Poema 33: El eclipse verde

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El eclipse verde nos miraba hambriento,

pavor solar ante el apetito desmesurado

de la luna, hordas de miradas, temor

genético a la luz filtrada, a la oscuridad diurna.


Clichés, lugares comunes, un perro que aúlla

en la luz menguante, miedo de las criaturas,

atmósfera y gravedad perturbadas, dolor

premonitorio de cabeza, sensor orbis terrae.


Uno contempla el eclipse en verde, sintiéndose

afortunado y mínimo; ancla sus ojos a esa luz

rebosante y mortecina, luz fugada, luz de sombras

lunares, epíteto complejo de órbitas entrelazadas.


En la mirada sorprendida de un niño,

la luz es una excusa de un dibujo animado,

demasiado lento en su avance, excitación

ante la imposibilidad adulta de una explicación.


Imaginación libre, de predicadores harapientos,

capuchas protectoras de tela áspera,

hambruna y fin del mundo, un ágape

espiritual, dominio y prédica del bardo ciego.


En las cuencas vacías de los ojos se acumula

el miedo cerval, la sucesión de injusticias

terrenales, el hábito y el báculo otorgan

poderes taumatúrgicos a la palabra volandera.


El eclipse derrota a la forma perfecta,

el círculo sin aristas vencido por la masa

ochenta y una veces menor, asombro

en ojos diminutos, alegría del astrónomo.


El juez solar no permanece impasible,

se deja anular un instante para recobrar

su cetro, su color, su señorío sobre las formas,

ya sombras de insignificancia humana.


La luz verde imposible de fotografiar,

me acompaña hoy en mi penitencia insomne

alejado del oro infinito, de voces poéticas,

pegado a la sustancia lujuriosa de la tierra.

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Poema 32: La primavera es un perro vestido

La primavera es un perrito vestidoIMG_20150221_131734

La primavera es un perrito vestido

acariciado por su dueña en una terraza,

el anciano que encorvado arrastra los pies

en un paso de cebra, bien abrigado pese al calor.


Es una imagen de niñez, una tarde soleada

perdido en un cúmulo de bodegas horadadas,

desorientación y transgresión, búsqueda

y la alegría infinita de varios adultos al encontrarte.


La primavera es un vestido que ondea,

unas caderas que perturban el aire,

cuerpos que se destapan, cuellos esbeltos

que florecen, aún níveos, no besados.


Son lágrimas de emoción, lluvia en un mar

impostado, sueños de un barco blanco y elíptico,

un poema en monólogo abrasador,

la mirada que levita un instante y fija y memoriza.


La primavera son las palomitas blancas

en los almendros florecidos, el olor intenso

de una planta en la verticalidad del sol,

la invitación de la piel al roce sensual de la luz.


Es el cielo invidente vestido de azul,

un azar de ojos coincidentes en brillo,

la verde pelusa imaginada en un campo,

el quehacer desesperado de una cigüeña.


La primavera es un beso volátil desdibujado,

un encuentro simétrico en horas prohibidas,

una mirada triste de dulce despedida,

un crepúsculo rojo de inmenso esplendor.

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Poema 31: Lorca, Poeta en Nueva York

1eM2bKVb3Mb2bNTbb0UUFXgD    Lorca, Poeta en Nueva York

La música sorda sobrevuela una mezcla

de presagios, cenizas de la civilización,

el despertar a la consciencia surrealista,

voz del caballo, de la iguana, simbolismo.


Los automatismos aparentes no existen:

el autor soterra la percepción de una ciudad

presa de la Gran Crisis, cieno, drama social,

el dinero o la negritud, la alienación de la urbe.


Colorista, hurga en sí mismo, preconiza,

alterna la técnica de fondo con el impresionismo,

cada verso es una incitación a la locura poética,

sangre, lujuria colectiva de vísceras.


Lorca corrector, Lorca preciosista,

Lorca solo en medio de una vastedad terrible,

vómitos y orines, desgracias infantiles,

teléfonos diamantinos, desmitificación del paraíso.


El Hudson emborrachándose de aceite,

¡dios mío! Hilillos de aceite brillan en el agua,

Muchachos en la arena, cuerpos, mariposas

en la barba del viejo Walt Whitman.


Escucho cantar un vals a Leonard Cohen,

¡ay, ay, ay! Take this waltz, el pequeño vals

vienés de Lorca, la música otra vez, la adoración,

el impulso creativo irrefrenable en la lectura.


Él ha condensado el mundo, el de aquí,

el de allá, el de todas partes, todas las pulsiones,

la vida por encima de todo, la muerte al acecho,

y una vorágine de metáforas que te engulle.


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Poema 30: El profesor

                     El profesorIMG_20141019_133638

El profesor desgrana símbolos aquí y allá,

un vector, una curva ininteligible,

un verso suelto o el inicio de una canción.


En medio del caos, unos ojos interrogan,

él se sienta treinta años atrás en un pupitre verde,

contempla el vuelo torpe de un avión de papel.


Lejos, a una curva sinuidal de distancia,

escucha el rumor leve de la comprensión leve,

sumisión sin orden, desparpajo, gracia y tiniebla.


La imagen segura y firme que proyecta

contrasta con sus dudas y vértices apocalípticos,

paisajes en oleadas cromáticas, sincretismo.


Una voz abúlica, consigue abrirse hueco entre sonrisas,

modelo de trato irreverente, espejo de fama,

un nicho local del que apenas puede salir a pasear.


La luz del sol respeta su aura apolínea, su versatilidad,

flor y universo, concepto dinámico, sutil estrella,

pieza sobre pieza desgrana mecanismos masones.


La mente del profesor regresa al origen de coordenadas,

desordena el puzle gnómico, atrapa ideas,

fluye su mano verde sobre la pizarra verde.


La técnica reorienta su improvisación,

modula tendencias, captura el vuelo imaginario

de una luciérnaga cegada por el sol.


Apenas la luz abstracta ilumina neuronas,

un día tras otro acumula sedimentos, crece,

magnetiza el espacio de forma sutil.


Una sonrisa franca años después ilumina

su rostro, leve recuerdo del olvido selecto,

limusina de gloria entre números dorados.


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Poema 29: El color del invierno

   El color del invierno???????????????????????????????

El lémur atropellado en la carretera

parecía el cadáver de un niño.


No puedo mirar alrededor sin ver

los mismos pinos angustiados,

la trenzas de orugas que los habitan.


El invierno urbano, tiene color de invierno;

el verano también lo tendrá.


Me como una manzana con delectación;

sus restos aún sin marchitar me miran intensamente.


He adiestrado mi mirada para los instantes

fotografiables, para las ilusiones poéticas.


Ya no quepo en mi cuerpo, debería salir corriendo.


Tengo la mirada atrapada en el frío,

en los detalles excelsos del invierno.


En el verano, el bidón ya no estará encendido,

las aguas del río no serán turbias y marrones,

no estarán pelados los chopos de su ribera.


La planta helada con aspecto fractal,

será un recuerdo antiquísimo bajo el sol.


El cielo está siendo devorado por un pájaro azul,

mientras el hijo del lémur bebe la condensación

del aire lacerante, en la ciudad gris.


Solo las plantas municipales resisten a los verdugos-jardineros,

solo su color es el color del invierno.

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