
Las batallas
Las sombrillas destrozadas y abandonadas
son un paisaje de guerra
solo comparable a las batallas internas
que una puede ignorar o considerar
ante amigas o psicólogas.
Sobrevivir es siempre el objetivo último
de cada célula, tejido, músculo, apariencia,
rutinas aprendidas durante décadas,
movimientos de respuesta rápida
o meditaciones sin aparente camino de salida.
La tortuosa vida interior, siempre mediada
por roces finos o dolorosos o inadvertidos
con el exterior, con las enfermedades,
con la conciencia social tan arraigada.
En la batalla del dolor contra el vacío
siempre pierdes;
solo la sonrisa o la risa abierta y franca
será capaz de anestesiarte durante un lapso
más o menos benigno de tiempo.
La sola mención a una guerra-espectáculo,
mediática, televisada y jaleada por el capital
sacude todos los mercados dañando a los pobres,
más desigualdad, más esclavismo, más inhumanidad.
Los cerebros reptilianos parecen estar preparados
para unirse a la llamada de vocablos ancestrales:
atacar, destrozar, domeñar, aniquilar.
Solo la inteligencia compasiva puede mediar, resistir,
elevar estructuras éticas a cumbres bien visibles,
conseguir adhesiones y finalmente triunfar.
