Poema 643: Acantilados de la costa Astur

Acantilados de la costa Astur

Sopla un nordeste descomunal

sobre la inmensa pradera de la Regalina,

verde por doquier, risas y ocurrencias amicales,

ansia viva de la alegría de espíritus afines y festivos.

El clima y el paisaje configuran el ánimo ciclista:

incluso tras la avería mecánica todo es alborozo,

fotografías desde distintos ángulos, poses,

juegos de palabras y repeticiones jugosas.

La belleza serena excede la belleza real

pero no la esconde ni minimiza,

tampoco exorciza el resto de pensamientos,

ni las cargas habituales de la vida cotidiana.

El esfuerzo del pedaleo en subidas constantes

se compensa con iguales bajadas,

con olores a heno recién segado o a eucaliptos invasores.

Los cortados sobre la costa empequeñecen al individuo,

lo transportan a mundos ignotos en los que sobrevivir

es el único espectáculo permitido,

nos protege la colectividad sumativa de ideas y destrezas,

el pequeño trance de la pertenencia organizada

a grupos cohesionados con diversas estrategias.

La belleza obnubila y concentra el pensamiento

en píldoras poéticas, como el chupito de cielo

observable en la noche estrellada cenital

a través del tragaluz descubierto del coche impronunciable.

El camino continúa con nuevas aventuras.

Poema 496: Ruta inaugural

Ruta inaugural

Refulge el amanecer a mi espalda

camino del occidente:

jirones de niebla siguen la senda del Pisuerga

en una mañana de gran hermosura.

Las bicicletas están esperando junto al templo;

pugna el sol con la bruma en los primeros kilómetros,

hay corriente en el cauce fluvial del Trabancos,

gran arenera desde hace medio siglo al menos.

Maravillados por el agua cantarina en su correr

asistimos atónitos al vuelco del ciclista guía

en el trance de atravesar el curso fluvial:

emerge cual Neptuno dominador de las aguas.

El barro y el sol nos acompañarán ya

hasta completar la ruta circular tan preparada,

habrá un buey que se cruce en el camino,

y un pastor de ovejas churras que precede a su jumento.

Las risas y la confraternidad se prolongan

hasta bien entrada la tarde:

comida opípara y paseo ermitaño,

conversaciones amenas en la hora del ocaso.