Poema 587: Lluvia cantábrica

Lluvia cantábrica

Monotonía, liquen, torre fortaleza,

proyecto de visitar un museo,

danzan las anjanas en el cielo,

cielo gris, sin esperanza inmediata.

Los espíritus y la desesperanza

vuelan bajo, planean sobre la costa

llena de fractales y musgo,

agua que cae en cascadas bajo el abrigo,

lugar de vida prehistórica.

La humedad comba los libros y la madera,

oxida el hierro y carcome la voluntad,

también hace apreciar de manera infinita

los días soleados tan escasos.

La escritura se hace densa e insoportable,

también la lectura con la baja presión.

Cartarescu quizás no es una buena elección

de prosa para estos días opresivos.

Echo de menos la lumbre y su puchero,

los amaneceres dorados y los ocasos violáceos,

echo en falta la risa sin motivo,

los juegos de palabras ocurrentes,

la luz en mis ojos vivos, inquietos,

plenos de ansia de gozar cada instante.

Monotonía y volumen monocorde

en tejados gris pizarra de reflejo celeste.

Poema 541: Canchales

Canchales

La belleza en lo alto de las montañas

se esconde en los canchales,

rocas arrastradas y aplanadas por la nieve,

gris sobre fondo verde que antes fue blanco

en el invierno.

Cientos de miles de rocas peladas, casi inexpugnables,

formas caprichosas y sombra de las nubes

diseños aleatorios propensos a la imaginación popular:

gallinas, dragones, perros y rapaces.

Son dinámicos como las dunas de una playa,

confluyen como ríos en un punto de fuga más bajo.

Se reconocen por sus destrozos en los caminos

que serpentean en las faldas de la montaña,

producen avalanchas y liman las cumbres reiteradamente.

Los últimos rayos del sol crean sombras doradas en las cumbres,

iluminan las rocas gelifractadas,

hacen aún más bellas las enormes moles macizas.

La vida es escasa en estas pedreras,

apenas unas raíces sujetan los ríos de piedra

entre los que pululan micromamíferos

y saltan las cabras montesas.

Anochece y las sombras opacan los dibujos

en los conos montañosos,

el sonido de fricción de una piedra desprendida

activa sinapsis neuronales antiquísimas

indica al cuerpo ya fatigado la urgencia del descenso.

Poema 246: Misa de Navidad

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Todas las personas son grises en esta iglesia,

las lápidas del suelo rezuman humedad,

gabanes y abrigos oscuros visten a los comulgantes,

quizás yo también soy gris aunque me vea azul.

 

Evalúo los cuatro gruesos pilares de la estructura,

piedra, ladrillo, mampostería,

toda la escayola de la decoración, venida a menos

como las cabezas de los ancianos del último banco.

 

El sacerdote habla de la fuerza divina de cada humano,

quizás alguien le escuche su arenga;

dentro de veinte años yo seré el anciano gris

y puede que siga evaluando la arquitectura.

 

Me fijo en una virgen con niño, una moreneta,

donación del año cuarenta y dos cubierta de polvo,

indago en los hermanos donantes de la poyata,

quizás fue un expolio de guerra en otras tierras.

 

Hay una acumulación desordenada del santoral,

gentes que dejaron su minúscula huella,

huesos en el subsuelo de toda la nave central,

un presente de subsistencia que no sé cuanto durará.

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Poema 68: En lo alto del centro comercial

En lo alto del centro comercialIMG_20160305_184456

En lo alto del centro comercial

huele a comida rápida.

Atisbo el vuelo de una cigüeña

a través de los ventanales.

Asoma el sol entre nubes,

una pareja de ancianos en un banco,

contempla el cielo cambiante,

se detiene el tiempo, no el ruido.

Yo no estoy contento, nadie lo parece,

mi visión subjetiva del mundo,

decolora objetos y personas,

los envuelve en una pátina grisacea.

Ni objetos, ni la belleza de un cielo

plagado de nubes zoomorfas,

nada me aleja del color invernal,

quizás solo la lectura de un poema.

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Poema 63: Días grises de invierno

Días grises del invierno     FB_IMG_1456224423824

El árbol mágico no tiene nidos,

contiene en su interior una farola;

su silueta en la niebla muestra

varias ramas amputadas,

es gris como todo bajo el espeso manto

de la diosa pucelana.

 

Un gato se ovilla al lado del río;

una pareja de joviales ancianos

desmigaja y esparce cuscurros de pan

ante la atenta mirada de las palomas

carroñeras y las inteligente urracas.

 

Las comadres más enteradas,

se aprestan a cargar con los problemas

ajenos, oralidad que ya no se frena,

el poder social de organismos desocupados,

una salida gris a la  cotidianeidad.

 

El quiosquero feo ya no me saluda:

no compro allí el periódico, no escucho

sus comentarios misóginos, su pesimismo

flota en el aire cargado de juguetes

de escaparate desvaídos por el sol.

 

La fachada del ángulo inverosímil

se ha agrietado; varios coches aparcan

inmisericordes sobre el césped

reseco por la helada y las roderas,

los municipales silban mirando al sol

impotente, embobados por el rítmico

taconeo de una madre joven.

 

Hay días en que la mirada poética

se regenera en la feladad mecánica,

verbaliza flujos catárticos de miseria,

se apresta al contraste de la luz,

del ciclo hormonal que redime e inspira.

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Poema 61: El invierno del poeta

El invierno del poetaIMG_20160119_180227
Las redes sociales, obstaculizan
el mirar delicado del poeta,
en una tarde fría de niebla y colores grises.
Un tuit, una foto del trabajo en grupo
para conmemorar el día de la paz,
el espejismo de cientos de amigos
sociales, pequeñas píldoras de conocimiento,
ideas que almacenas en el magín
para proyectos futuros,
y sin embargo puedes sentir el aroma
de la superficialidad, la liviandad y el olvido.
Basta sin embargo la lectura de un poema
sintético, un laberinto de curiosidad,
citas de un pasado elegante,
para que se despierten los sentidos:
observas y recuerdas el muñón de unos árboles,
los colores que ya describiste,
un orador que inventaste sobre una marquesina,
la magia precaria de una pareja enamorada,
identificas algunos de tus versos
extraídos en una noche de graves estudios
por alguno de tus seguidores sociales;
sientes entonces un calor amigo,
elevas tu mirada a los cielos dolorosos
del invierno, buscas dentro de ti el milagro
de un comienzo para un poema, una idea,
una imagen, el círculo que cierre el día
con la precisión de unos versos, la sonrisa
satisfecha de un creador ante su obra,
el ansia contenida ante un comentario
o una interpretación inédita. Quizás
un reflejo de inteligencia en unos ojos hermosos.

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Poema 36: Desorden

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Los niños han encontrado un hueco en el murete

y lo han excavado a fondo; un buen trabajo de equipo.

La muerte no tiene ningún glamour.

Tras el golpe, queda en la carretera la pura mecánica:

huesos astillados, hierros retorcidos, sangre,

un líquido verde, fragmentos minúsculos de cristal,

olor a quemado, humo y polvo. Desorden.


Al imaginar la escena, me duelen los dientes,

escucho el ruido agudo de los frenos, un no, despavorido,

el abandono al sufrimiento o a la nada.

Durante un instante, unos pequeños músculos

cambiaron la trayectoria del volante, violentaron

la línea recta trazada por un cerebro entrenado.


La brecha en el muro bajo del colegio es un síntoma.

Disputan las urracas y las palomas los pinos urbanos,

sus excrementos afean el suelo feo de la ciudad.

Un coche tremendamente usado descansa en la acera,

su palanca de cambios termina en una bola de papel.

Conducir no es un placer, es una inseguridad aleatoria.


Bajo el cielo gris, todo es gris antes de la lluvia.

El propósito no se ha mostrado todavía.

Horas y horas de aprendizaje hacia la nada,

maravilla de las maravillas, amor inútil al saber.

El agua todo renueva, limpia, perturba,

desborda la grama en las cunetas y la colza

salvaje en los parques olvidados de los suburbios.


El contraste en el resquicio insoportable de la luz

filtrada, de abril, contrae mis músculos faciales

en una sonrisa inabarcable e inexplicable:

el golpe fue un mal pensamiento; los colores

extremos están explotando en un campo antes disforme,

uno alcanza cimas de placer intelectual ,

ajeno al pensamiento finalista o espurio,

la vida renace en sí misma de forma imprevisible y compacta.

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