Poema 532: Volcánica

Volcánica

El disco opaco lucha con la calima,

aparece tras unas palmeras en la playa negra,

se eleva suavemente cual Atlántico golpeando

sobre los restos volcánicos insulares.

Deportistas de todo aspecto y condición

trotan o marchan sobre el paseo marítimo;

huele a café y a tostadas en los chiringuitos,

se desperezan algunos yoguis saludando al sol,

es aún la hora mágica de los madrugadores.

Al suroeste, siguiendo la línea de la costa,

las montañas volcánicas se vuelven doradas,

todo el paisaje africano tiene algo de irreal.

Me he sentado en la arena negrísima frente al mar,

unas gaviotas planean sin esfuerzo aparente,

se introducen en la espuma de las olas,

picotean aquí y allá en busca de alimento matinal.

Mis reflexiones son contradictorias,

absorben la línea costera, el lugar y el instante,

se llenan de júbilo por la belleza y la calma

añoran una juventud que se me escapa.

Poema 393: Me gusta

Me gusta

Me gusta tumbarme boca arriba en el mar y flotar,

dejarme mecer por las olas,

descansar tras nadar un rato.

Me gusta ver los cuerpos en la playa nudista,

personas sin complejos, naturales,

apegados a la tierra, al sol y al mar.

A veces se cruza por delante un atleta,

o una mujer con los pechos hermosos y diferentes.

Me gusta imaginar sus vidas.

Me gusta coger una ola e irme,

buscar el siguiente placer, diversión, obligación.

Me gusta correr hasta una playa aislada

desnudarme y posar la ropa en las rocas.

Me gusta oler las flores de brezo en agosto,

escuchar el zumbido de los insectos libando

en medio de una orgía de perfume polínico.

Me gusta leer un poema en voz alta

escondido en un recoveco del acantilado

mientras rompen las olas, fondo sonoro.

Me gusta el vuelo de la gaviota que planea,

la sombra que oscurece mi sombra un instante.

Me gusta poder disponer de todos mis sentidos

libres, ajenos a la vida y al griterío social.

Poema 333: Día de playa


Día de playa

No hace sol, es un día nublado de agosto.

Los hombres desnudos se mimetizan con la arena.

Hay pocas mujeres.

Con la marea baja puedes caminar decenas de metros

dentro del agua.

De camino a la playa has visto a las vacas tumbadas rumiando.

Una joven con el torso desnudo

trata de hacer malabares con unas mazas.

No lo consigue, es un desastre.

Una pareja en bañador entrecruza sus cuerpos sobre la toalla.

He seguido el planear de dos gaviotas,

una se ha posado en el mar y allí permanece como una boya;

la otra vigila atentamente desde una roca cercana.

Una mujer de apariencia musulmana

desciende los doscientos escalones de acceso a la playa;

se despoja del vestido. 

Ya desnuda, se quita con cuidado el pañuelo del cabello.

No hay dos personas iguales. Tampoco dos distintas.

El caracol que viste a la ida ya no está cuando vuelves.

Poema 331: Fotografía

Fotografía

La contraluz de la puesta de sol

ilumina los rostros,

muestra la serenidad de la contemplación,

unos minutos de silencio voraces

la repetición milenaria de ese instante.

El mar rompe suavemente contra la arena,

durante un instante parece detenerse el sonido;

es de una regularidad rítmica desconcertante

aunque sepas de sus leves cambios por las mareas.

No estás solo, otros clanes semidesnudos

aguardan con paciencia la maravilla de la luz:

una hermosa joven se tumba sobre su amado,

unos niños corretean por la orilla,

algunos adultos disimulan la herida de la belleza.

Tratas de memorizar la escena en tus ojos,

fotografías aquí y allá, buscas planos y panorámicas,

despojas el paisaje de todo lo humano en el encuadre,

han llegado las gaviotas que se posan en la arena

y forman un círculo amenazante a tu alrededor.

No eres joven y has contemplado otros ocasos,

rememoras sin pausa algunas escenas,

los perfiles sobre los que se acostaba el sol,

tienes suerte de haber olvidado el dolor.

La geometría que dejan las olas en la arena

invade toda la fotografía del litoral,

esas formas suaves, derivables, fugadas

hacia la desembocadura del río frontera

producen éxtasis, olvido y una cierta felicidad.

Poema 284: Despojos del mar

Despojos del mar

Ha llovido y la playa nudista está desierta,

el mar ha dejado sus despojos en la orilla:

una bota de fabricación irlandesa,

trozos de madera quemada, algas, hierba,

una pata de mesa de hierro oxidada.

El agua tiene un color que no invita al baño;

indeciso, permanezco sentado en la arena,

todo lo miro, el verdín de las rocas,

el cielo amenazante y plomizo,

la pareja de adolescentes que juguetea, cerveza en mano,

hasta desaparecer en las dunas.

Algunos bañistas han almacenado palos

en disposición cónica,

que invita a la hoguera en noche de luna llena;

aún no han podido mover el enorme tronco

varado en medio de la playa.

El mar copula con las rocas y las convierte en arena,

no hay gaviotas planeando,

quizás una solitaria se atreve a posarse en una roca,

otra vigila desde lo alto del acantilado,

el mar es una masa que la luna mueve a su antojo.

La playa veraniega es un ensueño turístico,

esconde plásticos, madera, botas y desperdicios;

las olas son un placer enorme para el baño,

apenas hay animales que puedan amenazarnos

en ese decorado que solo atisbas durante unas horas.

Poema 248: Los ojos de las gaviotas

Los ojos de las gaviotasIMG_6220

La gaviota se desliza sobre esa corriente

invisible de aire,

no deja apenas vórtice en el dulce planear,

aporta elegancia y una silueta esbelta,

y sobre todo despierta del deseo de volar.

 

Contemplas tú también tu mundo desde el aire,

protegido por una distancia prudente;

tan solo puedes elegir la corriente

para trazar círculos de observación diferentes,

zona de confort, asegurada la belleza y la duda.

 

La brisa marina cargada de yodo es un opiáceo

irresistible y cegador,

en estos días de sol y calma la vida parece sencilla,

solo algunos agudos gritos indican peligro

o la excitación creciente de una posible reproducción.

 

Tus percepciones están llenas de colores difíciles

de definir con precisión,

el espectro visible humano parece ser muy restringido,

alcanza apenas los cuatrocientos nanómetros

de una precisa longitud de onda, como ella insinuó.

 

Los ojos de las gaviotas son una incógnita

que trato de aprender en Wikipedia:

gotas de aceite rojas y amarillas en sus receptores de color,

percepción del espectro ultravioleta para el cortejo,

detección de los campos magnéticos en sus desplazamientos.

 

La sinestesia te orienta en caso de duda,

advierte de un peligro o te señala afinidades electivas,

más allá del plumaje ultravioleta, elabora una divinidad

en el centro de tu cerebro evolucionado:

azul reflejo del cénit o verde esmeralda perfectamente pulido.

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