Poema 649: El árbol solitario

El árbol solitario

El árbol cumple una función social,

un rito iniciático en el umbral adolescente.

Puede observarse desde toda la garganta,

majestuoso y aislado, el gran roble resiste

generación tras generación a la intemperie

de esta tremenda amplitud térmica.

El ascenso fotográfico lo homenajea

como el medallón de madera que lo nomina:

fechas pirograbadas para la posteridad.

La columna de caminantes serpentea

durante kilómetros, sudor y sed y resistencia.

Cada cuál narra su anécdota, las rencillas del agua,

pueblos colindantes que se odian,

un asesinato machista terrible en el valle,

o la saturación de establecimientos turísticos.

El crimen propició algunas denuncias,

quiero creer que modificó sensibilidades,

quizás estableció una alerta social antes inexistente.

La llegada al árbol produjo revuelo tecnológico,

móviles, retratos, posados, encuadres y perspectivas.

El descanso en el punto cumbre del ascenso

fue aprovechado por la rapsoda incontinente verbal

para colocar el poema Caminante no hay camino.

No hubo abrazos al árbol, ni la intimidad de una oración;

comenzó el largo descenso por la Garganta Buitrera.

Poema 519: La Pascua en Torrecilla

La Pascua en Torrecilla

Un ritual mariano en Torrecilla de la Orden,
como en tantos pueblos de Castilla
.

Qué maravilla levantarse una mañana de primavera,

pedalear durante quince minutos

y bajar por el Regato del Artillero

contemplando ambas orillas del río Guareña.

Ha pasado Pentecostés, un hito en el calendario

un ritual de la vida cristiana, una tradición,

una celebración remota que nadie recuerda.

Toda la vida dirán los nonagenarios del lugar,

y, sin embargo, alguien compró, renovó, vistió,

estableció una primera fecha original.

Una guerra o una pandemia interrumpirían los ritos,

el culto, el baile popular y esa música.

¿Quién la compuso?

Dulzaina y tambor dicen de nuevo los ancianos:

Timoteo y Valeriano, o fueron quizás otros nombres.

Cada época ha dejado su impronta en la pradera

Kioscos, almuerzos, una barra de bar con cañizos,

la casa de la ermitaña acondicionada, un coro,

hombres que portan las andas y mujeres que bailan:

un anacronismo machista del que cuesta prescindir.

Todo finaliza en una Salve mística a capela,

una despedida y un trance fugaz y popular

con la Virgen vigilante hasta el final de la cosecha.

Poema 482: Rituales de año nuevo

Rituales de año nuevo

Claridad, el cielo empedrado de los refranes,

otro clima, el deseado pero complejo;

rituales, una piedra erosionada por el mar,

algunas repeticiones año tras año en este día primerizo

en el que parece que todo vuelve a comenzar.

Los ritos son tan antiguos como la consciencia de la especie,

supersticiones reincidentes, emular la felicidad de ese instante,

aquel baño joven de divinidad en la playa dividida

quizás ya no se repita en mis años de madurez.

Voltean campanas en alguna iglesia remota

en la que se adorará una efigie niña;

acudirán los fieles conservadores con sus mejores galas,

dejarán unas monedas como símbolo de estatus,

rezarán y repetirán oraciones como instrumento de meditación,

la estructura ordenada antes del posible desenfreno.

La playa y un libro son una forma hermosa de inauguración,

el deseo de vivencias y lecturas, de transporte

más allá de los límites rígidos que la vida diaria nos impone.

Un paseo, sentir el viento en el rostro,

observar la belleza natural de los acantilados horadados y esculpidos

por la aleatoriedad de las olas marinas,

esos placeres ceremoniales, elevan el espíritu hacia la eternidad.

La fuerza de los versos bimilenarios de Safo, traducidos y cantados de nuevo,

constituyen el hito-guía para navegar entre incógnitas y esperanzas

en el año que comienza bajo el signo del viento y el sol

que asoma ávido bajo el cielo empedrado de los refranes castellanos.