Poema 369: Las heridas

Las heridas

El instrumento le hería en cada concierto,

no sabía tocarlo de otra manera.

Ella le lamía las heridas con mucho cariño

cada noche,

el ritual les llevaba a otro trance más allá de la música.

La cara interna de ambas rodillas

y la marca horizontal en el pecho;

el chelo Stradivarius era así: doloroso y exigente.

Mientras tocaba apenas sentía dolor,

no más que el de la segunda viola en los pies

calzados con tacones de aguja finísima,

o las yemas de la arpista desgastados por la cuerda.

El dolor comenzaba en el descenso del fervor,

cuando los aplausos decrecían súbito;

entonces solo el consuelo futuro de la saliva amorosa

calmaba las terminaciones nerviosas en carne viva.

El fulgor anticipaba el dolor y éste el sexo de su amada.

A veces imaginaba como repararía sus labios resecos

el trombonista.

Ese era el filo tan hermoso de la vida.

Poema 282: Noche de julio

Noche de julio

La soprano granadina reposa en la penumbra

semioculta por la sombra centenaria

de una columna helicoidal;

el joven moreno y apuesto desgrana 

notas de Debussy en su arpa legendaria; 

la estampa es bellísima: palacio, noche, música,

la serenidad calurosa del mes de julio.

Presiden el patio unas gárgolas enhiestas,

tracerías góticas y filigranas absorben la mirada,

mientras ella deja flotar en el aire canciones de Falla.

Rostros enmascarados detienen el tiempo,

aguzan el oído ante una nana;

la artista ha calentado su voz, y su sonrisa

flota con sonidos armónicos demorados

que viajan por el patio hasta fundirse con la piedra.

Voz, arpa y silencio,

aplausos nítidos  y alegría comunal en la música:

el público henchido de gozo eleva la vista 

a la bóveda mudéjar;

artesonado o heráldica, flores de lis o semiesferas

la vista encantada no descansa.