Poema 363: Hastío

Hastío

En el hastío hay silencio

una nota de música es una gota de color

rojo en medio de una niebla pucelana,

el canto de un pájaro simultáneo

en los oídos cómplices de una pareja.

Respiras el aire filtrado de la ciudad

caminas y caminas, estación, cuarteles abandonados

tal vez te aventuras por la antigua judería

una hermosa casa muy simple

rodeada de toda la ciudad.

Ha dejado de interesarte el poema que lees

por una conversación en una mesa ajena,

qué crítica mordaz a la familia

cuánto desprecio en las palabras comadreadas,

un desahogo en medio de la nada.

Hay un rumbo débil hacia el que te diriges

dando rodeos, siguiendo hilos torpes

deslavazados, incompletos:

te detienes a comprar algo de comida

en el más triste de los supermercados vacíos.

Una ventana con luz y sin cortinas

es un acontecimiento que ilumina la tarde,

el libro al que te aferras te ancla al mundo

como si en él habitara el mejor de los regalos

y tal vez sí: la melodía agotada de una vida plena.

A la luz del día, ha desaparecido el árbol

que tanto te gustaba,

las máquinas, grúas, camiones, escriben sus rutinas,

caminos y tareas grises sin alma ni música ni olor,

solo en tus ojos cobra vida la trasparencia mundana.

Poema 356: Navidad

Escucho retazos del violín de mi hija,

se abre la niebla y ha salido, tibio, el sol.

Lo que parecía un titubeo violinístico

es ahora una melodía continua.

Se han levantado llenos de energía,

tras pequeñas riñas, abrazos y movimientos

se han dirigido a sus instrumentos musicales

y han llenado la casa de notas,

de cálida alegría.

La frontera exterior se difumina lentamente,

dentro de unas horas nos integraremos

en una corriente más grande:

amplias tradiciones, el fuego de otro hogar,

cánticos, regalos y sorpresas,

las múltiples presencias reconfortantes.

Cada instante sigue siendo una maravilla

una suma de recuerdos, de burbujas

de múltiples hilos que convergen o divergen,

los logros del esfuerzo vital y los sacrificios.

Vuelvo a la melodía que se ha afinado,

a los golpes sordos en las teclas del piano silenciado

y por un instante no existe nada más en el mundo.

Poema 355: Las texturas del cielo y las grúas

Las texturas del cielo y las grúas

Las texturas del cielo y las grúas

esconden el poco campo que veía día tras día,

cuando estuvimos confinados.

La bondad a veces está tan lejos

como la belleza.

La fórmula de la ecuación de grado tres

con elegantes cambios de variable

es una pequeña maravilla de Cardano y Tartaglia

a la que vuelvo cada veinte años.

El algoritmo anunció hace días que iba a llover,

cosa que no ocurrió.

Pasea una pareja casi sin hablar,

no hay risas y las cabezas apagadas miran al suelo.

Les importará un carajo Galois o Abel,

la escasa vida de que disfrutaron,

el monumental legado de sus mentes polinómicas.

Observo pasar patinetes eléctricos por el carril bici

como en una escena distópica de Blade Runner:

velocidad e impersonalidad, y silencio.

Las ecuaciones han cambiado el desplazamiento

y la aceleración,

ahora todo es tocar una pantalla y acceder al conocimiento

aunque también al pánico irracional

desatado por mediocres periodistas.

La niebla cálida produce una visión mágica del puente,

es el contacto con la realidad resbaladiza.

Poema 354: Vicios privados

Vicios privados

Humedad, una bocanada de aire frío

me hace llorar;

la noche ha sido diferente allí:

unos pantalones abandonados junto a un fular

retorcidos, impregnados por la niebla.

El desorden y la suciedad en aquel callejón

a la salida del restaurante suizo de fondues

es impropio del país, de la ciudad.

La bruma y el frío no alcanzan a esconder

el producto desenfrenado de la juerga nocturna.

Una vez fijado en mi memoria

tampoco lo esconden la rápida actuación

de los servicios de limpieza.

Fachadas siempre impolutas.

Todo lo demás son vicios privados

en habitaciones sin persianas ni cortinas.

Trampas para el ojo, perversidad,

magnificencia para ocultar el desvío vital.

Lo que la ciudad esconde, no lo verás

si no eres capaz de trasponer el circuito turístico,

de leer el barrido posible del ansia humana.

Poema 353: Niebla nocturna

Niebla nocturna

El Pisuerga no es el Támesis

pero algunos días se le parece.

Las urracas dialogan ocultas

en lo alto de árboles pelados

semiocultas por la niebla.

El caminar es un lujo inseguro

lleno de percepciones:

humedad, frío, tinieblas,

una posibilidad magnífica

de que la mente juguetee con imágenes

difuminadas por conos de luz intangibles

que no llegan al suelo.

La bruma atrapa tu voluntad

y puede llevarla al borde del río;

allí debes engañarla con una foto

un trampantojo de tu realidad,

o dejarte seducir por la oscuridad

romántica de aguas hipotérmicas.

Huele al compostaje de hojas caídas,

al lodo del río que sube a la superficie.

El sonido de una carpa

se entromete en la intimidad de mis pensamientos.

Esta es una ciudad de nieblas,

de Tenorios representados cada noviembre,

cuna de actrices y actores;

bajo el puente una mujer susurra a su pareja

la pesadilla que soñó la noche anterior.

Poema 296: Sol del membrillo

Sol del membrillo

Este sí que es el sol del membrillo

y esta la niebla del Duero y del Pisuerga.

Este sí que es el fuego proletario en un bidón,

y esta la vida que hace aflorar la sonrisa defensiva.

Y esta es la sociedad en la que cada cual

                                               es más listo que los demás,

Y esto no se puede hacer pero lo hago,

aunque me cabreo si veo hacer lo mismo a mi vecino.

Este es el camino que recorrí hace unos días

y que hoy no puedo recorrer de nuevo.

Estas son las tardes espaciadas

y las noches confinado,

Y esta es la soledad del cementerio en víspera

de Todos los Santos.

Esta es la alegría perdida en un instante

                                               por incauto y despistado,

Y el largo penar desorientado, sin queja dulce y sin soneto.

Este es el sol del membrillo, a las puertas del invierno

                                               condenado.

Poema 253: Penetrar en la niebla

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Penetrar en la niebla por la mañana

es sumergirte en un mundo opaco y tal vez onírico,

dejarte seducir dulcemente por la voz de Ida Vitale

que recita sus versos coloridos y sonoros,

imaginar las tierras altas al fondo del valle,

recordar sombras de la Orestiada,

el ancestral temor a que se difuminase la caza.

 

Es el acceso a la atemporalidad, a las voces,

quizá susurros de la naturaleza superpuestos,

psicofonías, ritmos desconocidos ascendentes

para llegar a un trance sin sustancias psicotrópicas.

 

La niebla es un caos mental único y uniforme,

es la belleza de las siluetas fugaces,

de la velocidad engullida por la luz sepia,

una humedad tozuda que penetra en los huesos

y destroza el alma de las personas melancólicas.

 

Al penetrar en la niebla se deforman los pinos,

pasan a ser gigantes melenudos de miembros quebrados,

se atrasan los relojes por efecto del vértigo,

la irrealidad atrapa una a una las moléculas circundantes

y las reconstruye en un orden caótico.

 

Saldrás de allí reconvertido en dócil funcionario,

capaz de olvidar en pocos minutos la convicción poética,

la hermosura que te ha sido dado contemplar

en tu imaginación velada por la pátina brumosa

de un éxtasis que fue sueño o locura transitoria.

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Poema 249: ¿Qué sostiene el día?

¿Qué sostiene el día?WhatsApp Image 2020-01-12 at 01.04.34

La niebla potente de estos días de enero,

Pingüinos, motos, velocidad y sonido

propagado en ondas ilusorias,

un estilo de vida más salvaje,

el recuerdo en segundo plano de los ancestros.

 

Algunos mantienen que es la belleza,

otros que la inercia vital teñida de cobardía,

pocos se animan a opinar sobre el compromiso

de un proyecto vital holístico determinado.

 

El día es un cúmulo enorme de pensamientos

y obligaciones adquiridas por mor del antes y después,

nada es simple, ni tan solo bello u oscuro:

la tarea más desagradable puede cruzarse

con la luz nítida del placer o el sonido concertado.

 

¿Existe quizás una corriente que nos transporta?

Esa sensación de cada día que te arrastra:

estoy muy ocupado” dices y de ahí no puedes salir,

esos compromisos convenidos con un ente superior

que imposibilitan tu alegría orgánica y natural.

 

Y tras todas las obligaciones de fondo,

existe, tal vez, una estructura tejida de afectos,

de odios, de disimulo o de comodidad hogareña,

un orden personal e intransferible,

el comodín que solo tú conoces y que te hace fuerte.

 

¿O tal vez tu cerebro crea un trampantojo vital,

difumina todas tus preguntas incómodas,

las desvía a regiones ignotas de tu entramado neuronal,

y potencia las minucias urgentes e innecesarias,

las satisfacciones a corto plazo tan ineludibles?

 

A veces es un poema o un verso suelto,

otras es el arte en cualquiera de sus manifestaciones,

un recuerdo o el pensamiento finalista de cualquier actividad,

un deporte o una esperanza, o una puesta de sol,

o la satisfacción de haber apretado un tornillo en la pared.

 

 

En algunas ocasiones es una esperanza irracional,

la portada de un libro que vas a empezar un día de estos,

el atisbo del sol en medio de la niebla pingüinera helada,

o la inyección inverosímil de sustancias naturales

capaces de aturdir tus dudas existenciales.

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Poema 247: Los límites de la niebla

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Los campos parecen verdes sembrados

desde la cremallera de la autovía,

pero es un trampantojo visual;

la bicicleta devuelve la realidad aumentada.

 

Un bidón de plástico en medio de un rastrojo

en pleno diciembre de tarde soleada

muestra la desidia agricultora de nuestro tiempo,

un festín para aves y roedores avispados.

 

El contorno de la niebla amenaza la tarde,

babas de buey, arena húmeda en el camino,

la ruta de los lavajos marcada por pezuñas de lobo,

mientras el sol curva y doblega nubes azuladas.

 

Una pared de adobes sin nada que sostener

recibe a la niebla que cae húmeda y opaca

como la sombra de una amante que te abandona,

el ocaso del ciclista anhelando el fuego del hogar.

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Poema 105: Uno

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Uno es él y su sombra

y allí nadie le molesta,

urden infamias vagas,

temores sin fundamento,

la niebla acompaña al invierno,

nadie le rescata.


Uno es el tiempo indeciso,

la energía ausente,

el aire borrado de sus pulmones,

baratijas deconstruidas,

indefinible sensación

de ausencia y presencia leves.


Uno es el paisaje efímero,

la repetición angustiosa,

los días sin sal o con sal,

la lucidez de un instante

lenta caricia, ardor, molécula

de vida aleatoria e inútil.


Uno es el poema leído

con lentitud de voz en trance,

la foto rebosante de energía

de la poeta muerta,

la mirada perdida del transeúnte,

un jersey para el frío.


Uno es su vórtice en la mirada

ajena, es su peso incógnito

en otras percepciones,

el lapso de tiempo de su olvido,

la huella que dejó su risa,

las caricias de sus manos.

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