
Tardes de octubre
Las tardes de octubres son maravillosas,
verdes, amarillas, de todos los colores,
la gente pasea
recordando cuando no podía pasear
por el confinamiento,
a lo lejos los campos son arados
tras la lluvia que el fin de semana
comenzó a degradar las hojas.
Hay una necesidad oculta que me impele
a salir a caminar o a sentarme en un banco
a leer durante unos minutos un libro
sintiendo los rayos ya oblicuos,
sintiendo el privilegio de respirar sin mascarilla.
Cada octubre quiero aprehender estos días,
los colores de membrillos, arces, árboles de Judas,
la calma con que los patos reposan en el río.
Hay una luz dorada;
alguien recordaba en la radio esta mañana
el poema de Baudelaire Invitación al viaje,
la necesidad de escapar hacia la luz poniente
sobre los canales de Amsterdam.
Cae la tarde como un velo y con ella el relente
que refresca y obliga a cubrirse los brazos
aún tostados por el sol del verano.
Un perro negro corretea por el verde césped
indicando tal vez la fugacidad de la vida;
caen algunas hojas y no cesa el ruido en las calles
de vehículos cuyos conductores nada saben
de esta felicidad octubrina.
Hoy me he reído un instante bajo el sol
y ese tesoro me ha llenado el alma de alegría.
