
Flechas
Muchos años después la anécdota era categórica,
se había establecido una forma de narración,
el recuerdo estaba filtrado por la sucesión de imágenes
por la eliminación de algunos detalles como el miedo.
Él, hombre apuesto, hermético, cinematográfico,
caminante y arqueólogo aficionado, buen lector,
se acercaba al surrealismo imaginario
en una mañana de primavera bajo los almendros en flor.
Colocó como pudo aquellas dianas ante el paredón
de la arenera abandonada y recóndita;
extrajo una flecha de su carcaj de cuero repujado
y se sintió Ulises retornando a Ítaca por un instante.
Un movimiento lento lateral o a sus espaldas lo alertó;
lo vio sin verlo, sintió ese estremecimiento atávico
de una presencia imponente y desconocida.
La saeta había perforado la diana lejos del centro;
entonces se giró y se frotó los ojos:
un camello a su izquierda engullía hojas de espino,
otro algo más lejos se afanaba con las flores de un almendro.
Hoy en su relato humorístico evalúa su duda
sobre el consumo de sustancias psicotrópicas.
No sabemos si salió huyendo amilanado
o permaneció impertérrito en el paraje con su perfil itacense,
hombre curtido de pasado ferroviario.
La luz actual le hace abandonar el relato en la cúspide
allá donde la elipsis busca atajos narrativos
antes del caminar cabe la granja de animales exóticos.
