
En el fútbol
Hay una esperanza de trance
en los cánticos colectivos, en las expiaciones
en los rituales previos bajo el sol o la lluvia:
gritos a pleno pulmón
una simulación o metamorfosis de violencia.
Hombres corriendo, faenando, confrontando
su fuerza física, su habilidad corporal
la inteligencia postural y estratégica,
egos millonarios jaleados o vilipendiados.
Salmodias reconocidas por la masa asidua,
el retumbar del suelo de hormigón
pateado por miles de personas que botan al unísono,
conduce a alegría o desesperación figuradas,
estados de ánimo trasladables a la vida real.
Hay mujeres que imitan desahogos rancios
de machos jóvenes de energía desbordada,
agitan sus bufandas y emiten improperios
hacia la única autoridad respetada en el césped.
Llueve y las aficiones soportan con estoicismo
las imprecisiones de los contendientes:
comentarios banales, cuñados entendidos,
lugares vergonzosos de tan comunes.
La alegría colectiva de la victoria
crea una sugestión momentánea de euforia,
ocupa todo el espacio mental de los asistentes
antes de que el frío real designe nuevas necesidades.
El oasis mental del espectáculo balompédico
termina con la dispersión de la comuna anónima.
