Poema 478: Bruma y desaparición

Bruma y desaparición

La niebla lo envuelve todo

convierte los haces de luz en cónicas imágenes

deja el paisaje tan desolado como las conciencias.

Los sonidos se amplifican,

hay un cierto aire de ficción, de espadas

de absurdos figurativos e imaginados.

Las ciudades del Tenorio resurgen en invierno,

se elevan, se desdibujan y se ensanchan

son urbes de cómic, imaginadas y borradas,

lugares que existieron durante unos instantes

-Saga/fuga de J.B.-, conciencia colectiva,

edificios distorsionados y emboscadas posibles.

Resuenan potentes los zapatos contra el pavimento,

noches elongadas desde el temprano crepúsculo

hasta un amanecer doloroso igual de oscuro.

Ciudad gótica en estos días prenavideños,

formas embozadas y ruidos multiplicados,

nadie acecha, pero todo se esconde

y de repente han pasado cuarenta años.

Cuarenta años antes hubo otra ciudad,

otras callejas y otras tascas,

otros elegantes transeúntes con capa y sombrero.

Hoy la niebla es un anacronismo medieval

en la que las conciencias ordenadas se extravían,

y el fuego de los hogares, ya inexistente

es recordado en las múltiples pantallas personales.

Poema 370: La calima

La calima

No veo todo lo que debiera de ver,

hoy la metáfora es el polvo sahariano

pero ocultas están las ondas, los silbos

en frecuencias inaudibles para mi edad,

algunas sombras en horarios imposibles,

o el trino de los pájaros en árboles desnudos

silenciados por el ruido de los coches.

No escucho las bombas de racimo,

ni los gritos indignados e impotentes

de los ucranios sitiados, peones de un tablero

en el que sienten que alguien les mueve

o les expulsa de la partida sin permiso.

El frío se cuela por la ventana abierta

como símbolo de una debilidad energética

vulnerando la estructura mental de seguridad

construida con paciencia, ilusamente,

por varias generaciones democráticas.

Un espectroscopio sería lo más apropiado,

o la lucidez suficiente para entender

el perverso y aséptico juego de esa partida

en la que nadie gana, observado todo

desde el punto de vista, a ras de suelo,

de quienes son movidos por autómatas impasibles.

La calima marrón que todo cubre

muestra la fragilidad superficial de un mundo

más inseguro y limitado de lo imaginado.