Poema 524: Contrastes antropológicos

Contrastes antropológicos

Al caer la tarde el cereal exhala su perfume,

colma el espacio de un aroma de infancia

que invade la ciudad rodeada de campos de labor.

Salir en bicicleta al declinar el sol

es un embeleso de los sentidos,

el color, el aroma, la luz, el sonido calmo

de las espigas mecidas por el viento.

Allá donde la ciudad penetra en los cultivos

en los márgenes del asfalto invasivo,

desalmados, inútiles e ignorantes

sueltan sus miasmas con nocturnidad:

escombros, plásticos, residuos insoportables

para la vista educada en la sostenibilidad.

Todo el trabajo de décadas de educación

de la búsqueda ilimitada del bien común

se destruye en poco tiempo egoístamente,

en una regresión cívica, estética y pragmática.

Me invade una súbita cólera, enojo, abatimiento,

la fealdad del mundo en toda su amplitud,

el desprecio de los avances colectivos.

El optimismo antropológico cultivado

se enfrenta a la irracionalidad ignorante

de quienes desprecian el futuro colectivo.

Solo las amapolas atenúan la frustración

hiriente de un cierto pensamiento ilustrado.

Poema 21: Cólera

                              Cólerabest-photos-of-kalahari-desert(1)

Amaneció lejos del poblado, aún encolerizado;

de un tiro certero con su honda, en la que cargó

toda la rabia que llevaba encima, destripó un pájaro

enorme al que churruscó como desayuno.

Todo en él era actividad febril, músculos tensos,

algunos bufidos de animal rabioso; control,

sabía respirar, dejar que el vacío le poseyera poco a poco

mas en unos instantes una fuerza interna primitiva

volvía a posesionarse de él. Disparó varias flechas

innecesarias, hasta que rompió el arco.

Ella lo había exasperado, no entendía muy bien cómo, ni por qué,

era algo que debía estar dentro de su naturaleza de hombre simple,

un hueco en su cabeza más allá de la caza y del sexo.

Quizás tuviera que ver con la supervivencia, una herencia

desconocida pero no inútil; algo le decía que no se le pasaría

hasta que se enfrentara a su cuerpo con un abrazo rabioso.

Volvió ceñudo, a grandes zancadas; ella al verlo venir así,

supo lo que tenía que hacer: primero se mostró públicamente sumisa,

después en el interior de su cabaña lo recibió con su cuerpo

amoldándose a las embestidas furiosas, acunándole el alma.

Ella lo mordió y lo arañó, disfrutó del placer único de su furia

durante horas, aplacó con todo su cuerpo la cólera acumulada,

la fuerza desatada del macho dominante y primigenio.

Sólo su propia sangre y un agotamiento supino lograron calmarlo.

Aún tenía fuego en los ojos, pero también un brillo de satisfacción

en la sonrisa esbozada al enfrentar su mirada con la de ella;

sus cuerpos tardarían días en recuperarse de aquella batalla sexual.

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