
Costa Lavajos
La puesta de sol sobre el lavajo
tiene algo de mágico y ancestral,
el agua escasa en esta tierra de cereal
que antes fue viñedo y subsistencia,
la luz infinita que se demora en naranjas,
magentas, índigos, añiles, cobaltos…
Ha llovido en la tarde calurosa,
los futuros girasoles lo agradecen,
también las patatas, maíces, viñedos,
cuanto verde permanece en la campiña.
Huele al cereal aún no recolectado;
voy hollando con la bicicleta caminos
aún vírgenes tras la tormenta.
Las aves rapaces andan revueltas en un rastrojo,
planean, descienden en picado,
atrapan algún roedor que rebaña los últimos granos.
No hay mar, no hay sal ni yodo,
ni la brisa nocturna que equilibra el bochorno del día.
Hay planicie, cereal en sazón, un infinito mirar
hacia la curvatura excelsa de la Tierra,
el sonido del viento que mece las espigas,
la calma del lugar y la circunstancia.
