Poema 485: La diosa garza

La diosa garza

La diosa garza alza el vuelo al paso corredor,

se posa unos metros más allá sin inmutarse,

planea serena en un vuelo corto y elegante.

Según mi amigo arqueólogo, nos ha protegido

de la lluvia que comienza en ese instante:

diosa votiva, diosa cantada, diosa sacrificada.

La belleza de la niebla gris semeja mi mente agotada,

tiempo de supervivencia sin perder la presencia,

el ánimo o la autoestima:

correr por inercia, la de los mágicos ritos,

el campamento motero lleno de hogueras en la noche,

rugidos del motor, alcohol y música rockera.

Solo atisbo la velocidad de los tiempos,

el delicado equilibrio mental de la abundancia,

las interacciones lectoras, musicales, fílmicas,

tratar superficialmente un tema hasta agotarlo,

quedarme dormido en medio de un artículo interesante.

La diosa garza nos ha protegido en este clima de enero,

ha despertado la posibilidad de un síndrome de Stendhal,

un aura de hermosa belleza sanadora.

Poema 361: El árbol seco

El árbol seco

Miro sin cuidado ninguno la escarcha de la helada;

presto más atención a la luna creciente de las cuatro de la tarde.

Me sorprende esa niebla densa que conduciendo

me hace sonreír mientras avanzo hacia el trabajo.

Arvo Pärt me pone triste:

demasiada belleza roza mis nervios expuestos.

Los nueve discos de The Collection van a ser un desierto de tristeza.

Y todo lo mediatizan ojos y risas.

Un mediodía soleado por el que discurre un sendero

hacia el majestuoso árbol seco lleno de pájaros.

Algunas rutinas me proporcionan sensación de continuidad,

días que pueden repetirse hasta el infinito, iguales y distintos:

las tierras de la falda de la montaña, el río apenas entrevisto,

el fuego domesticado dentro de un bidón.

Dentro de unos años los lugares que ahora me son familiares

serán extraños, sonreiré de camino a otra parte:

niebla o mar, o niebla marina o el sol que crea espejismos,

un campo gótico o una tierra entreverada de ríos.

Debería singularizar cada instante, darle máxima importancia,

abrir los ojos, los oídos, absorber todo con mucha concentración,

en ningún caso dejar pasar el tiempo o renegar de alguna acción.

El ruido de las motos de fondo es molesto en la noche,

y sin embargo el campamento motero me llenó de fantasía:

hogueras, fraternidad, amor, cuentos en el alcohol noctámbulo,

cómo combatir los seis grados bajo cero en una tienda de lona.

He leído una magnífica entrevista llena del deseo de la edad,

la sabiduría del éxito y la fluidez escritora,

un modelo de mujer para seguir creyendo en la igualdad.

Poema 298: Los ejecutivos viajan en moto

Los ejecutivos viajan en moto

Los ejecutivos viajan en moto

a la conquista del espacio urbano.

Tengo una imagen efímera de mí mismo

tomando un verdejo

en la terraza de una calle peatonal.

Otro recuerdo del último día

en que compré un libro.

Solo una mujer puede fotografiar

mujeres desnudas (aunque sean fotos estupendas)

(aunque posen seriamente, sin erotismo aparente).

Las mujeres hermosas se abrigan y ocultan

su sonrisa bajo la mascarilla.

Nunca observé tantas frentes eróticas.

Patinetes eléctricos circulan

cuál saetas que cortan el aire frío de noviembre.

La normalidad soy yo.

Al atravesar el río recordé el poema titulado:

Debería pasar cada día por aquí.

Era otro río y otra estación, pero el flujo de la corriente

y estar suspendido en medio del cauce asociaron las ideas.

Los adictos a la barra del bar sostienen vasos con café

en una mano,

despojan al cigarrillo de su esplendor con la otra.

El mundo nuevo se sustenta en una catedral de luces navideñas,

en aproximarte de nuevo al pequeño comercio.

Un libro nuevo en mis manos es el tesoro de mi sonrisa.

Poema 252: Dispositivos

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El móvil oculta la poesía que está a la altura de tus ojos,

desbarata la concentración de tu mirada,

la vuelve rastrera y opaca,

solo capaz de ser aumentada y pixelada.

 

De repente lo ves todo nítido,

recuerdas la luna de anoche, lúbrica y erótica,

las motos que resonaban en la niebla hace unas semanas,

la bandada de pájaros migratorios en la curva del Pisuerga.

 

El vecino se apresura a deshacerse de su cigarro,

como si escondiera una infidelidad,

el más chulo de la clase desapareció absorbido

por el cruel humo del que tanto fardaba.

 

Has dejado de fijarte en los árboles esqueléticos,

en los muñones visibles tras la poda,

en el sufrimiento de las cortezas retorcidas por el hielo,

en el aparente holocausto dejado por el invierno.

 

Más de cien veces al día consultas tu dispositivo,

prolongas tu mano, te conectas a un mundo virtual

alejado de la pincelada maestra del arte que te rodea,

cada estímulo es un hilo que te une al mundo.

 

Necesitas pausa y concentración, meditación,

escritura reposada y arduas tareas físicas para olvidar,

soledad y multitud, consciencia metafísica

del tiempo en el que vives y sueñas y disfrutas.

 

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Poema 153: Enero

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El humo de la chimenea del asador

distorsiona el color del césped

que al fin debe ser verde tras la lluvia.

 

El sonido de las motos en esta atmósfera gris

tiene algo de aterrador:

los sonidos de los caballos españoles en América.

 

Pesadas cazadoras de cuero, monos impermeables,

el valor de enfrentarse al frío, las hogueras

todas las incomodidades del invierno en moto.

 

Cabalgan o alinean sus motos en comunión espiritual,

símbolo de pertenencia, comunidad,

la fraternidad del frío y el motor de explosión.

 

Una cierta irrealidad de fin de semana,

vorágine de horas sin dormir, sudor, frío y alcohol,

la masa motociclista asume el poder de la muchedumbre.

 

Dioses admirados por su cabalgadura,

disfrazados de seguridad bajo sus cascos relucientes,

forman un espectáculo digno de aplauso y fotografía.

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Poema 59: El sonido de las motos

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El sonido de las motos

El sonido de las motos se enseñorea

de la vía pública principal:

no existe nada más, ellos anónimos,

son lo único importante. Un día. Unas horas.

Dentro de cien años habrá una foto icónica,

un río de lava motera, muda, en blanco y negro.

Ser protagonista de algo, ser observado:

el desfile de la victoria, Porta Triunphalis.

La lluvia y la soledad encarnada en el viejo árbol,

contrastan con el bullicio cálido, el rugido,

emergente de los motores. Frío, alcohol,

el motero polaco, brinda un poema a su dama.

Demasiadas Harley Davidson en esa acera,

caprichosos colonizadores del hotel de lujo,

movimientos de amor en las paredes,

vorágine vital, relato de días de gloria.

Prisa y sonido, perturbación del espacio,

los caballeros en sus monturas se aprestan

al torneo sustitutivo, pericia, caballitos, equilibrio,

adrenalina evolutiva en el combate teórico.

El poeta polaco, barbado e inflamado,

eleva las manos al cielo que rezuma agua,

asemeja un profeta apocalíptico

mas su imagen será el icono recordado.

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