Poema 29: El color del invierno

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El lémur atropellado en la carretera

parecía el cadáver de un niño.


No puedo mirar alrededor sin ver

los mismos pinos angustiados,

la trenzas de orugas que los habitan.


El invierno urbano, tiene color de invierno;

el verano también lo tendrá.


Me como una manzana con delectación;

sus restos aún sin marchitar me miran intensamente.


He adiestrado mi mirada para los instantes

fotografiables, para las ilusiones poéticas.


Ya no quepo en mi cuerpo, debería salir corriendo.


Tengo la mirada atrapada en el frío,

en los detalles excelsos del invierno.


En el verano, el bidón ya no estará encendido,

las aguas del río no serán turbias y marrones,

no estarán pelados los chopos de su ribera.


La planta helada con aspecto fractal,

será un recuerdo antiquísimo bajo el sol.


El cielo está siendo devorado por un pájaro azul,

mientras el hijo del lémur bebe la condensación

del aire lacerante, en la ciudad gris.


Solo las plantas municipales resisten a los verdugos-jardineros,

solo su color es el color del invierno.

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Poema 28: Muñones

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En la foto, los muñones sobe el cielo

dan un miedo espantoso,

por sí mismos explican la metafísica

de la quietud, la presencia mitológica

de criaturas suprahumanas.


Los días se vacían de su morfología,

aún conservan intacta su sintaxis,

la savia ya no desangra a los dioses,

los humaniza en formas desoladas,

triduos omnipotentes en la nada.


Las formas ocultas del amor,

cambian de acera, disimulan su mirada,

se atrincheran en fes a su medida,

dotan al carbono de entidad manifiesta

frente a los cometas que rondan la órbita.


En el invierno de bidones encendidos,

flotan partículas asesinas,

se construyen túneles ocultos, toperas,

la vida fluye pujante en las caderas,

amasa corazones que ya han florecido.


En el vacío existencial de un día,

caben todos los cachivaches mentales,

se limpia la sentina, se adereza el rostro,

fluye nocturna la sonrisa en un escorzo,

voz con voz, recuerdo, promesa cinematográfica.


La foto gris de la mañana, mente abierta,

deshace las sombras y las siluetas,

enarbola banderas y estandartes,

el aire renovado hincha mi pecho de ideas

domestica los muñones y los perfila.


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Poema 27: Los más perversos de las naciones

 Los más perversos de las nacionesangel de fuego

Las columnas de los soportales se curvan,

se deforman en los extremos de mi campo de visión

el color rojo con el que se exhiben los cardenales

contrasta con las gárgolas de fría piedra.


El diablo está presidiéndolo todo, me engaña,

me desorienta, ahora es naranja se camufla

camaleónicamente; su olor a azufre tópico

se alterna en mi pituitaria con lavanda fresca.


Prokofiev. Miedo, El ángel de fuego, nada es cierto,

sueño, clamor, la multitud gritando:

“et quiescere faciam superbiam potentium”

sudor, inquietud, un picado de la cámara vertiginoso.


Por eso traeré a los más perversos de las naciones,

la ignominia penetra con profundidad en el cortejo,

consciente de la vanidad representada, del disfraz

de modestia y humildad, el coro vuelve a resonar.


Ha adoptado una forma de súcubo de incandescente

belleza, sinuosa se mueve al compás de Rita Hayworth

Put the blade on Mame; la orquesta ordena

el ritmo cardenalicio en un plano de fondo.


Bernini. Fría tarde de marzo, se acercan los idus,

el cónclave, Belcebú asedia los privilegios de la curia,

amplifica los gritos renovadores de base,

confunde con tentaciones cinematográficas

los designios divinos irradiados al orbe entero.


 

Poema 26: El día de la mirada poética

El día de la mirada poética

                                 “Asesinado por el cielo”

Federico García Lorca Poeta en Nueva York


El día de la mirada poéticaIMG_20150214_163033

reconocí mi memoria prodigiosa.


Un verso sacado de una suma

de instantes robados a una escena,

detalles fuera del agua, pez,

una puerta de acceso a un fotograma,

una nota desgranada de una melodía,

la mirada miope sobre un desarrollo

algebraico de comprensión imposible.


Siempre hay un caballo, una iguana, una ciénaga;

imposible aquilatar cada metáfora,

cada pensamiento oculto tras el aparente dislate.


Esa voz que recorre la ciudad en crisis,

los escenarios menos humanos, fango,

ahogados, multitudes sin abrigo y sin trabajo.


Miro el amanecer como tiento el cuerpo amado,

fijo el instante, la delicia de la luz tamizada,

y hallo en el libro del genio la imagen indexada,

semilla, y planta fecunda, y retruécano inesperado.


El cuerpo tendido boca abajo,

se ofrece a mi mano generoso y saciado.


En una ventana se asoma la mujer de un cuadro,

Goya espera su visita en el Prado,

el humorista desvalido narra su viaje iniciático.


La Gran Belleza es parte de esta hermosura,

otro poema desgranado con voz profunda,

uno lee, e ignora el final de sus ondas.


No hay muerte en mi poema, ni monedas,

solo el flujo mental entre la prisa y los niños;

no hay viaje, ni mirada sorprendida,

más allá de la alegría de un bidón encendido

en la fría mañana castellana camino del trabajo.


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Poema 25: Enigma

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Enigma de un relato lejano, oscuro,

fuera del campo de interés colectivo,

¡tambor, tambor, tambor!

una veleidad imperdonable, aleve.


Una tormenta, un dime o direte,

el templo despechado, horizonte naranja,

agua, un saco de arena fundacional,

¡un gallo, un gallo, un gallo!


En la arena del desierto no se me ocurre

¡calor, calor, calor!

lugar común tras lugar común, imagina,

el atraso supersticioso de arma arrojadiza.


¡Entierra, entierra, entierra!

En el charco poblado de larvas, crecerá

tu gallo, tu hembra desbocada, tu manantial,

viaje fundacional, fuerza asesina, asesina.



El oro, la urbe de posibilidades infinitas

¡fuerza, fuerza, fuerza!

Mendigo, maldices el orden en un caos

en el que reinarás con tu cresta étnica.


Nieve, oro, lupanar, vértigo, enigma,

las mismas pulsiones, el mismo instinto

asesina y persuade e intimida,

¡voces, voces, voces!


Adivino geomántico, babalawo, el nicho

de la tradición independiente, incautos,

¡emigra, emigra, emigra!

Cuerpo fuerte en una mente desolada.


Reactivo de hechicería, magia de humo,

¡muerte, muerte, muerte!

Perturbación, conmoción, masacre,

el destino de la fuerza yoruba en el agua.


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Poema 24: Máscara y nieve

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Sucesión de manos ensangrentadas en la nieve,

no sabes donde mirar, horizonte blanco por doquier,

miedo a un oso blanco invisible,

al filo de una cuchilla,

al suicidio de alguien incógnito.


Conjuras tus temores con un baile de máscaras mental,

ella está ahí, en el salón cálido con chimenea;

con los aros de su vestido ondulando

levanta volutas de calor azul,

cisne elegante, pedrería en el negro antifaz.


Tu excitación contrasta ahora con el frío paisaje,

las manos rojas se detienen en un túmulo:

crees que allí habrá un cadáver,

pasas de largo, vuelves sobre tus pasos,

te humanizas, ya te has implicado.


Ella danza alegre; en su baile se mofa de ti,

te provoca y te ignora, se acerca y se aleja,

deduces a duras penas que tú eres su centro,

su referencia en el salón rococó:

ella te orbita, te enciende en elipses danzantes.


Escarbas con cuidado, de reojo miras alrededor,

no tienes armas y eres vulnerable,

descubres que el perro inanimado posee un collar,

“Olfrie”, las manos eran pequeñas, de mujer,

sangre en el vientre destrozado por un zarpazo.


Cae la tarde y tu pensamiento se ha vuelto circular,

aletargado crees observar tras la ventisca

una forma femenina envuelta en un hermoso abrigo;

lleva una máscara y extiende su brazo para danzar contigo,

su mano está manchada de sangre y viene a llevarte.


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Poema 23: Urracas

                  Urracaspicapica29

Nadie canta en un coro del siglo quince,

bóvedas de poliuretano, almohadas magrebíes,

luces led en una catacumba,

un violín eléctrico que toca solo.


Las urracas dominan la carretera,

sus voces permanecen en el aire

sin desvanecerse, solo un coche

altera su presencia,

finis orbe, gritan las cornejas,

el coro de siete voces desentona

en esta discoteca plagada de aminoácidos.


Tallis, fecunda el gorjeo febril,

la paz del serrallo en perpetua duda,

volátil la nota, monocorde el resultado,

ácido posmoderno en una película,

alterno la sombra de un vampiro

con el elegante vuelo del superhéroe.


La paz de las maricas es un lapso

en la guerra de los coches que violentan

el aire, ondas, vórtice, un radar

en medio de la niebla hecha jirones.


¿Dónde está el bidón encendido?

La puesta de sol dolorosa es un cuadro

de El Greco; amanece y la red se llena

de fotos esplendorosas del cielo fractal.


El mundo es un lugar compartido y ecléctico,

la lenta continuidad deforma la percepción,

el vértigo me mira directamente a los ojos,

me transmite en 3-D un holograma

de un espacio placentero infinito, sin dios.

Las Urracas han descompensado el hábitat,

morirán de éxito en despiadada veda.

fractal


Poema 22: Deambular en la niebla

              Deambular en la nieblaIMG_20150112_114050

Camino atravesando distintos planos temporales,

hoy conectados por una niebla sólida y húmeda

a través de la cual llegan sonidos conocidos

algunos atemporales: campanas, gritos de niños.

Al pasar al lado del cráter enorme lleno de agua

verdosa, se hace el silencio, un silencio lúgubre;

retrocedo sin saberlo en mi memoria, tratando

de recordar la siniestra historia de un ahogamiento,

una vida segada en un atrevimiento inconsciente,

valor, ausencia de modelos con más éxito evolutivo,

quizás la competencia incipiente entre machos

de una sociedad en la regresión de posguerra.

Mi voz algo ronca me devuelve al tiempo actual,

en tanto que divago sobre la transmisión futura

de esa historia que quizás no contaré a mis hijos,

un relato perdido en un lavajo que trato de evitar.

Me asomo a otro tiempo y lugar, una traslación

permitida por mi mente caminante, el presente

voraz, la melancolía, los contornos difuminados

y amenazadores de mi mundo siempre en equilibrio

frágil, hoy por fin sin prisa decido la aventura

de llegar hasta el monte oscuro, de bucear

en mi miedo, de desnortarme unos minutos,

quizás horas, atravesando campos a la contra.

Cuando al fin encuentro el camino, aflora mi sonrisa:

he entrevisto las huellas del lobo, de las aves

en los sembrados ya helados, he deambulado

sopesando mi reacción ante el ataque sorpresivo

de un animal, desarmado y solo, la carrera

como reacción instintiva y seguramente errónea,

una vida en la que no he aprendido nada

sobre la supervivencia primaria en la naturaleza.

Mi mirada busca piedras, palos, árboles;

nada ha cambiado en milenios.

El calor de la marcha y el ejercicio elevan

mi percepción nueva del entorno ya conocido:

decido en un acto poético-amoroso, fotografiar

la niebla, captar la esencia de la fría tarde

con la luz filtrada, de una hermosura inhabitual,

la felicidad de ese instante recién revelada

y fugaz, cual sonrisa entrevista, cual belleza

interior reconocida en un semblante amado.

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Poema 21: Cólera

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Amaneció lejos del poblado, aún encolerizado;

de un tiro certero con su honda, en la que cargó

toda la rabia que llevaba encima, destripó un pájaro

enorme al que churruscó como desayuno.

Todo en él era actividad febril, músculos tensos,

algunos bufidos de animal rabioso; control,

sabía respirar, dejar que el vacío le poseyera poco a poco

mas en unos instantes una fuerza interna primitiva

volvía a posesionarse de él. Disparó varias flechas

innecesarias, hasta que rompió el arco.

Ella lo había exasperado, no entendía muy bien cómo, ni por qué,

era algo que debía estar dentro de su naturaleza de hombre simple,

un hueco en su cabeza más allá de la caza y del sexo.

Quizás tuviera que ver con la supervivencia, una herencia

desconocida pero no inútil; algo le decía que no se le pasaría

hasta que se enfrentara a su cuerpo con un abrazo rabioso.

Volvió ceñudo, a grandes zancadas; ella al verlo venir así,

supo lo que tenía que hacer: primero se mostró públicamente sumisa,

después en el interior de su cabaña lo recibió con su cuerpo

amoldándose a las embestidas furiosas, acunándole el alma.

Ella lo mordió y lo arañó, disfrutó del placer único de su furia

durante horas, aplacó con todo su cuerpo la cólera acumulada,

la fuerza desatada del macho dominante y primigenio.

Sólo su propia sangre y un agotamiento supino lograron calmarlo.

Aún tenía fuego en los ojos, pero también un brillo de satisfacción

en la sonrisa esbozada al enfrentar su mirada con la de ella;

sus cuerpos tardarían días en recuperarse de aquella batalla sexual.

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Poema 20: Una sombra

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Una sombra ha cruzado fuera

de mi campo de visión, muerte, eros,

quizás un dron, juguete de un niño oculto,

tal vez ánimas o ángeles del siglo veintiuno.


La sombra soy yo encadenado, anclado

al cómodo universo de un desayuno alegre,

de una elección cuyo límite es un círculo

de pequeño radio, bien fortificado.


Sombras de uno que se expanden,

desoyen la prudencia burguesa provinciana,

desordenan, o arrebatadas se encumbran

en lo alto de un campanario mirífico.


Tu sombra es tu proyección, sin volumen,

sin color, un ideal que se superpone

a otras sombras, las abraza o las engulle,

deformada por un movimiento libérrimo.


Un coro seráfico domina tu sueño,

amalgama de imágenes de adquirida consciencia,

envés de la cara oculta de la luna, sombra,

mare Imbrium, mare Serenitatis.


Luz necesaria para el contraste sombrío,

contrapunto de la felicidad, verso libre,

el hielo de belleza fractal recibe tu ánima

la absorbe y captura, te libera definitivamente.


Desde tu sombra podrás, fénix redivivo,

reedificar tu templo, la fortaleza de tu espíritu,

tu voz se elevará castigadora sobre débiles

argumentos, triunfo, honor y gloria carnal.


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