Poema 604: Iceland

Iceland

Ventisca de nieve, dolor de frío en la piel,

conduzco un coche que aún no es mío,

automatismo de supervivencia: lo que hay que hacer.

La ciudad nevada duerme,

códigos numéricos facilitan la impersonalización,

luz blanca y calor interior.

Caballos islandeses inmunes al frío,

agreste es la palabra elegida.

Granjas reconvertidas en alojamientos turísticos

vertebran el territorio

y mantienen algunos animales domésticos.

Sagas, epopeyas, un jinete que atraviesa Gullfoss

para unir dos familias de pastores míticas:

se vieron desde ambas orillas de la catarata

y la falla natural nada pudo contra el deseo sexual.

Los pingüinos inexistentes

rivalizan en ocultación con las auroras boreales

entre cielos cubiertos y costas azotadas por el viento.

La ventisca de nieve es efímera y periódica,

también el viento que abre puertas y desata locura.

Los cazadores de reflejos magnéticos

recorrieron decenas de kilómetros en busca de estrellas;

les sonrió la suerte cósmica, verde, improbable y magnífica.

Fue a causa de la perseverancia y la tenacidad.

La aventura es opuesta a la tecnología,

libera sustancias mentales impagables

pese a los inconvenientes físicos.

Sueño con una nieve en polvo volandera

que se desprende de las ruedas de invierno

y aterriza aleatoriamente en el centro auditivo.

Los días de magnificencia natural terminan,

vuelve la rutina laboral y placentera

de máxima exigencia mental.

Poema 31: Lorca, Poeta en Nueva York

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La música sorda sobrevuela una mezcla

de presagios, cenizas de la civilización,

el despertar a la consciencia surrealista,

voz del caballo, de la iguana, simbolismo.


Los automatismos aparentes no existen:

el autor soterra la percepción de una ciudad

presa de la Gran Crisis, cieno, drama social,

el dinero o la negritud, la alienación de la urbe.


Colorista, hurga en sí mismo, preconiza,

alterna la técnica de fondo con el impresionismo,

cada verso es una incitación a la locura poética,

sangre, lujuria colectiva de vísceras.


Lorca corrector, Lorca preciosista,

Lorca solo en medio de una vastedad terrible,

vómitos y orines, desgracias infantiles,

teléfonos diamantinos, desmitificación del paraíso.


El Hudson emborrachándose de aceite,

¡dios mío! Hilillos de aceite brillan en el agua,

Muchachos en la arena, cuerpos, mariposas

en la barba del viejo Walt Whitman.


Escucho cantar un vals a Leonard Cohen,

¡ay, ay, ay! Take this waltz, el pequeño vals

vienés de Lorca, la música otra vez, la adoración,

el impulso creativo irrefrenable en la lectura.


Él ha condensado el mundo, el de aquí,

el de allá, el de todas partes, todas las pulsiones,

la vida por encima de todo, la muerte al acecho,

y una vorágine de metáforas que te engulle.


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