Poema 597: Finis vitae sed non amoris

Finis vitae sed non amoris

En un abrupto descenso de la niebla,

en medio de películas premiadas o no

que reflexionan en torno a la muerte,

se anticipa una muerte cercana.

–No mires atrás–, dirá el diablillo bíblico.

Aún doblan las campanas de forma atroz,

elevan la solemnidad y la pompa,

acercan los ritos ancestrales a la incomprensión

de la desaparición irreversible de la experiencia,

del aprendizaje de toda una vida.

El bagaje físico durará un instante,

el polvo seco, la niebla húmeda, el viento sonoro,

borrarán cada una de las huellas.

La comunicación poética es una ilusión,

una posibilidad de fe que dura un instante.

Se adapta el rito a los tiempos:

en los márgenes del poblamiento exterior

surge un templo laico de modernidad

en el que velar a los difuntos de forma aséptica

guardando la esencia del contacto humano.

Solo importa el presente continuo,

lo que la piel y las inidentificables ondas mentales

transmiten de forma vívida y amorosa,

un impagable consuelo en medio del dolor.

El abandono y la aceptación resignada

elevan la humanidad amorosa y afectiva

hasta lugares insospechados de mística seglar.

Poema 591: El club de los vecinos muertos

El club de los vecinos muertos

La vida a veces dura una novela,

o menos.

Nos toleramos, nos queremos, nos acariciamos,

ese reconocimiento crea un hueco,

un espacio vital en el que leemos, razonamos,

nos reímos todo lo que podemos, ¡a veces tan poco!

La cultura o los proyectos, o las maquinaciones,

cada cual posee un motor más o menos contaminante.

El club de los vecinos muertos aumenta cada año:

reflexiono sobre mis recuerdos de ellos,

su voz, el impacto de su presencia, algunas frases,

la bondad o no de sus presupuestos.

–En este banco conversamos–, –el tiempo pasó volando–,

–siempre sonreía mientras hablábamos–,

–me lo crucé muchas veces, pero nunca intimamos–.

Un día desaparecieron y no lo supe hasta semanas después,

o meses, sin apenas circunstancias explicativas.

El club se extinguirá conmigo, como idea, como poema,

no la realidad de la muerte, no los huecos,

ni los espacios mentales o el rastro de las voces

grabadas en un subconsciente que tratamos de ignorar.

Mis descendientes no sabrán apenas nada de mí,

menos de lo que conocieron esos desaparecidos

a los que tangencialmente saludé o reconocí

en el paisaje diario, en la cordialidad vecinal.

Nada les importa ya, nada les concierne,

llega la insignificancia tras la apoteosis del sol poniente.

Poema 433: Escenas de vida y muerte

Escenas de vida y muerte

No podría vivir ahí, en la casa cuya entrada

tiene forma de ataúd.

¿Quién pensaría esas escaleras, esa perspectiva,

ese ángulo de inclinación?

Falta el cadáver y la cruz, eso sí.

Lo observan varios burros que pacen en altura,

una farola y un poste telefónico.

Se puede mirar con suspicacia,

igual que se puede amar con suspicacia.

Todos los humanos son enemigos,

aún los allegados, los domesticados, los ungidos.

Alguien ha diseñado la casa del terror:

enorme mole llena de aguas y alturas,

soledad fantasmagórica con vistas al romanticismo,

a un cementerio en el que el ángel blanco

avisa de que allí terminarán tus días

en caso de ser rico de familia,

bajo arcos de una iglesia que no se sostuvo.

Una mujer rechoncha pasea a tres perros por el prado,

ella no se mueve, sus cánidos parecen satélites,

anda unos pasos y se detiene agotada, contemplativa.

La cooperativa que trabajó con las algas

ha sido colonizada por zarzas e higueras;

el lugar es un altar secreto de misas negras,

de pecados nefandos u otras profanaciones

en la vera misma del antiguo seminario.

Los mirlos despegan al paso aventurero

de una familia hambrienta y cansada,

oscurecen el cielo durante un instante

y avisan con graznidos de su superioridad aérea.

Poema 377: Monteverdi

Monteverdi

Anima el coro al insatisfecho Orfeo

en un descenso a los infiernos bellísimo:

el jolgorio inicial de desenfreno y juventud

ha pasado,

todos los instrumentos anuncian la fiesta

en una alegría medieval inconsciente

llena de ritmo y felicidad.

Puedo enfocar mis sentidos en la música

y en la fábula

pero me faltan todos los detalles sobre la pareja,

¿cómo era su amor?

¿reían en su vida cotidiana?

¿eran generosos en caricias y dispensas amorosas?

Sin duda es la falta de goce y disfrute de enamorado

lo que lleva a Orfeo al Averno,

le insufla energía, le inflama,

hace que desee a Eurídice de forma ciega e inconsciente.

La música es el camino y la salvación

en esos días aciagos en que todo se tuerce

en que no quieres escuchar palabras ni erudición:

permaneces quieto, camuflado, vulnerable

al viento, a las olas, a la cólera que nadie te enseñó,

mientras se abren las puertas del infierno

e inicias tu propia catábasis.

Poema 327: La tierra de los muertos

La tierra de los muertos

La tierra de los muertos es muy fértil,

allí procrean todo tipo de criaturas,

crecen verduras y hortalizas

al socaire del riego sanguinario.

Quien piensa en la muerte cada día

encontrará al final su recompensa,

ella dejó escrito en su suicidio

la fija presencia de lo oscuro.

En días melancólicos imaginas

cada metro cuadrado de una guerra,

murallas enfebrecidas por los gritos,

el sacrificio de la piel, piedra a piedra.

Allí donde los arietes fracasaron

yace una semilla nutritiva,

allí genio, maldad y adrenalina

tuvieron su jornada vespertina.

En aquellas tapias murieron olvidados

recitando sus versos a la aurora

dejando cadáveres con plomo y saña

hoy pastos de hermosura renovada.

Ningún lugar es tan sagrado

como el suelo que hollaron tus ancestros

miedo, amor, luz de ojos agotada,

todos sus recuerdos olvidados.

Poema 270: Norma

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El despliegue del bosque mágico me embriaga

solo con la luz,

seducción escenógrafa: verde sobre la densa niebla

druidas y chamanes reunidos

con canto potente de voz grave

y la bella sacerdotisa que invoca a la luna

en un casta diva de tanta hermosura.

 

Promesas y votos se suceden en escena

mientras suenan bellísimas melodías

fidelidad, infidelidad, amor maternal,

confesiones que el público agradece

con sonoras ovaciones que interrumpen el acto.

 

El mundo de frontera tan complicado

siempre encuentra permeabilidad en el amor

el deseo de lo imposible, la irracionalidad

y sobre todo la música envolvente

que transporta a la Galia de poderosa magia.

 

Sacerdotisas que se hermanan en el amor

al mismo hombre impío,

el deber y el amor filial contrapuestos

al odio, al remordimiento y a la furia,

y un final tremendo de sacrificio maternal.

 

El rojo y el verde funcionan en la oscuridad

como un trampantojo de idílico paisaje,

en medio de tanta culpabilidad reconocida,

sangre, lucha, el trono de la sacerdotisa,

y conmovedoras arias ya inmortales.

 

El destino ha de ser cumplido, la furia

que perseguirá despechada al amante,

logra una sucesión de imágenes oníricas

inabarcables para el espectador emocionado.

 

Sacrificio en el altar de los antepasados,

humo, una guerra cruel como todas,

y la imposible conciliación de todos los sentimientos

que trascienden la vida humana,

y la pequeñez de ésta en el universo matriarcal.

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Poema 125: Piernas divergentes

Piernas divergentes

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Fuga a raudales de sonrisas:

perímetro de meridiano que trazas

con infinita paciencia, con pulcritud de metrónomo,

línea combada al son del verso.

 

Banda de Möebius, teclas de piano

besadas por el carmín que se adapta

al arco de mis dedos, el espacio gana al plano,

indiferencia de dientes blancos.

 

Imágenes, raudales de ellas, blanco,

rojo (destello leve), negro rectangular,

la monotonía melódica sobresaltada

por el peligro inminente de un beso.

 

No es de aquí, fue de otro tiempo;

la imagen reconstruye con regla y compás,

curva y embelesa, moldea en órbitas celestes

la línea recta original, el piano manchado de rojo.

 

Ironía, fuga de sonrisas:

la órbita completa del poema,

la escritura continua hecha y deshecha,

amor alejado del poema, piernas divergentes.

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