Poema 478: Bruma y desaparición

Bruma y desaparición

La niebla lo envuelve todo

convierte los haces de luz en cónicas imágenes

deja el paisaje tan desolado como las conciencias.

Los sonidos se amplifican,

hay un cierto aire de ficción, de espadas

de absurdos figurativos e imaginados.

Las ciudades del Tenorio resurgen en invierno,

se elevan, se desdibujan y se ensanchan

son urbes de cómic, imaginadas y borradas,

lugares que existieron durante unos instantes

-Saga/fuga de J.B.-, conciencia colectiva,

edificios distorsionados y emboscadas posibles.

Resuenan potentes los zapatos contra el pavimento,

noches elongadas desde el temprano crepúsculo

hasta un amanecer doloroso igual de oscuro.

Ciudad gótica en estos días prenavideños,

formas embozadas y ruidos multiplicados,

nadie acecha, pero todo se esconde

y de repente han pasado cuarenta años.

Cuarenta años antes hubo otra ciudad,

otras callejas y otras tascas,

otros elegantes transeúntes con capa y sombrero.

Hoy la niebla es un anacronismo medieval

en la que las conciencias ordenadas se extravían,

y el fuego de los hogares, ya inexistente

es recordado en las múltiples pantallas personales.

Poema 410: Miradas en la niebla

Miradas en la niebla

Veo imágenes en la niebla,

clásica en estas tierras en estas fechas,

color rojo sobre fondo gris,

luces que se expanden y deforman

esa pesadilla de película de terror.

Pasó el Tenorio, el culto a los difuntos,

la alegría importada del disfraz en esos días;

noviembre es un mes violáceo y húmedo,

la puerta del invierno que aún no llega.

Las luces del semáforo colorean la escena,

más allá del hipermercado no hay nada

solo la cúpula neblinosa y semiesférica

distorsionadas las formas y las presencias.

Persiste la sensación de locura

cuando se obstina la calígine,

un fin del mundo inmediato y devastador,

una pérdida de elementos de referencia.

En algunas estrechas callejuelas del centro,

aquellas que milagrosamente sobrevivieron

a la especulación de los años setenta,

aún es sencillo imaginar espadas y embozados,

un ajuste de cuentas por un lance amoroso.

Hay refranes y entusiastas de la niebla,

también detractores acérrimos,

sonidos que resuenan a distancia

y una belleza no para cualquiera,

no para cualquiera.

Poema 106: Amanece

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Amanece. Seca helada,

un planeta naranja en el oscuro azul.

Los figurantes se reúnen en torno al bidón encendido.

Disfraces, jubones, calzas, gorgueras,

un chándal tres tallas más grande.


Frotan las manos esperando su turno,

voz engolada y chulesca:

tenorios, mejías, ciuttis,

ineses, brígidas, doñanas,

el desafío de la imaginación en el torneo.


En cada ronda se enfrentan dos poetas,

todos los demás aplauden o silencian.

Los gorrillas sucumben ante los jubones,

batalla de gallos, duelo singular,

voz, aplomo, improvisación, elegancia.


La fuerza visual del atuendo

parece acompañar al verbo florido,

ripios, rimas, fuerza interpretativa,

más actores que poetas, más rufianes

de gesto amplificado y sonrisa burlesca.


En la ronda final, la palabra precisa

de una dama hermosa

desmonta verbo a verbo cada bravata:

con firmeza sostenida, elimina, altera,

desconcierta al petulante y lo humilla.


Vencedora por aclamación, sonríe

y su sonrisa colorea el entorno;

nadie ha grabado la batalla,

victoria efímera de autoafirmación,

un escalón de ascenso vital.

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