Poema 296: Sol del membrillo

Sol del membrillo

Este sí que es el sol del membrillo

y esta la niebla del Duero y del Pisuerga.

Este sí que es el fuego proletario en un bidón,

y esta la vida que hace aflorar la sonrisa defensiva.

Y esta es la sociedad en la que cada cual

                                               es más listo que los demás,

Y esto no se puede hacer pero lo hago,

aunque me cabreo si veo hacer lo mismo a mi vecino.

Este es el camino que recorrí hace unos días

y que hoy no puedo recorrer de nuevo.

Estas son las tardes espaciadas

y las noches confinado,

Y esta es la soledad del cementerio en víspera

de Todos los Santos.

Esta es la alegría perdida en un instante

                                               por incauto y despistado,

Y el largo penar desorientado, sin queja dulce y sin soneto.

Este es el sol del membrillo, a las puertas del invierno

                                               condenado.

Poema 295: Arte en tiempo de crisis

Arte en tiempo de crisis

En un clima de pesimismo generalizado

ves un cormorán estirando sus alas en el rio,

el agua verde y estanca refleja la otoñada,

la prisa te impide disfrutar durante dos minutos

de toda la luz y la quietud

testigos mudos de la enorme segunda ola.

Un cortometraje, un cuadro, una voz,

arte en múltiples soportes, grafiti inteligente,

música de quien aprovechó el tiempo de confinamiento,

exposiciones a las que solo accedes virtualmente

la maravilla de los pequeños detalles semiocultos.

Desde el puente sobre las vías divisas la ciudad nueva:

manchas de ocre y amarillo, rojos y verdes,

zonas para el paseo y la lectura al sol de octubre,

carriles para las bicicletas, camuflaje para las viviendas,

ese tiempo para disfrutar de ello que antes no existía.

El arte nos salva de los instintos reptilianos mal conservados,

concentra los sentidos en el placer,

eleva, distrae, ensimisma, explora los rincones

productivos de cada ser humano al que alcanza,

devuelve un test positivo insospechado de creatividad.

Una exposición o un libro, el poema que elude la política,

la cara B de la realidad, el reflejo del sol en los árboles,

son la muestra inequívoca de una vía de escape humana

a la miseria, la enfermedad y la muerte,

al ansia competitiva de esa huida cotidiana hacia delante.

Poema 294: Estampas otoñales

Estampas otoñales

Los cipreses que veo desde el coche

oscilan bajo el viento cual dinosaurios de Spielberg,

cuello largo de movimiento ondulante,

verdes herbívoros estirados para alcanzar comida arbórea.

Una matrícula HLK me hace decir Hulk,

obsesionado con palabras y películas;

el cerro en el que se asienta Parquesol

está oculto por unas nubes bajas, quizás niebla.

La otoñada a lo largo del río y los canales es magnífica,

toda la gama de ocres y amarillos

refulgentes por la lluvia y el viento,

hojas volanderas y una cierta decrepitud muy hermosa.

Las mazorcas de maíz están guarecidas en sus fundas,

son un tesoro amarillo en medio de una masa

de un color indefinido y deslavazado,

acaso ves a los niños perdiéndose dentro del campo infinito.

Imaginas violines o el saxo de Kenny G

en medio del temporal al que esta vez han llamado Bárbara,

la música ordena el ritmo aleatorio del movimiento,

hace que la naturaleza parezca rítmica en sus fases.

En la conjunción de los dos ríos caudalosos, Duero y Pisuerga,

observas el ángulo de incidencia y el caudal,

cautivado por la belleza y el sonido de la pesquera,

por la luz descompuesta en una gradación indescriptible del color.

Poema 293: Corriendo por el canal

Corriendo por el canal

Las zancadas se suceden por el canal de Castilla,

apenas me alcanza el resuello para hablar con mi amigo,

para rememorar hace treinta años

cuando el catedrático de análisis matemático

nos narraba sus paseos por ese mismo camino.

Hace una mañana espléndida de otoño,

los chopos de la orilla amarillean sin pudor;

una familia de patos viaja en el vórtice en forma de uve

que uno de los progenitores dibuja en el agua,

huele a higos maduros y a las hojas marchitas en el suelo.

Aquel hombre nos hablaba de Benito Pérez Galdós,

de la lectura de su obra completa,

de novelas que no habíamos leído y de Episodios Nacionales,

lo comparaba con Cervantes y le confería un aura de erudito.

Descubrí a Galdós a través de Emilia Pardo Bazán,

de las cartas que ella le enviaba

desparecidas las de Don Benito en el pazo de Meirás

durante la dictadura gris aciaga para la cultura.

El apetito del catedrático por Galdós era insaciable,

casi tan inflamado como las “Cartas a Miquiño”,

como la abundancia de sensaciones en el curso del agua.

Aquel hombre falleció hace años pero perdura su memoria

al trotar por el paseo que él frecuentaba.

En la mañana de octubre se activan resortes del ayer,

el lujo de una conversación entrecortada al aire libre

mientras los pulmones administran el aire

necesario para el esfuerzo enorme que estamos realizando.

Poema 292: Senderos ancestrales

Senderos ancestrales

Caminar, con rumbo cambiante

a la luz precaria anterior a la salida del sol,

seguir ese instinto en el que confías,

que cuando falla convierte el error en éxito

por mor de una fuerza mental positiva.

Búsqueda, casualidad o intención,

la suerte convertida en maravilla,

una senda entre piedras, una aventura

con la que bajas de la montaña serpenteando,

llenos los ojos de los colores del otoño.

Subes a la piedra que pudo ser altar sacrificial,

haces una fotografía panorámica,

te recreas en los viñedos abandonados,

pruebas las uvas negras, pequeñas, recias,

coges el higo maduro de una higuera.

–Por allí sube el cordel de la cañada soriana–,

te dices a ti mismo, ausente toda compañía,

recuerdas entonces las otras rutas de este verano,

las bifurcaciones necesarias en el camino ascendente,

el calor pegajoso y las moscas impertinentes.

El sendero es la belleza del descubrimiento,

la maravilla perdurable e incógnita,

el atajo que atraviesa los campos tan fructíferos,

la casita escondida con mirador al sol naciente

en la que te gustaría amanecer en este día soleado de octubre.

Poema 291: Premio Nobel

Premio Nobel

Prefiero el texto a la biografía,

un abrazo de un cuerpo desnudo a una imagen,

puede que los atardeceres, pero por pura costumbre,

al amanecer hace más frío

pero en las escasas ocasiones en que subo a la montaña,

el olor de la naturaleza al despertar,

el rocío y el aire renovado en el rostro

me acercan a los infrecuentes amaneceres de mi infancia

cuando iba a recolectar caracoles con mi padre.

Prefiero la versión original del poema

o el poema traducido por un poeta que lo hace suyo,

Trasntrömer no era él, era Mascaró evidentemente,

ahora no se quién será Louise Glück.

He escuchado una semblanza vital, académica

bajo la que se podían adivinar algunos versos,

una atmósfera de un saxo bajo

una rapsoda nada afectada, sencilla,

el elogio semipolítico de una escritora admirada

capaz de transmitir su emoción durante un viaje en coche.

Llega el ansia, en medio de tanta lectura: Vallejo, Reverte, Larkin,

de repente esta autora me distraerá

de la horrible traducción de Emily Dickinson,

de la sonoridad retórica de Lostalé.

Anhelo volver a la montaña en este puente del calendario,

sentir el frío amanecer, la luz elevándose reflejada

en el lejano pantano de Gabriel y Galán,

los colores ya amarillentos de la masa arbórea,

el placer que debió sentir cada pastor

al ascender con sus animales por la ladera

cada día de su vida, igual al anterior y tan diferente.

La poesía me renueva cada día, me proporciona el tono vital,

el deseo y la rutina, el rictus o la risa

musa indiferente, atenta a sus propios dolores intrínsecos,

un verso me redime y alienta o me despoja

de toda la protección acumulada durante décadas

cual tesoro adquirido para poder sobrevivir.

Y de repente ahí está la explosión mental,

la asociación de ideas que te conmueve y perturba,

que crea en ti un estado emocional parecido al nirvana

una luz suave y filtrada, pátina relativizadora,

alegría sutil de fondo, como una droga de bienestar

un encendido navideño de todos tus sentidos,

carnalidad y humanismo, la luz dorada de la poética.

Poema 290: Deformación profesional

Deformación profesional

No puedo evitar el conteo de aves migratorias

en formación sagital,

ni estimar el número de ovejas de un rebaño

o el peso de una enorme paca de paja.

Me maravilla la altura de la torre de una iglesia,

la copa de un pino de quince metros de altura,

puedo abarcar los números y explicármelos,

mostrar a otros los pequeños saberes adquiridos.

El vórtice que deja en el agua un pato

es un ángulo que rompe el curso del río,

¿cuánto pesa la masa verde del árbol, cuánta madera,

qué geometría tienen sus hojas?

Puedo medir la pasarela de forma indirecta,

intuir la longitud de un paso,

cambiar la forma de un metro cuadrado

o aquilatar la lluvia precipitada en un día.

A veces valoras personas por sus notas numéricas,

etiquetas un objeto con un guarismo,

clasificas y seleccionas y decides

por el peso que has otorgado a distintos indicadores.

Vuelves otra vez a las aves migratorias,

te gustaría seguirlas en su vuelo en escuadrillas,

aprovechar las corrientes de aire

y alejarte del invierno de campos yermos y terrosos.