Poema 522: Máquinas de guerra

Máquinas de guerra

Vivimos dos conflictos bélicos mediáticos

en un cul de sac europeo,

noticias, nunca buenas, de avances y destrucción

conflagraciones en las que nadie gana

salvo quienes producen y venden armas

u obtienen réditos políticos.

La obsesión por ignorar las noticias es grande;

aun así, hay en mi subconsciente imágenes,

sonidos, sospechas, precauciones,

la destrucción invisible desde el cielo,

la barbarie de los soldados, ya fieras

sin sujeción ética ni estética, ni normas:

destruir e intimidar, desalojar cruelmente,

dañar, castigar e infligir sufrimiento.

Veo los campos fértiles repletos de cereal y amapolas

e imagino las llanuras ucranias:

las placas solares iguales y móviles

recrean en mi imaginación el Ataque de los Clones.

Los adosados entrevistos al final de un cultivo

simulan un campo de refugiados gazatí

seguramente ya en ruinas, humeante y masacrado

por la abrumadora superioridad tecnológica

del capital sionista-americano.

La belleza de la campiña no oculta el horror bélico

simbolizado por la subcentral eléctrica

y el continuo ruido de fondo del tendido,

superpuesto al canto de los grillos.

Poema 370: La calima

La calima

No veo todo lo que debiera de ver,

hoy la metáfora es el polvo sahariano

pero ocultas están las ondas, los silbos

en frecuencias inaudibles para mi edad,

algunas sombras en horarios imposibles,

o el trino de los pájaros en árboles desnudos

silenciados por el ruido de los coches.

No escucho las bombas de racimo,

ni los gritos indignados e impotentes

de los ucranios sitiados, peones de un tablero

en el que sienten que alguien les mueve

o les expulsa de la partida sin permiso.

El frío se cuela por la ventana abierta

como símbolo de una debilidad energética

vulnerando la estructura mental de seguridad

construida con paciencia, ilusamente,

por varias generaciones democráticas.

Un espectroscopio sería lo más apropiado,

o la lucidez suficiente para entender

el perverso y aséptico juego de esa partida

en la que nadie gana, observado todo

desde el punto de vista, a ras de suelo,

de quienes son movidos por autómatas impasibles.

La calima marrón que todo cubre

muestra la fragilidad superficial de un mundo

más inseguro y limitado de lo imaginado.