Poema 372: Los pájaros huyen del lúpulo

Los pájaros huyen del lúpulo

A mi amigo Paco, para quien el tiempo

transcurre apaciblemente

La música de la memoria permanece intacta

en la madre casi nonagenaria;

ahueca los labios para pronunciar palabras

deliciosas sobre las que cabalgan recuerdos:

Acolumbraban  la tierra o achisbaban con el fuelle,

argayábanse los praos o áquel estaba hecho un peizo.

Cuando pusieron las trepas y sulfataron

desaparecieron los trigaleros y las golondrinas.

Él se toca las manos las mueve, mientas escucha,

sus expresiones no han cambiado,

ni siquiera la luz de sus ojos tras las gafas.

Horas más tarde, el canto de los pájaros en el plantío

me hará recordar la placidez y la calma,

la risa alegre y las afirmaciones inconsistentes,

las pequeñas seguridades del camino conocido.

Ha vuelto el lúpulo a la vega pero la margaza

casi no se da aunque escojaron con otras plantas.

No recuerda, pero quizás los timbres de voz

o las palabras de la madre, o la casa viva y feliz

le protejan de la oscuridad progresiva.

Poema 371: Las bicicletas no pueden con los patines eléctricos

Las bicicletas no pueden con los patines eléctricos

Las bicicletas no pueden con los patines eléctricos,

el esfuerzo frente a la pasividad veloz,

quizás el almacenamiento o la prisa.

Así es la vida y así fue siempre, comodidad de muchos

frente a unos irreductibles románticos,

una especie humana que se hace masa

para invadir supermercados ante la mínima brisa,

estulticia de quienes eligen populistas

o escuchan relatos simplificados al máximo.

El bulto sustituye a los detalles y el grosor a la sutileza,

la fuerza tremenda de las alianzas en la miseria

pueden hacer tambalearse el sistema,

más frágil en apariencia que la robusta presencia

comercial que lo sustenta.

En estos días desapacibles de calima y viento,

en los que la luz grisácea iguala las calles,

la virtud pasa desapercibida entre el camuflaje

teórico y verbal de quien todo ignora:

la excelsa cultura, el esfuerzo y la palabra

como construcciones avanzadas de la humanidad.

Y sin embargo cada persona es inalcanzable

en la infinita secuencia de sus motivos y circunstancias,

termina por elegir lo más conveniente y sabio

en consonancia con la suma de sus instantes vitales.

Poema 370: La calima

La calima

No veo todo lo que debiera de ver,

hoy la metáfora es el polvo sahariano

pero ocultas están las ondas, los silbos

en frecuencias inaudibles para mi edad,

algunas sombras en horarios imposibles,

o el trino de los pájaros en árboles desnudos

silenciados por el ruido de los coches.

No escucho las bombas de racimo,

ni los gritos indignados e impotentes

de los ucranios sitiados, peones de un tablero

en el que sienten que alguien les mueve

o les expulsa de la partida sin permiso.

El frío se cuela por la ventana abierta

como símbolo de una debilidad energética

vulnerando la estructura mental de seguridad

construida con paciencia, ilusamente,

por varias generaciones democráticas.

Un espectroscopio sería lo más apropiado,

o la lucidez suficiente para entender

el perverso y aséptico juego de esa partida

en la que nadie gana, observado todo

desde el punto de vista, a ras de suelo,

de quienes son movidos por autómatas impasibles.

La calima marrón que todo cubre

muestra la fragilidad superficial de un mundo

más inseguro y limitado de lo imaginado.

Poema 369: Las heridas

Las heridas

El instrumento le hería en cada concierto,

no sabía tocarlo de otra manera.

Ella le lamía las heridas con mucho cariño

cada noche,

el ritual les llevaba a otro trance más allá de la música.

La cara interna de ambas rodillas

y la marca horizontal en el pecho;

el chelo Stradivarius era así: doloroso y exigente.

Mientras tocaba apenas sentía dolor,

no más que el de la segunda viola en los pies

calzados con tacones de aguja finísima,

o las yemas de la arpista desgastados por la cuerda.

El dolor comenzaba en el descenso del fervor,

cuando los aplausos decrecían súbito;

entonces solo el consuelo futuro de la saliva amorosa

calmaba las terminaciones nerviosas en carne viva.

El fulgor anticipaba el dolor y éste el sexo de su amada.

A veces imaginaba como repararía sus labios resecos

el trombonista.

Ese era el filo tan hermoso de la vida.

Poema 368: Amanecen los gallos

Amanecen los gallos

Amanecen los gallos, y las sombras

se van desvaneciendo en la montaña.

Hace frío y no se oyen aviones ni artillería,

quizás ha sido solo el sueño de la noche

o una película en la que los tanques avanzaban.

Tiembla la tierra por obra de Marte,

los puentes y caminos deberán ser reconstruidos,

las familias con hijos jóvenes no cicatrizarán.

Los olivos recién podados

absorben toda la energía de la tierra,

sangre, excrementos, abonos comprimidos;

sus hojas perennes son inmunes a los gritos,

al pasado, al futuro.

Arrastran sus maletas en la frontera

sin ánimo ni esperanza,

ajenos a los análisis concienzudos de los políticos,

enajenadas sus mentes, sobrepasadas

por hierros retorcidos y silbos constantes.

El agua cantarina transcurre entre las piedras

fría y trasparente;

alguien saciará allí su sed y aliviará el dolor

de sus botas desgastadas por las flores.

El bullicio del comercio sigue su curso

ignorante de la injusticia, del horror y de la guerra.

Poema 367: ¿Quién disfrutará?

¿Quién disfrutará?

¿Alguien disfrutará de esas seis ventanas

circulares de la Casa Hebrea?

¿Y del increíble aroma de las flores del almendro?

Éstas, efímeras, se extinguirán en pocos días,

así es nuestra existencia, leve en años

en un mar de pequeños placeres que ignoramos.

Al fin llueve, perturba la vida cotidiana,

incapaces de concebir la guerra televisada,

el dolor de tantas pérdidas: familia, amigos, hogar,

el espacio en el que han habitado desde siempre.

He dejado de ser Don Quijote utópico

para devenir en un Sancho Panza calmoso,

acumulador de libros que no puedo leer

salvo en días de arrebato místico en soledad.