Senderos ancestrales

Caminar, con rumbo cambiante
a la luz precaria anterior a la salida del sol,
seguir ese instinto en el que confías,
que cuando falla convierte el error en éxito
por mor de una fuerza mental positiva.
Búsqueda, casualidad o intención,
la suerte convertida en maravilla,
una senda entre piedras, una aventura
con la que bajas de la montaña serpenteando,
llenos los ojos de los colores del otoño.
Subes a la piedra que pudo ser altar sacrificial,
haces una fotografía panorámica,
te recreas en los viñedos abandonados,
pruebas las uvas negras, pequeñas, recias,
coges el higo maduro de una higuera.
–Por allí sube el cordel de la cañada soriana–,
te dices a ti mismo, ausente toda compañía,
recuerdas entonces las otras rutas de este verano,
las bifurcaciones necesarias en el camino ascendente,
el calor pegajoso y las moscas impertinentes.
El sendero es la belleza del descubrimiento,
la maravilla perdurable e incógnita,
el atajo que atraviesa los campos tan fructíferos,
la casita escondida con mirador al sol naciente
en la que te gustaría amanecer en este día soleado de octubre.


