Vida natural
El agua corre, salta, brinca, sortea rocas
grita de júbilo ante su libertad
en un descenso vertiginoso
por gargantas de enormes piedras.
El sonido del agua es una bendición
para el oído estresado por el tráfico
o por una jauría de centenares de adolescentes
desbocados a la hora del recreo.
Grillos y cigarras compiten contra el silencio,
a veces una corriente de viento susurrante
se cuela por los cañones horadados
por el agua durante milenios.
Desnudo, tumbado en la roca,
mi cuerpo absorbe el calor del día,
el oído capta todos los matices del agua
y la vista se relaja en las hojas móviles del castaño.
Cada hora pasada en la naturaleza
es un regalo y un privilegio,
el recuerdo ancestral almacenado en los genes,
un gozo para todos los sentidos.
Las huellas de uno o varios lobos,
en la umbría de la Pista Heidi
descarga mi adrenalina y tensa mis músculos,
aguzo vista y oído mientras sigo caminando.
Hay moscas, arrancamoños, zarzas,
parásitos escondidos en los helechos
que flanquean el camino centenario
entre vallados de prados escalonados en terrazas.
La fuerza de tu espíritu se pone a prueba
con el calor sofocante, los pinchazos, el sudor,
las ortigas que inoculan su veneno en tu piel,
y los múltiples obstáculos que esconde cada senda.
Minimizas todos esos inconvenientes
o los sopesas con la luz cambiante e indescriptible,
la fragancia aromática de las riberas del río
o la sensación atávica de libertad.
