Poema 49: Lady Ofelia

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Llegado su trágico final, sobre lacustre lecho de pétalos recién arrancados y con lustroso vestido yacía.»                                                                                                                                                       De Lady Ofelia y Otros microrrelatos. Atilano Sevillano

Lady Ofelia yace sobre lecho lacustre

en el libro de Atilano, cuelga en vertical

en la Tate londinense muerta entre pétalos,

quizás está en la canción que imagino.


Entre ondas sonoras de insoportable agudez,

camina hacia un lago, se adentra en él.

Acude a la llamada dramática de su padre.

En su inexistencia nos abruma de citas.


Sueño recurrente, demencia en la noche,

soledad romántica, desamor entre flores,

una orquídea absorbe la luz de sus ojos,

el movimiento lacónico de sus manos.


En su parlamento llamará a futuras suicidas,

dibujara su sombra bajo un sauce,

melancolía en un día de primavera,

dueña del tempo y de la luz y de su propia vida.


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Poema 48: El taumaturgo

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El taumaturgo se acerca sibilino,
antes de la Sibila.
Conoce el futuro, trata de emborronarlo.
Tacha y dibuja otras criaturas,
fieras, anfibios, grifos y pegasos.
Su alter ego duerme, lo presiente.
En hábil cirugía metamórfica le extrae
el báculo óseo. Reconstruye vasos,
flujos de sangre, compuertas.
Conecta todos los cables al cerebro.
Eva germina en una probeta gigante.
Deus ex machina se aburre al imaginar
por segunda vez el pubis adánico.
La idea del hueco la ha vislumbrado
entre los borrones del futuro, fusión,
carga simbólica de baterías cerebrales.
Satisfecho, se tumba en su chaise-longue.

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Poema 47: En el cielo

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En el cielo está la belleza:

he aprendido a mirar las nubes,

las estrellas fugaces en agosto,

las nubes colgantes,

las crepusculares, el algodón,

la inesperada tormenta de verano.

Pasan los días y se desvanece

la estación de estío, anochece

a una hora no acostumbrada,

en la ciudad abarrotada una pátina

gris todo impregna, abandono

del ansia sensual, del milagro

de la contemplación celeste.


Uno está formado por la belleza

que es capaz de contemplar,

por el placer que puede compartir,

y por los libros en proceso de lectura,

contrapesado todo ello

por una nube negra, carga vital

de todo lo demás, fango triste insoslayable.


Encuadro la trayectoria fugaz lumínica,

la paleta de colores del crepúsculo,

el azul intenso antes del amanecer,

lo almaceno en el fondo de emergencia

presto para ser utilizado durante el invierno.

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Poema 46: Vértigo

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Vértigo en el cómputo de cosas,
tiempo, libros por leer, páginas:
unas vidas con tanta ansia, a sorbos
de aprehenderes, y otras tan nimias,
dejar pasar el tiempo entre lamentos.
La belleza de un bosque de castaños,
la sensación de fuerza en las piernas
entrenadas, en el camino polvoriento,
descubrir, transmitir alegría, viveza,
frente al dormitar continuo, egoísta,
quejas y lamentos, desprecio vital
del que todo le es debido y nada entiende.


La belleza asimétrica del paisaje,
el movimiento suave y cadencioso
de una mujer en la calle, su seguridad,
unos jóvenes que fuman su tiempo
para establecer redes de comunicación
estrechas entre ellos, puro humo;
una palabra de hace cuatrocientos años
cae en picado sobre tu cerebro moderno,
activa circuitos desconocidos,
abre una compuerta de emociones,
descubrimientos, el vórtice de internet,
lluvia de conocimientos indexados,
vídeos, música, lugares inaccesibles para ti:
cuando te has asomado ya no existe cura.


Vértigo en el alféizar del viaje, cúmulo
de lecturas preparatorias, cultura,
la concesión necesaria para la poesía,
desorden onírico, una perturbación
en el recuerdo sumado de tantas camas
diferentes, de tantas comidas, amasijo de luz,
vórtice de emociones, vértigo de la invariabilidad,
del olor de la tierra al recibir la lluvia en verano,
del viento en el rostro sobre un pedaleo rítmico
superpuesto a otros tantos céfiros.


Ímpetu desbordado, aferrado a la vida,
nuevos sabores, nuevo tacto, la mirada
poética cual lupa de hipersensibilidad,
una voz, un susurro, la oscuridad profunda,
la belleza deslumbrante del ocaso marino,
la curiosidad exponencial en el cénit vital,
un todo animado que te eleva y te desciende,
el vértigo cada vez que despegas la mirada
del suelo para observar las estrellas fugaces.


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Poema 45: El camino

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La casa de Marinejo aún sigue en pie,

los canchales reptan montaña abajo,

una fuente cantarina decora el paisaje,

no hay silencio, ni inmunidad en el camino.


En el silencio de las cumbres, revolotean

los saltamontes azules y las ideas;

reverbera la luz en las piedras,

una chicharra hace vibrar la senda polvorienta.


La conciencia de decenas de generaciones

resiste en el empedrado de la senda,

trabajo comunal, descomunal, siglos,

bullicio, la falda colonizada con orden humano.


Un lance de sangre, una traición, un cuchillo,

ella espera imapaciente mirando la luna,

observa la hoz en la pared y el frío azul,

todo el deseo agolpado en su hermosa sien.


Lavará la sangre de las manos y la herida

sin apenas una palabra, lágrimas de alegría,

la justicia de la montaña esta vez le fue propicia,

carne sobre carne en la noche sofocante.


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Poema 44: Escaleras

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La voz no me precede,
es el pensamiento.
Insisto en el arte de mirar,
el aire fresco de la mañana
en el que flota aún una conversación
nocturna, ya desvaída, ya inutil.
La golondrina agazapada en el palo,
hipnotizada por la pared recién encalada,
el deseo sesteando en la planicie
de rastrojos desdibujados por la calima.
Cae la gota una y otra vez; no la detengo,
árboles, más árboles, la tierra explotada
parece rejuvenecer: el lecho arenoso de un río,
hojas hijas del árbol, polvo en el viento fértil,
humus. Aquí existió un pueblo, construcciones,
llantos, coitos, oraciones, latrocinios.
No hay paz, ni gloria, sólo ascenso, aprendizaje.
La pluma del ave permanece, el presente se extiende
como una meseta entre dos ríos. Una grieta
desciende hacia el valle, hay una vista magnífica,
sin embargo las laderas están horadadas por miles
de conejos simpáticos, una enfermedad desconocida
seca los almendros. Unos cuervos de enorme
envergadura, trenzan las trayectorias de mi vista:
mi cultura cinematográfica salta de un hemisferio
a otro, miedo y belleza, el vuelo rasante de fortísimas
alas batidas: confío equivocadamente en mi mente.
Estoy acercándome al centro fútil de mí ser,
buceo a ras de suelo con fuerza en las brazadas,
soy el águila inmóvil posada en la señal verde
de cambio de provincia, dios de días felices,
demonio degustador de todos los placeres:
recito al viento abrasador de cara la letanía
inacabable, el relato rememorado, reconstruido
de mis vicisitudes humanas, las voces prohibidas,
las ocultas, fragmentos aprendidos en otros ojos,
elaboraciones hiperbólicas, un mundo inexistente.
Recito con voracidad, apenas me detengo a leer
las señales, los signos, la suma de voces que me
otorgan mi voz, la presencia excelsa y hermosa
que me sostiene en equilibrio: altura de vértigo,
inocencia recuperada, mirada penetrante al mundo,
impotente ante tanta maldad mentecata o inteligente.
Al final del pasillo de las incontables puertas,
aparezco. Esta vez sí. No es el sueño perturbador,
es mi destino centrípeto, ascendente, deseo recuperado,
ansia y fin y penumbra de luz velada, consciencia
de este presente elongado en un verde rutilante.

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Poema 43: Se me ocurren palabras

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Se me ocurren palabras: exoesqueleto, trastienda,

celo, tatuaje, indecisión. Compulsión y ejercicio

y de repente sueño. Dormir, no querer despertar,

vagar por los territorios de la calma, de la ausencia

de prisa, languidecer a la sombra de un pino

mientras decides. Otras palabras: prédica, verbo,

aliado, encumbrar. Una nada que cobra sentido

con los datos, con las novedades, una lista de temas,

los más seguidos, utilizados, etiquetados, una tiranía

de la tecnología, minutos sumados a minutos

que resultan horas y días, y el terreno de juego se reduce

se estrechan las bandas, el regate se vuelve difícil,

cuando sales de él, te esperan aún tres centrales

corpulentos, tríada, divinidad, un beso te despierta

te absorbe y hace que tus engranajes secretos

chirríen antes de funcionar, de emitir su voz neutra,

tinieblas, una alegría en la contemplación de la mañana

sentado en un banco: hormigas que trepan,

destacan sobre los pantalones blancos, un hueso

de cereza picoteado por un mirlo cae del cielo.

Más palabras: dignidad, heroico, hélice, tetraedro.

Datos, miles de datos, control, seguimiento, anonimato,

eres tú el definido, más real que tú mismo, más centro

de la diana consumidora, el capital te apunta, te roza,

te embarga, te alimenta para su alimento,

mas de forma colateral, hierros y vías, la belleza

del óxido se recorta contra el cielo azul de primavera,

días fértiles, crecientes, entorno del solsticio,

un vídeo anuncia la visión espasmódica de Plutón

y sus lunas dentro de un mes, el fin de la era espacial

el sistema solar observado superficialmente, color

valles, accidentes, ni un atisbo de vida como concepto

humano, rocas, materiales fundibles, estercoleros

siderales. Entonces uno vuelve a la lógica infinitesimal

de un entorno mínimo, flexible, lugar de búsqueda personal,

cada imperceptible movimiento observado, sometido

a indicadores, amplificado; uno es él y sus microbios,

el sistema bacteriano que le proporciona sustento,

la voz es un añadido necesario, un apéndice

el centro de gravedad de un sistema azaroso de movimientos,

cada cual definidor y creador de su ética, plástica,

adaptable a toda circunstancia, asidero y justificación,

masa crítica observada y al tiempo destruida:

el movimiento de trayectorias con alguna probabilidad.

Otras palabras: noche, cucaracha, consuetudinario,

fetiche. Un cuaderno en el que se repiten los temas,

circulares, concéntricos, a veces con leves aproximaciones,

todo el saber al alcance de la mano, inquietudes, voracidad,

una sensibilidad especial para captar una puesta de sol,

una luna mínima reflejo de las miradas humanas.

Soy escriba-esclavo de técnicas cinematográficas,

una veloz aproximación de la cámara, raíles,

la mirada atraviesa la superficie y halla un mundo

de linfocitos y defensas, una tupida red de glóbulos,

una masa resistente, sobre cuya piel se muestra

la belleza de la estructura interna o su declive irremediable.

Cientos de libros y entonces surgen ya definitivas,

voces, recuerdos, una azotea del hotel Castro en Heraklion,

el deseo cada vez que levanto la vista de las Flores

del año mil y pico, el perfil de una puesta de sol marítima

en tanto que me busco entre unas ruinas reconstruidas

de las que ignoro casi todo: imagino un minotauro y no sé

qué hago allí, en medio de tanta belleza sin poder amasarla,

informarla entre mis manos, sin palabras y sin ancestros poéticos.

Todo el camino es ya una ocurrencia de palabras,

la realidad aparente se conforma con descripciones y voces,

estados de ánimo, apoyos y entregas a veces torpes,

veleidades más tarde reconstruidas, errores y vergüenza,

mas siempre ascendiendo, firme e irreductible,

inmaculado perfil, dueño de cierta belleza, encumbrado

entre contradicciones y contrasentidos, mundos del revés,

la letra de una canción antigua en otro idioma,

subido en tu bicicleta morada rodeado de mies en sazón,

o el juego visual de los aspersores recortados sobre el sol poniente.

El candor juvenil, la inocencia de la madurez, cierta

crítica teórica: te encoges y te ensanchas, te haces invisible

o te elevas sobre el tumulto para pronunciar un concepto

ineludible, guiado, salvado, encumbrado, amansado,

pero sin sujeción, con toda la libertad preservada y aplaudida,

junio del quince, se me ocurren palabras.

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Poema 42: Centro comercial

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Deambulan bostezando, bajo el ruido

insolente del centro comercial,

niños, la primavera ahí afuera, verde,

una mujer muy hermosa con vestido azul,

piernas de arquitectura esmerada,

y zapatos anudados en tobillera de cuero.


Embozo de acero, torniquete neuronal,

viento, voces y alegría, demasiada luz,

uniformes, todo el mundo consulta el móvil,

foro inmisericorde, lumbago voraz,

escenas de caza en un mundo armado.


Los somníferos muestran su sombra

en estos días alargados: sólo observo tacones

de los que surgen piernas esbeltas,

pantalones blancos sin una sola arruga,

el celo constante de los abuelos en el columpio.


Un mundo acabado e inane, fugaz

el recuerdo del suicida, vehículos

solitarios, la paz intrínseca de un poema,

continuidad elegante, compras,

ecuación simple con velocidad de la luz.


La mujer solitaria de las piernas cruzadas,

componía un haiku-tuit en su sonrisa satisfecha,

el tamaño de los caracteres enciende la hoguera,

guía inmarcesible entre simios pacíficos,

cadencia de caderas, seducción hermética.


El ruido y el movimiento perpetuo,

producen agotamiento plástico;

sólo los niños deambulan con ojos abiertos,

los ancianos han muerto en el hall senatorial,

en los verbos amarillos la vida se desvanece.

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Poema 41: El mundo es un cruel trasunto de sí mismo

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El mundo es un cruel trasunto de sí mismo:

el horizonte dorado o de un rojizo intensísimo,

bajo el cual llora un niño la injusticia de sus padres,

un animal busca su madriguera en el calor,

el deprimido ahoga sus horas en lágrimas.


El calor acentúa los verbos en la línea del cielo,

amalgama miserias, las funde en una pieza

irreconocible para el forense, un árbol

plagado de hormigas, infestado en agonía

de años, en podredumbre de materia.


La deriva de tejados con aguas desordenadas,

oculta toda la perversión humana posible,

inteligencia animal, íncubos de incógnito,

tiranía del débil con los aún más débiles,

ausencia de luz, látigos de fuego, maldad intrínseca.


Las viviendas uniformizadas escupen brillo,

desmotivan a los sin techo, escarmiento

de inmigrantes escaladores, sometimiento

de voluntades mal pagadas ante un cuadro

exógeno, obra de arte fraudulenta en un museo.


El exégeta está de vacaciones, lee un ciego

en las miasmas de un lago suburbano,

desvencija voluntades el portavoz público,

entre dos eruditos se comen un besugo a la sal,

es un apocalipsis en las horas del olvido y del sueño.


La ciudad refulge, en sus bancos de granito

duermen héroes entre churretones de grasa,

cabe miles de flores se pasea una escultura

llagada y doliente escoltada por conos de raso;

un comedor de pipas acelera su ritmo frenético.


Hordas de jubilados arreglan verbalmente

la suciedad social, el horrísono crujir

de las articulaciones desdentadas, valor, bondad,

escalpelo de corte arbitrario, banal y felón:

votarán con la ilusión del mendigo hambriento.


El mundo se busca a sí mismo y se encuentra cada día:

verbigracia, la sonrisa de la Gioconda rediviva

o el vuelo de un ángel andrógino en un spot,

desenmascaran muecas y deseo, el anverso

humano del horror y la banalidad crujiente de un beso.


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Poema 40: Córdoba

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En un patio de Córdoba, un mirlo

busca gusanos mientras leo El cielo de Lima

En un patio de Córdoba huele a jazmín,

el aire es fresco, Medina Azahara a lo lejos,

reverbera en la falda de la sierra.

Las piedras señalan el camino de los embajadores,

un centro de poder califal, suntuosidad,

la elegancia arquitectónica de los arcos

mezcla de piedra y ladrillo, apenas sustentados.

Aún no he visto la mezquita.

En las calles estrechas, descendentes, asoman

otros patios repletos de flores. Judería

hordas de turistas como yo, rincones

espléndidos, la estética de paso desde una terraza

convertida en restaurante magnífico.

En el patio de los naranjos hace un frescor

divino, fuentes que murmuran sobre el murmullo

de los visitantes, luz blanca y limpia,

lugar de culto y de encuentro.

En un patio de Córdoba escribo unas pocas líneas,

imagino el poder del califa, las hermosas mujeres

de su serrallo, leo El collar de la paloma,

veo a la hermosa Wallada culta y deslenguada,

sostener la mirada de Ibn Zaydún, ofrecer

su presencia como un regalo indescriptible,

recitar uno de sus poemas con voz sensual,

escribir palabras de amor en una tarde de abril.

En un patio de Córdoba, recién duchado,

siento la belleza de las flores sobre el muro blanco.

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