Poema 442: En el campo

En el campo

Acudo bajo la llovizna tan excepcional de mayo

a un lugar sagrado en la antigüedad,

territorio de reposo de difuntos,

túmulo observable desde todo el valle.

El lugar me llena de paz y alegría;

aspiro el aroma de las espigas húmedas,

el viento cargado de agua,

la visión magnífica de entre verde y amarillo

que contrasta con el azul metálico –y oscuro–

de un cielo amenazante.

Descanso un instante del ajetreo del día,

del mes, del año.

Imagino a un cazador milenios atrás

hierático, olfateando el viento,

su lanza en ristre, joven y atlético,

atento a cualquier variación del campo visual.

Camino de vuelta por una senda inexistente

horadada por conejos y alimañas;

tras recorrer unos cientos de metros

observo una silueta animal en lo alto del cerro.

Estremecido y alerta corro campo a través,

atajo por entre las espigas

mirando de reojo con cautela.

Mi adrenalina se ha disparado al intuir un cánido,

a buen seguro más asustado que yo.

Llego lleno de barro, pies húmedos y sudando,

al camino conocido, lugar teórico de salvación,

satisfecho y resollando, lleno de vida.

Poema 441: El invernadero

El invernadero

Aquello era una colección de hierros

ensamblados, tuertos, el símbolo

de un fracaso hortelano pasado.

Crecía la hierba y el desorden

la imagen de la desolación

de un lugar abandonado.

La reconstrucción fue paciente,

fuimos cumpliendo plazos,

cubriendo el techo de policarbonato;

más tarde paredes y puertas

para lograr un espacio enorme.

En invierno hacía calor dentro;

hicimos un diseño educativo:

plantas, semilleros, zona docente,

y entonces se corrió la voz:

de forma altruista llegaron consejos,

donaciones, ideas, trabajo.

Voluntariamente se constituyó

un comando invernadero,

plantaban, regaban, pulían la madera,

en el tiempo libre aquello era un bullicio

de voces, idas y venidas organizadas,

el júbilo de ver el primer tomate en la planta,

la lucha diaria contra el pulgón y las hormigas.

He sentido la ilusión colectiva,

el cosquilleo de quien aporta su granito de arena,

la luz inocente en la mirada

y el deseo de pertenencia a un proyecto común.

Hoy iremos de nuevo a clavar, desclavar,

forrar, irrigar, plantar y ordenar,

tomar pequeñas decisiones y asombrarnos

de lo que la naturaleza nos ofrece cada día,

al lugar en el que el alborozo eclipsa los agobios.

Poema 440: El fin de la noche

El fin de la noche

Los patines eléctricos cruzan la noche

como criaturas desesperadas,

desprovistas de sentimientos,

apagados los sentidos

cual inequívoca emulación de Blade Runner.

Silenciosos, durmientes, oscuros,

rompen las distancias y las coartadas,

autómatas del intercambio,

sin propósito personal alguno.

Células enigmáticas y asexuadas,

dispensadores de placer ajeno,

el instante es múltiplo del vacío,

el no ser de la soledad completa.

Somos burgueses alejados de la oscuridad,

subyugados por la tecnología del hogar,

inválidos en un territorio inhóspito

cuyos códigos secretos desconocemos.

Hay un silencio y una quietud sospechosa,

cazadores con los ojos brillantes,

acechan la novedad inocente

captan adeptos, clientes y verdugos futuros.

El fin de la noche, el desánimo,

los rostros ultrajados, somnolientos,

anodinos y anónimos sin luz ni esperanza,

consumidores avaros del día de descanso.

Poema 439: Viaje en globo

Viaje en globo

El aire frío anuncia el amanecer,

hay una lona estirada y un cestillo de medio lado,

mi amigo Gus llega sin dormir.

Unos ventiladores llenan el globo de aire

antes de que los quemadores lo enderecen.

Los viajeros nos reunimos en torno al piloto

que comienza su explicación.

Ascendemos sin apenas darnos cuenta

salvo por el tamaño de quienes quedan en tierra,

sale el sol al otro lado de la ciudad.

La vista cenital se esfuerza por localizar

los hitos conocidos de la urbe:

identifico decenas de lugares, parques, plazas,

vías terrestres de escape.

Cada cual se afana en fotografiar y grabar

fijar el instante en su objetivo,

olvidarse de la fragilidad aparente del cestillo

suspendido por una tela rellena de aire caliente.

El fuego de los quemadores calienta la piel

como si estuviésemos al pie de una chimenea,

tanto que se agradece la brisa en el cogote.

Volar es una sensación maravillosa,

cancela el tiempo y cualquier otro pensamiento,

salvo la belleza colorida del paisaje,

la sombra inclinada del propio artefacto

y la alegría profunda de sentirte vivo.

Aterrizamos con calma: la pericia segura del piloto

descarta opciones y atisba barbechos y baldíos,

nos conmina a la postura de seguridad

mientras brega y se posa con sapiencia.