrieron el suelo.

En la oscuridad del tiempo una doncella dejó de serlo.

Exangüe, un moribundo alcanzó la paz.

Corretean los niños entre los sepulcros.

Varias restauraciones, todo es mentira.

Capiteles didácticos, las bestias ya no copulan.

Puedes escuchar voces armoniosas y gritos.

Insignificante en medio de tantas calaveras.

No puedo apartar mis ojos de ella, educada y hermosa.

El vaho se desprende de mi boca y asciende en volutas.

¡Qué idioma, qué interés, qué inquietud!

Las espadas rozarían el suelo, marca del territorio.

Bodas, bautizos, comuniones, millones de fotos.

Algo liviano, frente a la reciedumbre primaria, arcos, elevación.

Su acompañante todo lo escruta y fotografía.

Pantocrátor sobre espigas o flores, geometría originaria.

La luz de un espléndido crepúsculo de invierno se filtra por el pórtico oeste.

En una minúscula nave absidal me ha inmovilizado entre su antebrazo y el muro.

Se escucha el murmullo monocorde del guía.

Me ha besado con urgencia, consciente del riesgo múltiple.

Bajo las lápidas del suelo yacen huesos de nobles secundarios.

Aún inmovilizado; ha despegado sus labios de los míos y me ha mirado ígnea.

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