Poema 267: Los cielos del confinamiento

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Los cielos del confinamiento alojan belleza

luz inesperada, una geometría azarosa

llena de fractales, suaves transiciones,

exabruptos acolchados por el algodón sedoso de las nubes.

 

Reflejan esos cielos la ausencia de movimiento

en las otrora atestadas calles,

algunas luces de alarma refractadas

por el tránsito acuoso hacia la altura.

 

Formas caprichosas, colores extintos,

un huerto de verduras para comer con los ojos,

todo en el cielo es inhumano, inconmensurable,

los residuos de una guerra verbal en redes sociales.

 

La convergencia solar regia se retuerce

en escorzos republicanos, tricolores, maduros,

en fuga de beneficios de muchas empresas,

en tierra baldía a la manera de Eliot.

 

Nadie puede quitar la vista del vórtice cenital,

a la espera de un azul inmaculado

en el que el contagio se haya diluido

cual pastilla efervescente en agua de limones.

 

Será el mismo cielo con distintos pesos en cada balanza,

la misma miseria moral escondida en verdes

o en azules volanderos de gaviotas alteradas,

el contrapeso de la inteligencia valiente y combativa.

 

El cielo se puede condensar en un arcoíris semicírculo

o se puede rasgar en truenos y relámpagos,

en la cólera de dioses que no acuden

a rescatar a los heroicos sanitarios.

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Poema 23: Urracas

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Nadie canta en un coro del siglo quince,

bóvedas de poliuretano, almohadas magrebíes,

luces led en una catacumba,

un violín eléctrico que toca solo.


Las urracas dominan la carretera,

sus voces permanecen en el aire

sin desvanecerse, solo un coche

altera su presencia,

finis orbe, gritan las cornejas,

el coro de siete voces desentona

en esta discoteca plagada de aminoácidos.


Tallis, fecunda el gorjeo febril,

la paz del serrallo en perpetua duda,

volátil la nota, monocorde el resultado,

ácido posmoderno en una película,

alterno la sombra de un vampiro

con el elegante vuelo del superhéroe.


La paz de las maricas es un lapso

en la guerra de los coches que violentan

el aire, ondas, vórtice, un radar

en medio de la niebla hecha jirones.


¿Dónde está el bidón encendido?

La puesta de sol dolorosa es un cuadro

de El Greco; amanece y la red se llena

de fotos esplendorosas del cielo fractal.


El mundo es un lugar compartido y ecléctico,

la lenta continuidad deforma la percepción,

el vértigo me mira directamente a los ojos,

me transmite en 3-D un holograma

de un espacio placentero infinito, sin dios.

Las Urracas han descompensado el hábitat,

morirán de éxito en despiadada veda.

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