Poema 46: Vértigo

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Vértigo en el cómputo de cosas,
tiempo, libros por leer, páginas:
unas vidas con tanta ansia, a sorbos
de aprehenderes, y otras tan nimias,
dejar pasar el tiempo entre lamentos.
La belleza de un bosque de castaños,
la sensación de fuerza en las piernas
entrenadas, en el camino polvoriento,
descubrir, transmitir alegría, viveza,
frente al dormitar continuo, egoísta,
quejas y lamentos, desprecio vital
del que todo le es debido y nada entiende.


La belleza asimétrica del paisaje,
el movimiento suave y cadencioso
de una mujer en la calle, su seguridad,
unos jóvenes que fuman su tiempo
para establecer redes de comunicación
estrechas entre ellos, puro humo;
una palabra de hace cuatrocientos años
cae en picado sobre tu cerebro moderno,
activa circuitos desconocidos,
abre una compuerta de emociones,
descubrimientos, el vórtice de internet,
lluvia de conocimientos indexados,
vídeos, música, lugares inaccesibles para ti:
cuando te has asomado ya no existe cura.


Vértigo en el alféizar del viaje, cúmulo
de lecturas preparatorias, cultura,
la concesión necesaria para la poesía,
desorden onírico, una perturbación
en el recuerdo sumado de tantas camas
diferentes, de tantas comidas, amasijo de luz,
vórtice de emociones, vértigo de la invariabilidad,
del olor de la tierra al recibir la lluvia en verano,
del viento en el rostro sobre un pedaleo rítmico
superpuesto a otros tantos céfiros.


Ímpetu desbordado, aferrado a la vida,
nuevos sabores, nuevo tacto, la mirada
poética cual lupa de hipersensibilidad,
una voz, un susurro, la oscuridad profunda,
la belleza deslumbrante del ocaso marino,
la curiosidad exponencial en el cénit vital,
un todo animado que te eleva y te desciende,
el vértigo cada vez que despegas la mirada
del suelo para observar las estrellas fugaces.


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