
Naranja
Amanece un día más, lluvioso
en esta estación de inundaciones y frío
de ríos teñidos por el color terroso
de un clarinete que escala notas
desde la gravedad más absoluta
hasta cimas mozartianas de alegría.
En un instante el semáforo naranja
decide el fin de la noche,
literario, poético, musical,
la bicicleta asediada por los coches,
el espejo-asfalto cual discoteca lumínica.
El semáforo es un efímero indicador
de la suerte con que arranca la jornada,
un consenso social raramente burlado,
el orden que permanece noche y día
incluso en los días vacíos del confinamiento.
La belleza captada en esa luz intermedia
aturdida por los motores de combustión,
prolongación y elongación del saludo
bajo el paraguas protector
de los dos caminantes fraternos
que se dirigen con paso apresurado al colegio.
El leiv-motiv del poema-luz inocuo
refulge entre la maraña de noticias nefastas
ofuscadoras del día de la radio.
