Poema 363: Hastío

Hastío

En el hastío hay silencio

una nota de música es una gota de color

rojo en medio de una niebla pucelana,

el canto de un pájaro simultáneo

en los oídos cómplices de una pareja.

Respiras el aire filtrado de la ciudad

caminas y caminas, estación, cuarteles abandonados

tal vez te aventuras por la antigua judería

una hermosa casa muy simple

rodeada de toda la ciudad.

Ha dejado de interesarte el poema que lees

por una conversación en una mesa ajena,

qué crítica mordaz a la familia

cuánto desprecio en las palabras comadreadas,

un desahogo en medio de la nada.

Hay un rumbo débil hacia el que te diriges

dando rodeos, siguiendo hilos torpes

deslavazados, incompletos:

te detienes a comprar algo de comida

en el más triste de los supermercados vacíos.

Una ventana con luz y sin cortinas

es un acontecimiento que ilumina la tarde,

el libro al que te aferras te ancla al mundo

como si en él habitara el mejor de los regalos

y tal vez sí: la melodía agotada de una vida plena.

A la luz del día, ha desaparecido el árbol

que tanto te gustaba,

las máquinas, grúas, camiones, escriben sus rutinas,

caminos y tareas grises sin alma ni música ni olor,

solo en tus ojos cobra vida la trasparencia mundana.

Poema 357: El árbol al lado de la iglesia

El árbol al lado de la iglesia

El árbol al lado de la iglesia tiene más años

que la persona más longeva del pueblo:

mi bisabuelo dijo que cuando él nació ya existía.

Hay más árboles así en el camino a la ermita;

quizás alguna bala o cuchillo se alojó en su tronco

en días remotos que ya nadie recuerda.

Las injusticias se han silenciado y olvidado,

también el frío, el hambre y el miedo.

Alguien que camina muere de frío

y ese hecho ahora parece ciencia ficción

mas existió y lo narran sus descendientes.

En la casa del ermitaño habitaba una mujer;

se obvian todas las circunstancias

como en los telediarios de cada día.

Sobre los lugares que habitas hubo sangre derramada,

espíritus silentes o juguetones,

un soplo de viento desordena las ramas

o acompaña el vuelo gregario de una bandada de palomas.

Consulto un almanaque de mil novecientos quince,

está impoluto, sin anotaciones,

el santoral expandido al lado derecho.

Navidad cayó en sábado como este año.

Casi todos los asuntos se diluyen en el tiempo,

mueren sin ser narrados o fijados

son los árboles testigos mudos de la ignominia

y también del heroísmo anónimo.

La tarea del escritor es rellenar los huecos

adivinar las pulsiones terribles de la mente humana.

Poema 212: La tarde es mía

La tarde es mía

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La tarde es mía,

he mirado al árbol que parece un muchacho

con las manos en los bolsillos,

el sol es aún fuerte, el viento

obliga a cubrir las piernas y las gargantas,

ancianos frágiles esquivan las sombras.

 

Soledad productiva.

 

Ríos de luz y calma.

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Poema 156: El árbol recibe

El árbol recibeIMG_8341

El árbol recibe las gotas impetuosas de lluvia

cuál semen germinativo,

absorbe, filtra, succiona,

hace reventar la savia,

florece en una sonrisa de hojas,

ya risa de blancos dientes,

alegría bajo el arcoíris sinóptico;

se nutre de elementos químicos,

devenidos en palabras,

formulados en un ocurrente idioma,

sintaxis oculta a entendimientos no iniciados;

escamotea la basura exterior

o las múltiples noticias catastróficas,

para reverdecer en cada primavera

e hibernar en posición fetal

cuando el aliento se torna gélido

y aquellas palabras formuladas son ya ácidos

elocuentes, gritos de las Furias desatadas.

El árbol recibe las gotas de lluvia y llora

de alegría en un abrazo íntimo y consolador,

se despereza y sus brotes son tiernos susurros,

presagio ya de la fuerza renovada.

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Poema 144: Un día te quitas las gafas

Un día te quitas las gafasIMG_20171125_114807

Un día te quitas las gafas

y ves un cielo lleno de nubes,

las luces de las farolas al atardecer

son enormes puntos difusos brillantes,

la luna es una mancha

de imposible descripción geométrica.

 

Eres un inválido en medio del parque,

los árboles son fantasmas y las personas

no tienen contorno, solo movimiento.

 

La belleza de los colores otoñales es insufrible,

Impresionismo en estado primigenio,

colores puros, algo de lluvia en mi rostro,

mágica percepción de pequeñas pinceladas.

 

No subsistirías en ese mundo borroso,

quizás necesitaras un lazarillo y mucho ingenio,

o te desprenderías de servidumbres tecnológicas;

la fealdad del asfalto sería un recuerdo

y el tacto de las cosas cobraría vida.

 

Te acercas a un tronco verdoso,

recuerdas que el musgo de la corteza indica el norte,

pasas la mano por la rugosidad del tronco

tratas de fusionarte con el árbol,

los asteriscos de luz y color del entorno se difuminan,

alcanzas un instante de paz y levedad.

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