
Amanecen los gallos
Amanecen los gallos, y las sombras
se van desvaneciendo en la montaña.
Hace frío y no se oyen aviones ni artillería,
quizás ha sido solo el sueño de la noche
o una película en la que los tanques avanzaban.
Tiembla la tierra por obra de Marte,
los puentes y caminos deberán ser reconstruidos,
las familias con hijos jóvenes no cicatrizarán.
Los olivos recién podados
absorben toda la energía de la tierra,
sangre, excrementos, abonos comprimidos;
sus hojas perennes son inmunes a los gritos,
al pasado, al futuro.
Arrastran sus maletas en la frontera
sin ánimo ni esperanza,
ajenos a los análisis concienzudos de los políticos,
enajenadas sus mentes, sobrepasadas
por hierros retorcidos y silbos constantes.
El agua cantarina transcurre entre las piedras
fría y trasparente;
alguien saciará allí su sed y aliviará el dolor
de sus botas desgastadas por las flores.
El bullicio del comercio sigue su curso
ignorante de la injusticia, del horror y de la guerra.
