Poema 462: En la mañana nublada de septiembre

En la mañana nublada de septiembre

En la mañana nublada de septiembre

atisbo nubes,

me rodeo de libros, bolígrafos, cultura,

un pequeño placer de unos minutos

en los que pueda expresarme y leer,

un flujo de ideas, de respuestas a problemas

que ya fueron formulados.

Quietud,

tejados húmedos,

el flujo de vehículos contaminantes detenido,

solo un instante de paz:

los árboles aún muy verdes, aún es verano.

La lectura me abre los ojos sobre la estructura

desigual, injusta, sexista:

experimentos, ideas, sutilezas para ocultar

una forma de convivencia en desigualdad,

violencia, mecanismos de protección,

la forma ilógica del desarrollo

incluso en esta punta de lanza que es Europa.

Y bajo todo este aprendizaje-conflicto,

asuntos estructurales, miedos, muerte,

condiciones laborales y nimios problemas

que me buscan y me encuentran.

Estos remansos de placer infinito son efímeros,

y sin embargo se remontan a mi paternidad

de al menos tres lustros,

son una búsqueda expresiva y aprehensiva

de ideas, palabras, belleza,

mecanismos ocultos a la mirada banal,

a la pervivencia de tradiciones no muy loables.

Retraso el momento de sumergirme

en la vorágine laboral también jugosa,

animada, vital, otro mundo paralelo,

el lugar imaginado de decisiones trascendentes,

otro juego social efímero de gran implicación.

Allí la risa y la palabra organizan y distribuyen

los roles y los espacios,

sociabilizo como puedo, soluciono y propongo,

en aras de mejorar la luz individual y colectiva.

Desde la cadencia temprana y solitaria

me dispongo a consumir otra porción de vida

otro día luminoso de septiembre,

lleno de la belleza y el deleite de todos los sentidos.

Poema 461: El cielo, los cielos, septiembre

El cielo, los cielos, septiembre

La puesta de sol detrás de la ventana abierta

es un escándalo naranja, violeta, azul,

el final de un día anodino

en el que la vuelta ciclista lo impregnó todo.

Hay imágenes que ruedan y ruedan

que aparecen de repente en un texto poético

y te recuerdan que una vez las absorbiste:

una pradera en un día de primavera

por la que corretean perros y niños,

incluso tu hijo pequeño corría por allí.

Una playa de cuerpos desnudos,

podría ser un cuadro de Sorolla

pero es un recuerdo de un verano en Cantabria,

días efímeros en los que no fijaste el tiempo,

no lo pudiste clavar en tu recuerdo

y lo mitificaste para poder vislumbrarlo.

Los cielos transmiten paz y ganas de vivir,

también dolor:

el sol que parece morir y se resiste en sus reflejos,

la noche baldía,

el inicio del declive horario que nos llevará al invierno.

Pasan los veranos, –el número finito de veranos–

que escribió Aurora Luque,

todas las posibilidades que dejaste escapar,

también las que conseguiste coleccionar en tu piel,

imágenes que aún no has asimilado,

días hermosos, amaneceres, caminatas, bicicletas,

algunos poemas que surgieron por necesidad,

palabras que alguien te dirigió,

los libros que has leído y dejaron una impronta triste

o deliberativa.

Vislumbras personas bronceadas por la calle

de las que imaginas otros veranos diferentes,

esos que no has conocido y fantaseas con que existen.

No caben todos los detalles que querrías recordar,

traer al primer plano de tu pensamiento:

momentos captados en fotos o en aquella frase

que escribiste en un cuaderno que no vas a mirar.

El cielo, los cielos, señalan toda la belleza aleatoria

de nubes vulgares iluminadas por el sol cautivador,

de momentos estelares en días insustanciales.

La nada aparece cuando menos te lo esperas

y tienes que llenarla con los cielos de septiembre.

Poema 460: Llover, leer

Llover, leer

Llueve,

tras más de dos meses llueve,

huele a lluvia;

aquel calor del verano ya se ha olvidado.

En mis ojos llovió casi toda la mañana;

estuve leyendo,

hacía meses o años que no llovía así.

Y en medio de toda esta lluvia interna y externa

algún mecanismo intrínseco empezó a analizar,

a recordar, a interpretar,

a buscar modelos de aprendizaje que imité,

a intentar entender mis miedos y los de los demás.

La lluvia vista y olida desde casa

me recordó el confinamiento,

las horas asomado al balcón o a la ventana,

el silencio de los coches que no pasaban,

el sordo golpeteo en el asfalto del agua,

la feracidad que provocó en el reino vegetal

aquella primavera.

Eché de menos la calma humana,

sin griterío,

sin alterar con gestos exagerados el curso del tiempo:

sin violencia a la vista, sin egoísmos en directo.

Surgen decenas de preguntas tras la lectura,

¿Estaré repitiendo patrones machistas?

¿De quién he aprendido? ¿Cuánto miedo tengo?

¿Estoy a gusto con mi vida? ¿Están a gusto conmigo?

La lluvia aporta la permanencia, la reflexión, cierta nostalgia:

gris profundo instalado en el cielo, verde fulgor

en las copas de los árboles, en el césped,

un rumor: tráfico lejano, algunas voces de adolescentes

que pasan mojados por la acera,

la masa de agua haciendo espuma sobre el suelo.

Cada cuál posee silencios, evidencias de discrepancias,

dolor, luchas de poder que ni sabe que existen.

Cada uno tiene su propia novela familiar,

anécdotas, toboganes vitales, tristeza y más miedo.

Pasan más adolescentes caminando, capuchas negras,

pañuelos, indiferentes a la lluvia o a la humedad;

sus preocupaciones están en otros sitios;

sus modelos somos nosotros, padres, adultos,

feministas reconvertidos por puro razonamiento.

Se comban por humedad, los libros dispuestos en montaña,

libros que son como el cuerpo:

los observas cada día, quieres leerlos, poseer su sabiduría,

los miras, como te miras las manos,

las piernas, los antebrazos:

reconoces la belleza de tu piel, el bronceado.

Casi todos poseen alguna marca de lectura,

esa impronta que te dejarán marcada si los terminas.

Arrecia la lluvia, anunciada, proclamada, avisada,

todo se detiene, también tú te detienes.