Poema 682: No hay piedad en el frío

No hay piedad en el frío

No hay piedad en el frío,

ni en el hambre,

las heladas clásicas pueden remover

algunas conciencias oxidadas

también el despilfarro de los días navideños

o la náusea de un consumismo insaciable

atenuador de mdernas ansiedades y angustias.

La prensa incide un día con intensidad

para dormir las noticias al día siguiente,

centrándose en costumbres y distorsiones,

en interesados asuntos políticos

y en los caminos tortuosos que llevan al poder.

El colorido de las lonas y tendales sobre las ruinas

disocia la compasión e insinúa una cierta felicidad

en el arracimamiento humano y el socorro mutuo,

la dicha de las personas que se buscan y encuentran

la cierta igualdad de quien apenas posee esperanza.

El modelo televisado se reproduce en la mínima célula

del populismo cruel,

de la diferencia hostil por nacimiento.

Yo expulsé, yo limpié, yo conservé la idiosincrasia,

dirán los héroes abrillantados y explotadores

con sus fundas de piel animal y sus pertrechos asiáticos;

nosotros somos los ungidos por la divina providencia

elegidos y sublimados, verdaderos espíritus humanos

dueños del solar patrio y guardianes de la bandera.

El frío extremo y la precariedad

nos conectan con los valles de la Historia.

Poema 272: Se terminan los aplausos

Se terminan los aplausos

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Casi han pasado dos meses de confinamiento,

la oscuridad del anochecer invernal a las ocho

ha dado paso a una luz primaveral de mayo,

apenas aplaude algún vecino nostálgico y solitario.

 

Las franjas del paseo y de los niños

han aliviado la estancia en casa de semanas,

la solidaridad ha cambiado cada día,

ya no suena Resistiré en los balcones.

 

Algunos conocidos son insolidarios:

caminan sin mascarilla, se reúnen sin distancia

o juegan al fútbol en el césped comunal;

hay detalles que no vamos a olvidar.

 

El sábado una banda de cinco adolescentes

recorría el pinar el bicicleta,

todo el mundo se lanzó en masa

a invadir el pulmón de la ciudad con ansia.

 

Los aplausos también fueron cohesión vecinal,

apoyo mutuo en días que se hacían largos,

la campana monástica que nos regulaba las horas,

el momento social más importante del día.

 

En el anonimato de la semioscuridad,

nos asomábamos al foro de ventanas y balcones interiores,

hasta que cacerolas, himnos y otras reivindicaciones

sembraron cizaña y discordia.

 

Hoy apenas suenan aplausos sanitarios,

el desconfinamiento lento ha comenzado,

la primera batalla contra el virus está siendo vencida,

en un rumor de datos, héroes y silencio.

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