Poema 591: El club de los vecinos muertos

El club de los vecinos muertos

La vida a veces dura una novela,

o menos.

Nos toleramos, nos queremos, nos acariciamos,

ese reconocimiento crea un hueco,

un espacio vital en el que leemos, razonamos,

nos reímos todo lo que podemos, ¡a veces tan poco!

La cultura o los proyectos, o las maquinaciones,

cada cual posee un motor más o menos contaminante.

El club de los vecinos muertos aumenta cada año:

reflexiono sobre mis recuerdos de ellos,

su voz, el impacto de su presencia, algunas frases,

la bondad o no de sus presupuestos.

–En este banco conversamos–, –el tiempo pasó volando–,

–siempre sonreía mientras hablábamos–,

–me lo crucé muchas veces, pero nunca intimamos–.

Un día desaparecieron y no lo supe hasta semanas después,

o meses, sin apenas circunstancias explicativas.

El club se extinguirá conmigo, como idea, como poema,

no la realidad de la muerte, no los huecos,

ni los espacios mentales o el rastro de las voces

grabadas en un subconsciente que tratamos de ignorar.

Mis descendientes no sabrán apenas nada de mí,

menos de lo que conocieron esos desaparecidos

a los que tangencialmente saludé o reconocí

en el paisaje diario, en la cordialidad vecinal.

Nada les importa ya, nada les concierne,

llega la insignificancia tras la apoteosis del sol poniente.

Poema 105: Uno

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Uno es él y su sombra

y allí nadie le molesta,

urden infamias vagas,

temores sin fundamento,

la niebla acompaña al invierno,

nadie le rescata.


Uno es el tiempo indeciso,

la energía ausente,

el aire borrado de sus pulmones,

baratijas deconstruidas,

indefinible sensación

de ausencia y presencia leves.


Uno es el paisaje efímero,

la repetición angustiosa,

los días sin sal o con sal,

la lucidez de un instante

lenta caricia, ardor, molécula

de vida aleatoria e inútil.


Uno es el poema leído

con lentitud de voz en trance,

la foto rebosante de energía

de la poeta muerta,

la mirada perdida del transeúnte,

un jersey para el frío.


Uno es su vórtice en la mirada

ajena, es su peso incógnito

en otras percepciones,

el lapso de tiempo de su olvido,

la huella que dejó su risa,

las caricias de sus manos.

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Poema 76: Caricias

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La caricia de la chica, mirando al mar,

el sueño reparador de esa mujer un martes

tumbada en el asiento delantero del coche,

la diosa sexagenaria desnuda en la playa:

cuerpo de mujer, esencia del mundo.

Envidia de esa mano repleta de caricias,

de la seguridad de un sueño en público,

del paseo nudista bajo el pelo plateado.

El azar te hace contemplar escenas ajenas

que no son para ti, mirada poética,

búsqueda de belleza, insondable observar:

unas flores o el cuerpo inmarcesible

que esquiva las frías aguas del Cantábrico.

Ella, recién estrenado su carné de conducir

observa con pasión el rostro amado,

lo sondea con sus manos, lo envuelve e hipnotiza.

Melancolía de la edad, tesoros gnómicos

escondidos en los pliegues de mi cerebro,

flores amarillas de los tojos espinosos,

el azul reverberante del mar en mis ojos,

un olor a hierba que emerge de los prados,

el viento ondulante sobre mi cuerpo desnudo,

la novela centrífuga que leo en la playa;

todo eso me hechiza y me conforma,

define mi deseo, lo moldea y expande,

maravilla y fuente de vida, luz propia.

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