Poema 633: El corrector

El corrector

Aquellos días revisando pruebas de acceso

eran interminables.

Errores repetidos, comparaciones,

una búsqueda de la equidad y de una cierta justicia.

La montaña de exámenes no descendía a ojos vista,

avanzaban los minutos, las horas, el cansancio;

buscaba en las estadísticas un alivio a la concentración

un descanso autojustificable propiciado por los datos.

La experiencia minimiza errores, busca explicaciones

en las enseñanzas oblicuas de un profesorado anónimo,

en la adolescencia cargada de tentaciones

trata de vislumbrar el conocimiento y la madurez

en una prueba dirigida en la que apenas se toman decisiones.

El corrector envía sus datos parciales y otea su lugar

en ese gráfico de puntos, colores y líneas

que te centra o te condena a una marginalidad revisora.

La alegría retroalimenta el esfuerzo al encontrar la perfección:

un diez, un examen sin fisura posible, organizado y excelente,

el sueño del profesorado militante y excelso.

Durante unos días sientes una responsabilidad social,

un servicio de alta dignidad

cuando en realidad es solo la cúspide del glaciar,

la culminación de un trabajo subterráneo y constante

una suma de minúsculos aprendizajes metamorfoseadores

capaces de diseñar complejos circuitos neuronales,

la guinda del pastel educativo tras un trabajo abrumador.

Poema 571: Hotel Mercurio

Hotel Mercurio

“Cuando vayáis de vacaciones a Mercurio

buscad un hotel en el meridiano 90”

                         Esteban Esteban, “Una extraña puesta de sol”             

Hubo momentos estelares,

universos posibles y experimentos,

el asunto de la longevidad en las zonas azules,

palabras mágicas que evocaban juventud.

Ecuaciones, reacciones, puestas de sol,

–alguien lanzaba objetos fosforescentes–,

erudición, ciencia, divulgación

para llenar unas jornadas magníficas.

Cuando menos lo esperaba apareció un hiperboloide,

antes, una ecuación fractal que anunciaba el caos,

cálculos sobre el origen del Universo actual,

el sol bailando desde la superficie de Mercurio.

Me perdí el carbono catorce porque estaba corriendo,

pero llegué a tiempo de mis mates electorales.

Divulgar por placer, la diversión de la pedagogía,

extraños con ideas que se reúnen desinteresadamente,

la diversión del lugar, la circunstancia y el conocimiento.

Poema 462: En la mañana nublada de septiembre

En la mañana nublada de septiembre

En la mañana nublada de septiembre

atisbo nubes,

me rodeo de libros, bolígrafos, cultura,

un pequeño placer de unos minutos

en los que pueda expresarme y leer,

un flujo de ideas, de respuestas a problemas

que ya fueron formulados.

Quietud,

tejados húmedos,

el flujo de vehículos contaminantes detenido,

solo un instante de paz:

los árboles aún muy verdes, aún es verano.

La lectura me abre los ojos sobre la estructura

desigual, injusta, sexista:

experimentos, ideas, sutilezas para ocultar

una forma de convivencia en desigualdad,

violencia, mecanismos de protección,

la forma ilógica del desarrollo

incluso en esta punta de lanza que es Europa.

Y bajo todo este aprendizaje-conflicto,

asuntos estructurales, miedos, muerte,

condiciones laborales y nimios problemas

que me buscan y me encuentran.

Estos remansos de placer infinito son efímeros,

y sin embargo se remontan a mi paternidad

de al menos tres lustros,

son una búsqueda expresiva y aprehensiva

de ideas, palabras, belleza,

mecanismos ocultos a la mirada banal,

a la pervivencia de tradiciones no muy loables.

Retraso el momento de sumergirme

en la vorágine laboral también jugosa,

animada, vital, otro mundo paralelo,

el lugar imaginado de decisiones trascendentes,

otro juego social efímero de gran implicación.

Allí la risa y la palabra organizan y distribuyen

los roles y los espacios,

sociabilizo como puedo, soluciono y propongo,

en aras de mejorar la luz individual y colectiva.

Desde la cadencia temprana y solitaria

me dispongo a consumir otra porción de vida

otro día luminoso de septiembre,

lleno de la belleza y el deleite de todos los sentidos.