Nada parece ser realmente así
Nada parece ser realmente así,
la imagen idílica de unas personas con sus perros
en un parque al atardecer:
casi es Navidad y conversan animados
mientras los perros saltan los setos,
corretean y hacen sus necesidades.
Unos pájaros migratorios vuelan en uve,
los niños los señalan, admirados de la disciplina de la bandada.
El pez, que desde hace dos años nada en la pecera
parece haber envejecido:
ya no hace cabriolas y burbujas
y a veces reposa en el fondo esperando la luz.
El hielo y la niebla invisibilizan a los palomos,
no así a sus excrementos que cubren el suelo.
La luna creciente, acostada, es apenas un hilillo;
suspendida del techo de una habitación infantil
transmite calma y serenidad bajo el frío del solsticio.
Cada cual ignora los termómetros urbanos hasta que es asaltado
por recuerdos de infancia sin calefacción,
memoria colectiva de cientos de miles de años
al raso o en una caverna al calor del rescoldo de una hoguera:
el hombre con el cartón de vino en el banco del parque.