Poema 327: La tierra de los muertos

La tierra de los muertos

La tierra de los muertos es muy fértil,

allí procrean todo tipo de criaturas,

crecen verduras y hortalizas

al socaire del riego sanguinario.

Quien piensa en la muerte cada día

encontrará al final su recompensa,

ella dejó escrito en su suicidio

la fija presencia de lo oscuro.

En días melancólicos imaginas

cada metro cuadrado de una guerra,

murallas enfebrecidas por los gritos,

el sacrificio de la piel, piedra a piedra.

Allí donde los arietes fracasaron

yace una semilla nutritiva,

allí genio, maldad y adrenalina

tuvieron su jornada vespertina.

En aquellas tapias murieron olvidados

recitando sus versos a la aurora

dejando cadáveres con plomo y saña

hoy pastos de hermosura renovada.

Ningún lugar es tan sagrado

como el suelo que hollaron tus ancestros

miedo, amor, luz de ojos agotada,

todos sus recuerdos olvidados.

Poema 244: Vampiresas

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Las ruedas del BMW deportivo pesan más que yo;

dentro dos vampiresas afinan sus móviles,

ambas tienen los labios finos y afilados,

y el pelo melifluo y ondulado oculta sus orejas.

 

Se aprestan a salir del lujo confortable,

asaltarán al primer incauto que pillen

antes de hacer una ruta en círculos concéntricos

alrededor del centro comercial.

 

Están pálidas y delgadas, apenas sonríen,

durante la noche huyeron de sus cuerpos

en pos de orgasmos inhumanos

con individuos hemodonantes.

 

Poseen una belleza diurna decadente,

un magnetismo animal de uñas puntiagudas,

de labios rojos y rímel de pestañas enhiestas

y cuerpos esqueléticos candentes.

 

Su voz sintetizada hace ondular sus pechos

bajo camisas entalladas de rayas verticales;

se aferran a su agenda color burdeos,

y a un bolso en el que guardan todos sus secretos.

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Poema 190: Relatos sexuales en torno al vino

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Lees “una copa de vino”

y es una satisfacción sexual;

escuchas las gotas de lluvia

y surge la voluptuosidad

imaginada en sinapsis deseantes.

 

Aquella luz o tales evocaciones,

el vapor de un baño caliente,

la soledad de dos seres encontrados

en una situación propicia

desatan los nudos del deseo.

 

Lees y lees y, verbigracia,

accedes al sancta-sanctorum

de otras conciencias disímiles,

a las fantasías lejanas

de escritoras fantásticas.

 

La posición inicial es la clave:

en esa imagen se condensa la acción,

la atmósfera en la que es posible

el encuentro o el fracaso,

o el relato de una cierta intimidad.

 

Una falta ortográfica en el climax,

un ritmo léxico desacoplado de la acción,

desbaratan toda la ingeniería sexual

imaginada o evocada;

el vino nada puede reparar entonces.

 

Tú has estado en cada relato,

te has involucrado entre las palabras

analizas y evalúas y crees o fantaseas

o descrees y fulminas,

eres el espíritu que combina con la escritura.

 

Destacas la denuncia cruda,

el erotismo de la sangre sobre el vino,

el ritmo evocador en la despedida vital,

la potencia suma del cansancio

llevado al extremo de la propia muerte.

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Poema 24: Máscara y nieve

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Sucesión de manos ensangrentadas en la nieve,

no sabes donde mirar, horizonte blanco por doquier,

miedo a un oso blanco invisible,

al filo de una cuchilla,

al suicidio de alguien incógnito.


Conjuras tus temores con un baile de máscaras mental,

ella está ahí, en el salón cálido con chimenea;

con los aros de su vestido ondulando

levanta volutas de calor azul,

cisne elegante, pedrería en el negro antifaz.


Tu excitación contrasta ahora con el frío paisaje,

las manos rojas se detienen en un túmulo:

crees que allí habrá un cadáver,

pasas de largo, vuelves sobre tus pasos,

te humanizas, ya te has implicado.


Ella danza alegre; en su baile se mofa de ti,

te provoca y te ignora, se acerca y se aleja,

deduces a duras penas que tú eres su centro,

su referencia en el salón rococó:

ella te orbita, te enciende en elipses danzantes.


Escarbas con cuidado, de reojo miras alrededor,

no tienes armas y eres vulnerable,

descubres que el perro inanimado posee un collar,

“Olfrie”, las manos eran pequeñas, de mujer,

sangre en el vientre destrozado por un zarpazo.


Cae la tarde y tu pensamiento se ha vuelto circular,

aletargado crees observar tras la ventisca

una forma femenina envuelta en un hermoso abrigo;

lleva una máscara y extiende su brazo para danzar contigo,

su mano está manchada de sangre y viene a llevarte.


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