Poema 682: No hay piedad en el frío

No hay piedad en el frío

No hay piedad en el frío,

ni en el hambre,

las heladas clásicas pueden remover

algunas conciencias oxidadas

también el despilfarro de los días navideños

o la náusea de un consumismo insaciable

atenuador de mdernas ansiedades y angustias.

La prensa incide un día con intensidad

para dormir las noticias al día siguiente,

centrándose en costumbres y distorsiones,

en interesados asuntos políticos

y en los caminos tortuosos que llevan al poder.

El colorido de las lonas y tendales sobre las ruinas

disocia la compasión e insinúa una cierta felicidad

en el arracimamiento humano y el socorro mutuo,

la dicha de las personas que se buscan y encuentran

la cierta igualdad de quien apenas posee esperanza.

El modelo televisado se reproduce en la mínima célula

del populismo cruel,

de la diferencia hostil por nacimiento.

Yo expulsé, yo limpié, yo conservé la idiosincrasia,

dirán los héroes abrillantados y explotadores

con sus fundas de piel animal y sus pertrechos asiáticos;

nosotros somos los ungidos por la divina providencia

elegidos y sublimados, verdaderos espíritus humanos

dueños del solar patrio y guardianes de la bandera.

El frío extremo y la precariedad

nos conectan con los valles de la Historia.

Poema 658: Sentarse

Sentarse

Las protagonistas se sentaron a opinar

en torno a un libro,

se sentaron a protestar en medio de la calle,

cada cual buscaba su identidad

no perder esa humanidad tan cara,

contraponer su poder colectivo

a esa marioneta frívola y provocadora.

Vi volar un edificio y después otro,

constancia y contumacia en la destrucción,

una y múltiple, en el avispero del mundo occidental.

Los pequeños éxitos se retroalimentan,

belleza interior y exterior y dos besos inesperados

mientras contemplaba Usos amorosos de la posguerra,

un universo diferente, un salvavidas en el vacío acontecer.

Clamaban con los colores de la derrota, del hambre,

de la destrucción,

banderas, pañuelos, la superioridad ética sin retórica.

Alguien comentaría después la presencia extraña

de un espontáneo con gorra y bermudas:

risa y zarabanda, apertura Kachaturian,

y el vuelo desenfrenado de la imaginación verbal.

Reventaron vallas y costuras y el tiempo y la exhibición

se detuvieron simultáneamente

y reinó durante horas ese caos alegre y festivo

aun sabiendo que solo era una batalla lejana comunicativa.

Una luz en el bosque de abetos en penumbra[1].


[1] Ana Ajmátova, Poema sin Héroe

Poema 631: Gaza, fin del mundo

Gaza, fin del mundo

Dice en la radio Mikel que el objetivo no es la franja de Gaza,

–señuelo, cortina de humo con decenas de miles de muertos–

sino la Samaria cisjordana roída día a día por los colonos.

Mirar para otro lado,

como si el sufrimiento ajeno fuese a desvanecerse con no mirarlo.

Palestina, el avispero del mundo escribí en dos mil veintitrés.

Es el gran agujero occidental ochenta años después.

No puedo ver tanta destrucción, muerte, desolación, injusticia.

Ese Estado quedará marcado por siglos como genocida.

No basta imaginar, ni descartar con desagrado las imágenes,

no basta odiar al vengador impune de actos abominables

ni celebrar las sentencias de la Corte Penal Internacional.

No basta imaginar la reconstrucción, ni el triunfo silente de la Historia,

hay que enfocar, mirar cara a cara la muerte de quince mil niños,

la destrucción total de hospitales y el asedio medieval por hambre.

La tecnología y el capitalismo muestran su horripilante cara buena:

escombros, polvo, carestía, desnutrición infantil,

humanos que convierten a otros humanos en animales conmutativamente,

vigilantes mercenarios que ametrallan el desorden caritativo.

El horror, la noticia que decae por el hastío bulímico del espectador,

por la persecución sistemática de la denuncia,

por el cierre, muro, alambrada, escudo protector del integrista.

No hay cinematografía, solo banalidad malvada,

un engranaje sistemático de destrucción aséptica y estadística:

¿cuántos muertos al día son tolerables para un espectador?