Poema 630: Lo excepcional

Lo excepcional

“Todo ángel es pavoroso. Y, sin embargo, ay de mí,
sabiendo de vosotros, casi mortíferos pájaros del alma,
os dirijo mi canto.”
                                                                       Rilke, Elegías de Duino

Cada día es la mirada la que interpela,

la que convierte cada acto o hallazgo

en una explosión de conexiones festivas.

Una visita a las Urgencias al amanecer

tras una tormenta desatada y desbordante,

el espectáculo del baile de mi hija en una feria,

un erudito que conferencia sobre Lou Andreas Salomé

revelando detalles, cifras, datos y dictámenes.

Comienza la ruptura de la rutina protectora,

la suma de actos nimios, refugio y sosiego

antes de que la apisonadora Tiempo iguale y nivele.

El colorido de la narración, ya lírica hiperbólica,

se nutre de lo excepcional, a veces excelso,

de la escucha reiterada de las veintidós canciones

de Jesucrista Superstar,

de ese poema, Baedeker Lunar, que tanto me impresionó,

del enorme carro de combate exhibido en la ciudad.

Caminar en la noche de finales de mayo

cuando el aroma del campo invade calles y plazas,

alegrarte por un encuentro inesperado,

sentir al fin el frescor en el rostro

antes de profundizar en el hilo poético decimonónico,

o debatir las acepciones de la palabra raro

suponen un ejercicio contra la levedad consuetudinaria.

Los eventos sorpresa pasan a ser incorporados

a la épica aventurera, excesiva y vital.

Poema 621: Lujuria lunar en una terraza primaveral

Lujuria lunar en una terraza primaveral

A silver Lucifer
serves
cocaine in cornucopia
             Mina Loy, Baedeker Lunar

Nunca estuve en una fiesta como esa,

imagino un palacio veneciano con vistas al Gran Canal,

la luz decreciente de un día de abril

y una luna aún sin completar ya nítida y aún opaca.

Atractivos camareros pasan fugaces

dejando un halo de belleza y deseo en el ambiente,

una promesa de electricidad al llegar la noche.

Fluyen palabras especiales en rostros enmascarados

fuente de concupiscencia, gestos sensuales,

la personalidad condensada en la voz y el movimiento.

Un destello de combinación inteligente de vocablos,

una sabiduría en la escucha activa,

el aura personal disimulado y estimulado por el atuendo.

Joyas, ojos que sintonizan la misma longitud de onda,

el roce místico de un dedo en un antebrazo

antesala de la comunión lunar.

El palacio es un laberinto de túneles, escaleras,

estancias en cuyos interiores barrocos

serán hollados infinidad de cráteres dérmicos.

La fiesta es la antesala de un despertar poético:

retazos de recuerdos a velocidad sináptica,

la faz oscura de la luna, Mare Tranquillitatis,

y una luz intensa antes del eclipse.