Poema 165: Rastros culturales

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Elenco magistral, amplias fotos,

el rastro que alguien deja en Facebook

sin programar o sin planificar,

un perfil de cosas que te gustan,

montaña, viola, esquí.

 

Un concierto, un maestro legendario,

energía y entrega, la corriente musical

interna en esa persona es enorme.

 

Tu rastro no es tan grande, ni tal alto,

ni alcanzas tantos seguidores:

poemas, tu salvaguarda cultural,

muestra de tu inquietud y tus dudas.

 

La retina fija e implementa flujos de pensamiento,

recortes, fotografías, un verso o una idea,

cada cual se parece a alguien,

emula o amplifica o enlaza collages múltiples,

la cara vista de una vida sonriente.

 

El buscador te lleva directamente a un rostro,

eleva tus expectativas,

oscurece sombras y las oculta,

tras muchas elecciones pasas de puntillas por meses

y años y andanzas eliminadas.

 

Tu rastro se asemeja a tus olvidos,

a los trampantojos que tu mente crea

para evitar dolorosa consciencia de tus titubeos,

para elaborar un relato simplificado y feliz

de tus días, de tus decisiones y logros.

 

Idealización, nulo esfuerzo, nula duda,

sonríes y difundes tus ideas con miedo,

el valor en esas mínimas decisiones te define,

música o luz o pertenencia o disputa,

todo eso eres y a todo eso aspiras en tu vida.

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Poema 101: Un hombre con una máquina de escribir

Un hombre con una máquina de escribir

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Un hombre con una máquina de escribir

parece dirigir un coro de voces blancas,

los instrumentos dialogan en los intervalos

de silencio vocal.


Un poco más allá, una pareja de bailarines,

etéreos, livianos, danzan al ritmo de la flauta

travesera y los instrumentos de cuerda

que, armonizados, no pueden nada contra el viento.


El hombre de la máquina de escribir se levanta,

en un gesto teatral se quita la peluca

y la máscara plástica del rostro:

es una hermosa mujer de pelo corto y pajizo.


Un aleluya se eleva hacia la bóveda

de este templo secularizado,

los bailarines se desnudan

todo el mecanismo queda al descubierto.


No, no hay un coro góspel travestido,

es teatro, la directora del coro extrae un bolígrafo

de su traje y escribe en la espalda musculosa

del bailarín: “Deus ex machina”.


Cual enorme contradicción, la grúa oculta

barre el escenario, se detiene un instante

la escriba se cuelga de ella en pose seductora,

cinematográfica, de resalte de curvas femeninas.


Sin la directora en el escenario, el coro de voces blancas

se convierte en una formación triangular de cisnes;

un solo de violín ejecuta el concierto de Tchaikovski,

la bailarina y el bailarín se besan apasionadamente.

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