
Oda al río Trabancos
En este lecho seco y arenoso hubo un río:
en sus orillas cantaba el agua,
croaban las ranas mimetizadas en los juncos,
a las ventas de la orilla llegaba el frescor de sus aguas.
Debatimos brevemente sobre los meandros,
la roca del suelo,
el ganado que pastaba en la vega,
nos fotografiamos junto al pino enorme y solitario
testigo mudo de un siglo de decadencia.
Ya no hay caudal, solo crecidas cada dos lustros,
apenas algunos chopos delimitan el cauce,
las fuentes se han desviado a los cultivos,
no hay frescor ni la vida del agua.
Las construcciones junto al río, posadas, molinos,
cambios de postas,
son hoy ruinas auténticas de barro y ladrillo
de las que son testigos mudos las rejas en las ventanas.
Los caminos del valle fluvial son de arena blanca,
el paisaje muda con el cambio de provincia:
dehesas de encinas en las que pasta el cerdo ibérico;
el camino se retuerce y se llena de hermosura.
Imaginamos lo que pudo ser aquello hace un siglo,
una maravilla de visión, torres erguidas
en todos los puntos cardinales,
acémilas para llevar el vino y el cereal,
tratantes de pieles y ganado,
un correo que vadea el río a toda velocidad.
La mañana termina con un buen almuerzo
en una tasca con solera bien surtida,
antes de enfrentarnos al viento de cara
y a los avisos de hormigas laboriosas
atravesando con premura el camino.


