El eclipse verde nos miraba hambriento,
pavor solar ante el apetito desmesurado
de la luna, hordas de miradas, temor
genético a la luz filtrada, a la oscuridad diurna.
Clichés, lugares comunes, un perro que aúlla
en la luz menguante, miedo de las criaturas,
atmósfera y gravedad perturbadas, dolor
premonitorio de cabeza, sensor orbis terrae.
Uno contempla el eclipse en verde, sintiéndose
afortunado y mínimo; ancla sus ojos a esa luz
rebosante y mortecina, luz fugada, luz de sombras
lunares, epíteto complejo de órbitas entrelazadas.
En la mirada sorprendida de un niño,
la luz es una excusa de un dibujo animado,
demasiado lento en su avance, excitación
ante la imposibilidad adulta de una explicación.
Imaginación libre, de predicadores harapientos,
capuchas protectoras de tela áspera,
hambruna y fin del mundo, un ágape
espiritual, dominio y prédica del bardo ciego.
En las cuencas vacías de los ojos se acumula
el miedo cerval, la sucesión de injusticias
terrenales, el hábito y el báculo otorgan
poderes taumatúrgicos a la palabra volandera.
El eclipse derrota a la forma perfecta,
el círculo sin aristas vencido por la masa
ochenta y una veces menor, asombro
en ojos diminutos, alegría del astrónomo.
El juez solar no permanece impasible,
se deja anular un instante para recobrar
su cetro, su color, su señorío sobre las formas,
ya sombras de insignificancia humana.
La luz verde imposible de fotografiar,
me acompaña hoy en mi penitencia insomne
alejado del oro infinito, de voces poéticas,
pegado a la sustancia lujuriosa de la tierra.









